Hay cuerpos que no bailan: arden. Ana Continente es de esas artistas que no se conforman con ocupar el escenario; lo interrogan. En su manera de moverse hay algo de rito y de pregunta, una pulsión entre lo sagrado y lo cotidiano, entre la carne y la idea. No busca la belleza: busca la verdad.

Su trayectoria es un mapa de exploración. Actriz, bailarina, creadora, maestra. Formada fuera de los márgenes, ha hecho de la danza un lenguaje que no se enseña: se contagia. Desde Zaragoza, su cuerpo piensa, duda, provoca. Cada obra es una excavación en lo humano: el gesto como huella, el movimiento como pensamiento.

Tu lenguaje escénico une danza y teatro físico. ¿Qué tiene la danza teatro que te permite expresarte con más verdad? ¿Por qué elegiste ese territorio para crear y enseñar?

Vale, pues a ver… yo soy actriz. Desde que empecé, mi vocación como bailarina me llevó a querer hacer danza teatro porque de muy joven descubrí a Pina Bausch y, sin saber muy bien qué era, me quedé impactada por su trabajo. Entonces seguí una inercia muy pasional.

Me fui a Francia, me formé allí, estuve un tiempo con Lecoq en teatro físico, también me formé en danza contemporánea y, bueno, soy autodidacta nata. No he pasado por conservatorio: me he formado en escuelas con profesionales que he ido eligiendo a lo largo de mi vida, en muchos países y también en España.

Lo que veía cuando hacía danza contemporánea era que el público no siempre comprendía esa abstracción del cuerpo cuando no hay una intención o voluntad de interpretar lo que el cuerpo expresa. Ante esa distancia entre el cuerpo y la comprensión de lo que representa, me di cuenta de que no me sentía completa.

Yo fui a la danza porque quería contar historias. No porque quisiera bailar, sino porque quería contar historias a través del cuerpo, no de la verbalidad. Me daba cuenta de que la profundidad y la verdad que tiene el cuerpo no las tiene el sistema lingüístico.

Por ejemplo, en teatro hay mucha teoría escrita, pero en danza no. Ahora empieza a haber más, de hecho yo misma estoy escribiendo un libro, bueno, varios, porque mis alumnos de danza teatro me dicen: “Ana, tienes que escribir lo que nos dictas”. Yo antes de las clases siempre doy apuntes, pero en el sentido de que creo que la bomba explosiva está en unir razón y visceralidad, cuerpo y mente en la propuesta.

Cuando me formé como actriz, incluso soy actriz de doblaje, veía que en teatro se analizaba todo: las emociones se gestionaban con teoría, con técnica; la relación con el objeto o el espacio tenía una explicación analítica. Entonces pensé: lo que yo quiero es gestionar un cuerpo preparado y disponible para la escena.

Ana, llevas toda una vida dedicada a la danza, con un lenguaje que fusiona cuerpo, mente y espíritu. ¿Cómo describirías hoy tu forma de entender la danza y lo que significa para ti “bailar”?

En la juventud tienes una necesidad de expresar y lo haces sin mucha reflexión. Es algo más visceral, algo que uno necesita, y está más presente el ego como líder de la expresión.

Conforme una madura, te das cuenta. En mi caso, sobre todo, me he dado cuenta de la bailarina que quería ser. He estado trabajando en un contexto duro: Zaragoza, mi ciudad, donde el peso de la danza clásica con María de Ávila ha tenido cosas muy buenas, porque han salido grandes artistas, pero también ha taponado todo lo que es alternativo, todo lo que no es clásico.

Escuelas como la mía, o donde me formé, hemos tenido que defender otros lenguajes. Todo ese pasado ha sido muy duro, en un contexto poco favorable. Pero eso me ha hecho más fuerte y más consciente de lo que quería, porque ante la adversidad una tiene que definirse más para defender su lugar en el entorno cultural.

Ahora veo la danza como un arte para compartir. La danza ha de ser un instrumento para estar y ser uno mismo en la sociedad.

