Activismo climático en museos

María de la Paz Herrero 

Texto

ACTUALIZADO: Martes, 23 de Septiembre de 2025

Desde 2022, los museos se han convertido en escenario inesperado de protestas medioambientales. Acciones como arrojar sopa a un Van Gogh en Londres o pegarse a las Majas de Goya en el Prado han generado debate: ¿vandalismo contra el patrimonio o llamada desesperada ante la crisis climática?

Las intervenciones han sido múltiples y mediáticas. En la National Gallery de Londres, activistas de Just Stop Oil lanzaron sopa de tomate contra Los girasoles de Van Gogh (octubre de 2022) . Poco después, en Alemania, miembros de Letzte Generation arrojaron puré de patatas sobre Los almiares de Monet en el Museo Barberini. En Italia, Última Generación vertió puré de verduras sobre El sembrador de Van Gogh en Roma .

En España, dos jóvenes de Futuro Vegetal se pegaron a los marcos de La maja desnuda y La maja vestida en el Museo del Prado, escribiendo “+1,5ºC” entre ambas obras (noviembre de 2022) . También rociaron con líquido negro la vitrina de una momia en el Museo Egipcio de Barcelona . Aunque las obras no sufrieron daños permanentes, los marcos y las paredes sí registraron desperfectos.

La estrategia es clara: usar el arte como altavoz simbólico para atraer titulares y viralizar un mensaje que, según los activistas, no logra difusión suficiente con marchas convencionales.

El arte lo vamos a perder si perdemos el planeta

Los colectivos implicados defienden que no atacan al arte, sino que lo utilizan como plataforma de concienciación. Como explicaron los activistas del Prado, “no se atacó al arte en ningún momento, fueron acciones performáticas junto al arte”. Añadieron: “el arte lo vamos a perder si perdemos el planeta” .

La motivación es doble:

    • Impacto mediático: actos disruptivos que aseguren titulares internacionales.
    • Urgencia climática: transmitir que el tiempo se agota y que sin planeta no habrá museos ni patrimonio que preservar.

Según el Consejo Internacional de Museos (ICOM), estas acciones reflejan la fuerza simbólica de los museos en los debates sobre la emergencia climática .

Reacciones: indignación y apoyo dividido

El debate público ha sido intenso. El que fue ministro de Cultura español, Miquel Iceta, condenó el acto del Prado y afirmó que “no hay causa que justifique atentar contra el patrimonio de todos”. Más de 90 directores de museos firmaron una carta denunciando estas intervenciones y alertando de que podían alienar a la opinión pública.

Parte del público reaccionó con furia. Visitantes en el Prado llegaron a increpar a los activistas y en redes sociales muchos hablaron de “vandalismo”. Sin embargo, otros subrayaron la contradicción: nos escandaliza más una mancha en un cuadro que la amenaza climática que puede destruirlo todo.

Incluso dentro del ecologismo hay división. Ecologistas en Acción admitió que estas tácticas pueden generar rechazo social. En cambio, activistas como Olivia Mandle señalaron que “tiempos desesperados requieren medidas desesperadas”. La polémica ha colocado a los museos en el centro de un dilema inédito.

La respuesta de los museos: más seguridad

Las instituciones han reforzado protocolos. En España, el Ministerio de Cultura pidió en 2022 a todos los museos nacionales extremar medidas de seguridad y controlar con rigor el acceso de líquidos y objetos voluminosos. La National Gallery de Londres prohibió por completo la entrada de bebidas tras los ataques con sopa .

Otras medidas aplicadas:

    • Colocar más obras tras cristal protector o acrílicos.
    • Revisar bolsos y mochilas de manera más exhaustiva.
    • Aumentar la presencia de vigilantes en salas clave.

Aun así, los directores advierten de un equilibrio delicado: “con cada ataque nos vemos obligados a poner más barreras, y eso va contra nuestra misión de permitir que el público disfrute del arte de cerca”, lamentó la National Gallery.

¿Concienciación real o simple espectáculo?

El impacto mediático es innegable: el cambio climático se coló en titulares y en las conversaciones cotidianas. Según Futuro Vegetal, “cuando protestamos frente a petroleras no sale en los medios; en un museo sí” .

Pero medir la concienciación real es más complejo. Algunos estudios sugieren que estas tácticas pueden reducir el apoyo a la causa climática, al ser vistas como extremistas. Otros señalan que, aunque generan rechazo inicial, obligan a hablar del tema. Como recordó un comentarista en El País, “nos obliga a preguntarnos qué valoramos más: un cuadro protegido por cristal o un planeta que se derrite sin barreras”.

El activismo climático en museos plantea un dilema: ¿vandalismo contra el arte o grito legítimo por el clima? Probablemente es ambas cosas. Por un lado, estas acciones ponen en riesgo símbolos universales que deben protegerse. Por otro, recuerdan que sin acción climática no habrá futuro para el arte.

El debate sigue abierto, pero algo es seguro: las protestas han convertido a los museos en escenario de la mayor crisis de nuestro tiempo. Y nos enfrentan a una incómoda pregunta: ¿qué nos indigna más, una mancha en un lienzo o el silencio ante el colapso del planeta?

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