¿Recuerdas el primer contacto que tuviste con la danza?

Me presenté en la Escuela Municipal de Teatro de Zaragoza y no me cogieron. Luego me presenté en la RESAD de Madrid, y tampoco. Después fui al Institut del Teatre de Barcelona y las pruebas de texto eran en catalán, así que decidí no presentarme porque no lo hablaba. Pensé: “tendría que estudiar catalán, para eso me voy a Francia”. Y con 20 años me fui.

Todo el mundo me decía: “es tarde, es tarde”, pero yo era una chica de un pueblo, hija de agricultores. Por parte de madre sí tengo músicos: mis ancestros eran gaiteros. En mi pueblo me llamaban “la gaitera”. Pero mi familia más cercana no tenía referencias artísticas; de hecho, no querían que fuese artista de ninguna manera.

Como no me cogieron en escuelas de teatro, dije: “pues será por otro camino”. Y empecé a bailar. Yo tenía muy claro que quería hacer las dos cosas, teatro y danza. Siempre he tenido un espíritu abierto: pensaba “¿por qué encasillarme en algo solo porque la sociedad te dice que si eres médico, solo puedes ser médico?”.

Yo ya, siendo de un pueblo pequeño, tenía muchas inclinaciones. Aunque el contexto no te favorezca, si lo que sientes es noble y verdadero, vas. Así que me fui a París, empecé a estudiar danza contemporánea y paralelamente hacía talleres en Lecoq, teatro físico. También estudié con maestros de teatro.

Decidí dedicarme a la danza porque, fíjate, cuando iba al teatro como público, me aburría. Y pensé: “esto tampoco es lo que quiero”. No había esa fusión real que ahora sí empieza a existir.

Hoy veo que el futuro de las artes escénicas está en la fusión, y eso me alegra. La gente joven venís con otra cabeza, más abierta. En mi caso fue algo externo que me fue llevando: he fluido con la vida.

¿Hubo alguna figura, maestra o experiencia que te marcara especialmente en tus inicios y te impulsara a dedicarte a la creación escénica?

Sí, claro. Tomé clases con bailarinas del Pina Bausch en París y pensé: “ostras, esto existe, esto es lo mío”.

También te digo que a finales de los 80, cuando empecé realmente, no hacía otra cosa. Dejé la universidad, estudiaba Filología Inglesa, y me dediqué de lleno. De lunes a viernes iba a clases mañana y tarde, y los fines de semana trabajaba de camarera. Era así.

En España en ese momento venía mucha gente de Estados Unidos a enseñar danza contemporánea. Estaban Paul Gray, Anna Maleras en Barcelona, Joe Alegado, Gerard Collins, bailarín francés. Viajaba constantemente a Madrid, a Barcelona, tomaba clases con ellos. Muchos se quedaban en España, huían del SIDA, y aquí encontraban un entorno diferente. Tuve la suerte de aprender de primera mano técnicas muy potentes de danza contemporánea.

Has dicho alguna vez que “bailamos como somos y somos lo que bailamos”. ¿Qué lugar ocupa esa frase en tu manera de crear y enseñar?

Esa frase es la totalidad de todo. Cuando alguien llega a mi escuela, siempre digo: primero la sensación de movimiento, luego la técnica.

Para mí la técnica nos libera del no saber, del no poder hacer. Es un vehículo para que nuestra esencia se exprese. La técnica nos ayuda a soltar lo que somos, a liberar. Pero también implica conciencia: saber que estamos en un estado de ficción, que lo que hacemos es arte. Y el arte implica mucho de ti. Implica analizar quién eres. Cuanto más conocimiento tengas de ti mismo, más puedes expresar lo único e irrepetible que eres a través del cuerpo.

La gente que viene aquí me dice que una clase o un espectáculo se convierten en una celebración, porque desde esos lugares se toca algo que todos ansiamos: el autoconocimiento. Cuando el público va a ver un espectáculo, lo que busca es reconocerse en él. Crecer a través de lo que ve. La danza, para mí, es una vía de construcción personal.

En un momento en que se reivindica el poder sanador del arte, ¿crees que la danza puede ser una forma de terapia? ¿La recomendarías a cualquier persona, sin importar edad o condición física?

Sí, totalmente. Soy una estudiosa de eso. Este fin de semana, por ejemplo, he estado trabajando en un taller de improvisación y creación en mi espacio, el Laboratorio La Mejana, con el concepto “alabanza a la lentitud”. Viene gente diversa, con diferentes condiciones físicas, pero todos comparten el deseo de moverse. La neurociencia, Nazareth Castellanos y otros investigadores, ya está demostrando lo que la danza aporta.

Si al ejercicio físico le sumamos la creatividad, se generan nuevas conexiones neuronales, plasticidad cerebral, transformación. Empiezas a liberar partes de ti que solo pueden soltarse a través del movimiento.

Vivimos en una sociedad que lo quiere todo ya. No aguantamos un discurso de más de cuatro frases en Instagram. Y sin embargo, el cuerpo necesita tiempo, proceso, lentitud.

Cuando el cuerpo encuentra esa paz, nos encontramos en casa. La danza nos enseña paciencia, nos reconcilia con el tiempo, pero de una manera divertida: porque el proceso es jugoso, está lleno de música y juego.

Yo bailaba antes de andar. Mi madre me decía: “me deshacías las camas”. Abría los espejos de los armarios para mirarme bailar. Desde niña, la música me movía profundamente.

Por eso digo: la danza no tiene edad. He visto en mi estudio a gente jubilada haciendo danza teatro que logra emocionar hasta las piedras. Un cuerpo que se expresa con verdad siempre es bello.

¿Qué te aporta la docencia como artista? ¿Qué aprendes tú de tus alumnos o de los procesos pedagógicos?

Fíjate, en cada taller o curso que doy, lo primero que hago es dar las gracias. Digo: “gracias por enseñarme tanto, por construir la artista que soy, por alimentar y producir mis espectáculos”.

La docencia me sostiene. Hoy en día, en España, incluso los grandes nombres de la danza necesitan enseñar para sobrevivir. En mi caso, tengo la suerte de que me apasiona. Enseñar me ha dado el conocimiento de un lenguaje para transmitir, y al mismo tiempo ha definido mi propio vocabulario.

La docencia me ha hecho descubrir poco a poco mi manera de expresar. Una sabe lo que quiere decir cuando crea un espectáculo, pero el cómo lo cuenta es lo que la diferencia. Todo el mundo habla del amor, la soledad o la verdad, pero lo importante es cómo lo cuentas. Y a mí la docencia me ha enseñado precisamente eso: a ser quien soy. Nada más, y nada menos.

Vídeo de archivo. El Lorca que Llevo Dentro – Escuela Ana Continente

Cable a Tierra es una obra que habla de nuestra dependencia de las redes y de la necesidad de reconectar con lo real. ¿En qué momento sentiste que este tema tenía que convertirse en danza?

En el momento en que me vi siendo víctima de aquello que critico. Yo me levanto y lo primero que hago es mirar el móvil. Sigo haciéndolo. La presión es tan grande, si no estás en redes, no existes.

Hubo un momento en que dije: “Dios mío, esto es tremendo”. Yo las uso casi exclusivamente para mi trabajo, pero al final es lo mismo: también miro los likes, los comentarios. Pensé: “si yo, que me considero coherente y con recursos, estoy enganchada, ¿qué será del resto?”.

Entré en una crisis existencial al darme cuenta de esa dependencia real. Y de ahí nació la pieza, como una forma de dar esperanza. Además, veo que no soy la única. Todo el mundo está en lo mismo. En la danza hay una tendencia a volver al folclore, a las raíces. Pasa en todas las artes. María Arnal, Silvia Pérez Cruz, todos estamos buscando lo mismo: volver a la esencia, porque vivimos en el aire.

“Cable a Tierra” es eso: un regreso a lo esencial. De hecho, al final de la pieza canto una jota. En mi casa siempre se ha cantado, y la jota es un signo de unión y celebración. Es un viaje desde la modernidad hacia la raíz de cada cuerpo.

En tus palabras, “existimos sólo si estamos en redes sociales, atrapados en las redes de un pescador anónimo”. ¿Qué te preocupa más de esta forma de vida hiperconectada?

La desterritorialización, la gentrificación y la pérdida de identidad.

¿Qué imagen o sensación fue el germen de Cable a Tierra? ¿Recuerdas el momento en que esa idea empezó a tomar cuerpo?

Hay autoras como Remedios Zafra, cuyos libros me inspiran mucho. Pero sobre todo, el germen de la pieza vino de mi experiencia vital y de la gente que me rodea.

También pedí un apoyo coreográfico a María González, una bailarina navarra que trabaja con otras creadoras. Intercambiar opiniones con mentes afines siempre enriquece el discurso.

¿Qué te gustaría que el espectador se lleve al salir de la pieza?

He bailado Cable a Tierra en pueblos de Aragón, muy pequeños, y cuando veo al público, gente mayor, jubilada, pienso: “Dios me coja confesada”. La pieza empieza con música electrónica muy potente, y después de una catarsis hay un momento de calma, una nana, y el sonido del latido real del bebé de una amiga. Desde ahí, la música se funde con ese latido.

Es una pieza muy teatral, muy catártica. Me he permitido ir a la verdad. Y cuando ese público, que quizá no está acostumbrado a propuestas tan vanguardistas, se emociona, entiendo que lo que se llevan es mi verdad.

Y esa verdad, entiendas o no entiendas, te transforma. A veces la comprensión llega tres días después. Lo importante es eso: que mi verdad sirva para que descubran la suya.

Es un espectáculo en solitario. ¿Por qué decidiste abordarlo desde esa soledad escénica? ¿Tiene también un sentido simbólico dentro del discurso?

Sí, totalmente. Es una pieza íntima, y compartirla habría llevado el discurso hacia lo colectivo. La soledad, en este caso, refuerza el mensaje.

La pieza tiene una estética muy precisa: luz blanca, un ritmo casi de pasarela, una gestualidad medida. ¿Cómo trabajaste esa atmósfera? ¿Hay una crítica implícita a la artificialidad de las poses contemporáneas?

Por supuesto. Es una crítica directa. Ya no se trata solo de hacernos fotos para aparecer, sino de cómo queremos ser vistos.

Estamos construyendo nuestra autoimagen bajo el peso del “qué dirán”. Y eso nos hace víctimas de un posado constante. No sabemos quiénes somos, no solo por la presión exterior, sino porque nos vamos construyendo a partir de ese modelo impuesto. Las redes deciden qué rostro es aceptable, qué cuerpo, qué ropa. Esa maquinaria pesa, y de ahí nace la crítica: la esclavitud de la apariencia.

Has mencionado que estás preparando un plano fijo y que ya tienes un teaser. ¿Qué importancia tiene para ti el registro audiovisual en la difusión de tu obra?

Parto de una base: crear es compartir. Mi obra no tiene sentido si no llega al público. La danza se completa cuando alguien la recibe.

Sin público, se queda en algo íntimo, personal, precioso también, pero diferente. Cuando presento una pieza quiero compartir un viaje interior con el espectador, sin pretensiones, pero con la intención de transformar su imaginario. Claro, también está el mercado de por medio. Necesito un teaser y una grabación en plano fijo para vender la pieza. Los artistas tenemos que comer.

¿Cuál sería el espacio ideal para representar Cable a Tierra?

Una de mis fortalezas es la capacidad de adaptación. Muchos festivales piden que las obras se ajusten al espacio: teatros, plazas, arquitectura local. Me gusta eso, porque obliga a que la pieza dialogue con el lugar que habita.

¿Tu obra sigue en crecimiento o es una pieza cerrada?

Por el momento no es cerrada. En noviembre haré el cierre, grabando el plano fijo completo. El teaser lo grabé en el pueblo viejo de Belchite, entre las ruinas de la guerra civil.

Allí hay una energía muy fuerte. Fue un lugar perfecto: la antigua iglesia del pueblo, un espacio cargado de historia. Ahora haré la grabación final en otro sitio.

También te digo: el bailarín tiene que grabarse mucho para verse. Nuestra percepción es sensorial, y no siempre completa. Cuando ves el vídeo, empiezas a modificar. Por eso voy ajustando hasta que decido cerrar. Este proceso, que ha sido largo, está a punto de completarse.

¿Dónde y cuándo vamos a poder ver Cable a Tierra próximamente?

Hasta ahora me he movido por boca a boca. Estrené en las Fiestas del Pilar, y la pieza causó bastante impacto.

Después he actuado por pueblos de Aragón, observando cómo reaccionaba la gente, adaptando la obra. Ha sido un trabajo de campo: recoger comentarios, vivirla en distintos contextos, con luces y sin luces. Una vez cerrada, la pieza comenzará su circuito de exhibición.

Vídeo de archivo. Ana Continente – Presentación de Cable a Tierra

En tus obras se percibe una constante: partes de un concepto germen, la moda rápida, el vacío, la exposición, la identidad, y desde ahí construyes la dramaturgia del cuerpo. ¿Cómo suele arrancar ese proceso creativo?

No hay proceso creativo que no parta de la improvisación. Primero soy muy conceptual: hago un trabajo de mesa con el tema del que quiero partir, con bibliografía, referentes, ideas y luego paso a la sala.

En la sala improviso, improviso e improviso. Voy generando material hasta que encuentro la dirección. Todos mis procesos implican mucha investigación. Siempre digo: explorar, investigar o morir.

¿Cómo decides cuándo una pieza está terminada o cuándo debe seguir evolucionando?

Esta pieza, por ejemplo, la he terminado porque tenía que enviarla a festivales. Si no fuera por eso, probablemente seguiría abierta.

Creo que nada está acabado del todo. Los budistas dicen que todo está interconectado, que todo cambia, que nada es definitivo. Y el arte funciona igual.

¿Cómo decir que algo está terminado si el arte se empapa de todo lo que lo transforma? Paco de Lucía lo decía: nunca daba por terminado un tema. Incluso una vez escuchó una canción suya en la radio y preguntó “¿qué maravilla es esa?”, y le respondieron: “es tuya”.

A mí me pasa igual. La identificación con lo que haces es muy difícil. Solo con el tiempo entiendes tu propia obra. La creación nace de la intuición y la inocencia, no del conocimiento. Luego llega el reconocimiento, y ahí entra la mente, más lenta. Por eso hay tanto desfase entre crear y comprender lo creado. A veces pasan años.

Pero claro, hay un momento en que hay que cerrarlo: cuando entra en el circuito comercial. Esa es la frontera práctica.

¿Qué sientes cuando una obra tuya se estrena y empieza a tener vida propia?

Es muy fuerte. Es como soltar un hijo para que camine.

He aprendido a no ser víctima ni de las alabanzas ni de las críticas destructivas. El arte te enfrenta al ego. Aprendes que no vas a gustar a todo el mundo, y te conoces a ti misma a través de eso. El arte, para mí, es una forma de autoconocimiento. Y desde ese equilibrio digo: “soy, estoy, y soy digna de contártelo”. El resto, que sea lo que quiera.

Desde Retrato revelado o Slow Dance hasta Los pájaros bueyes o Cable a Tierra, hay una evolución desde lo poético y existencial hacia lo más crítico y social. ¿Te reconoces en esa transformación?

Sí, totalmente. Y me encanta que lo digas, porque no lo había pensado así, pero es cierto.

Cuanto más consciente eres del poder que tienes en tus manos al crear, más responsabilidad sientes. La poética sigue en mí, está en mi manera de expresar, pero ahora también hay un mensaje inevitablemente crítico. No lo hago desde la voluntad de denunciar, sino desde quién soy: una persona empática con lo vulnerable, con lo injusto. Y eso sale, quieras o no.

En Los pájaros bueyes planteabas una pregunta poderosa: “¿Somos pájaros o bueyes?”. Si te la hiciera hoy, después de Cable a Tierra, ¿qué responderías?

Quiero ser pájaro. Pero somos bueyes.

En obras como La poética de lo sublime y lo grotesco (2025), trabajas en diálogo directo con el espacio. ¿Qué te inspira de esos entornos inacabados o imperfectos?

Fue un piso en el centro de la ciudad, justo al lado de la Basílica del Pilar, un piso de lujo. La pieza planteaba personajes de la alta sociedad en un espacio que reflejaba apariencia, pero también vacío interior. Esa contraposición entre lo perfecto y lo roto me inspiró. Los personajes, al final, se desnudaban emocionalmente, sacaban lo grotesco. Era como una fiesta que se sale de control, una metáfora de lo que somos cuando se cae la máscara.

En tu trayectoria hay una tensión constante entre lo bello y lo grotesco, lo virtuoso y lo humano. ¿Sientes que la danza también debe incomodar o provocar al espectador para transformarlo?

Sí, absolutamente. Me he dado cuenta a partir de mis propias obras. La danza, como todo arte vivo, tiene que provocar. Solo desde la incomodidad puede nacer la transformación.

Ana Continente:

Crees que la danza puede funcionar como una forma de resistencia frente a la superficialidad del mundo actual?

Claro que sí, la danza es un refugio, pero también un pilar de conocimiento. Nos devuelve al cuerpo, al presente, a lo real. Puedes hacer cerámica o pintar, pero el bailarín es cuerpo generador y generado, observador y observado.

La danza no solo nos refugia: nos despierta. Nos conecta con lo más profundo. Y por eso, precisamente, es tan desconocida y a veces rechazada: porque te mete en un viaje interior que no todo el mundo está dispuesto a hacer.

La industria de la danza es mucho menos conocida que otras artes escénicas. ¿Cómo funciona realmente desde dentro? ¿Qué retos enfrenta una creadora independiente para sostener su carrera?

Primero, aún hay machismo. Una mujer creativa que dirige, que manda, sigue siendo incómoda. Luego, la precariedad. Entre nosotras mismas a veces competimos por migajas. Es un sistema desigual, frágil.

Y además, hay un problema cultural. La televisión nos hizo daño: el bailarín siempre como acompañamiento, como florero, o la mujer como objeto sexual.La danza apenas se ha considerado parte de las artes escénicas hasta hace nada. Queda mucho trabajo.

¿Cómo se da el salto de aprendiz o intérprete a creadora con voz propia? ¿En qué momento sentiste que tenías algo que decir a través de tu obra?

Creo que una mente creativa se descubre creando. En mi caso, me di cuenta en acción. Tenía un grupo con otras bailarinas y, sin planearlo, asumía el papel de generar, de dirigir.

Siempre he tenido una imaginación desbordante, una necesidad de construir mi propio mundo. Vengo de un contexto difícil, con bullying, con incomprensión por ser diferente. Eso me llevó a crear como un acto de supervivencia. Y más tarde di el salto por dignidad. Porque pensé: “he escrito todas mis obras y no las he firmado”. Fue un acto de autovaloración, de reconocer mi creatividad.

¿Qué consejos darías a quien está empezando y no sabe cómo moverse en este circuito?

Primero, que no confundan falta de visibilidad con falta de talento. No venderse no significa no valer.

Que confíen. Que tengan paciencia y crean en sí mismos, incluso cuando todo parece en contra. La perseverancia es éxito seguro. Y que busquen apoyo. Ahora hay estructuras, gestorías, plataformas como ARTISTING que ayudan a los artistas a profesionalizarse. Eso antes no existía.

Llevas muchos años gestionando tu propia compañía, creando, impartiendo clases y produciendo tus espectáculos. ¿Cómo se sostiene esa maquinaria cuando no hay un manager detrás?

Viviendo solo para eso. No tengo pareja ni hijos: mi vida es el arte. He tenido managers y representantes, pero no de manera estable. A veces contrato ayuda puntual por producción.

Es una autoexplotación, sí, pero también una elección. Vivo para esto.

Ana Continente:

En este contexto, donde el escaparate digital parece obligatorio, ¿cómo llevas tú la promoción en redes? ¿Cómo equilibras la necesidad de visibilidad con tu deseo de autenticidad?

Te lo explico con una imagen: vas nadando por el mar, flotando, disfrutando, y de repente piensas “tengo que ir al fondo si quiero ver lo que hay”.

Eso es para mí estar en redes. Sumergirme, buscar lo bueno, lo profundo, dentro de una obligación inevitable. He aprendido a sacar belleza incluso de esa inmersión.

¿Qué papel juega la comunidad en tu trabajo? ¿Te sientes acompañada por otros creadores o es un camino solitario?

Mi esperanza se ha ido agotando un poco. Antes era más positiva, pero la realidad es dura. No hay sindicato de danza, no hay estructura real de apoyo. Existe la SGAE, pero no una entidad que represente de verdad nuestro trabajo.

El ambiente es precario, y eso genera individualismo. Cada uno sobrevive como puede. Es triste, pero es así.

Has recibido reconocimientos importantes, como el Premio al Mejor Espectáculo de Danza 2023 Santa Isabel de Portugal por Artemisia (2021). ¿Qué significa para ti ese tipo de reconocimiento?

Muchísimo. Es sentir que no estoy sola en mi ciudad. Ser reconocida no se trata de ego, sino de impulso: de poder seguir adelante. Eso sí, los premios no garantizan nada. Ni más trabajo ni más estabilidad. El arte sigue siendo un estado de vulnerabilidad.

Artemisia es un espectáculo sobre la pintora barroca Artemisia Gentileschi, una mujer brillante que la historia intentó borrar. Fue abusada por su maestro y siguió creando. Mi obra es un homenaje a ella, a la creatividad y a la mujer. Una oda a resistir.

Si pudieras lanzar un mensaje a quienes viven pegados a la pantalla, ¿cuál sería ese “cable a tierra” que les invitarías a conectar?

Crear un tiempo obligatorio de silencio. Desconectar.

El móvil puede ser una herramienta maravillosa si tú lo manejas, pero si te domina, desapareces. Lo mismo pasa con la inteligencia artificial o con cualquier tecnología: si te controla, dejas de ser tú.

¿Qué te ha enseñado la danza sobre ti misma? ¿Y qué te gustaría que el mundo aprendiera de la danza?

La danza me ha enseñado a valorarme, a decir sin miedo: “soy un ser único e irrepetible, digno de estar aquí tal como soy”.

Y me gustaría que el mundo viera en la danza un lugar para conocerse, para abrir el imaginario, para crear y, en definitiva, para ser más feliz.

Cuando termina la conversación, queda en el aire una sensación extraña, como si la palabra se hubiera quedado corta para nombrar todo lo que vibra cuando Ana habla del cuerpo. Ella lo dice sin buscar frase: “La técnica nos libera para ser lo que somos”. Y en esa frase cabe todo su pensamiento: el cuerpo como casa, como espejo, como frontera y también como lugar de reconciliación.

Su presencia deja una huella leve, pero persistente. Uno sale de hablar con ella con la impresión de que la danza no es un oficio ni una disciplina, sino una manera de estar en el mundo. Que moverse, en su lenguaje, equivale a seguir buscando.