Banksy

María de la Paz Herrero 

Texto

ACTUALIZADO: Martes, 16 de Septiembre de 2025

Banksy volvió a sorprender a Londres con un mural en plena fachada del Tribunal Superior de Justicia. Apenas unas horas después de su aparición, la obra fue tapada y borrada, desatando un debate global sobre arte urbano, censura y libertad de expresión.

El mural apareció la mañana del 8 de septiembre en la fachada de los Royal Courts of Justice, en el centro de Londres. Representaba a un magistrado británico con toga y peluca tradicionales arremetiendo contra un manifestante indefenso, que sostenía una pancarta blanca salpicada de rojo, simulando sangre.

Según The Guardian, la obra coincidió con las recientes protestas contra la prohibición del grupo activista Palestine Action, en las que se detuvo a unas 900 personas en la capital británica. Aunque Banksy no añadió explicaciones, la interpretación fue inmediata: una crítica a la represión de la protesta social desde la justicia.

El propio artista confirmó la autoría publicando la imagen en su Instagram oficial con un breve texto: “Royal Courts of Justice. London”. Nada más. Como en otras ocasiones, la contundencia estaba en la imagen más que en las palabras.

Una eliminación exprés: ¿protección patrimonial o censura?

Apenas unas horas después de que el mural se viralizara, trabajadores de seguridad lo cubrieron con lonas negras y vallas metálicas para impedir su visionado y, posteriormente, lo borraron. Según portavoces del HM Courts & Tribunals Service citados por El País, la acción se justificó en que el tribunal es un edificio catalogado de Grado II: la ley obliga a mantener intactas sus fachadas históricas.

Pero muchos lo interpretaron como un gesto de censura. La rapidez y el celo en tapar la obra alimentaron la sospecha de que no se trataba solo de preservar la arquitectura, sino de neutralizar un mensaje incómodo en pleno corazón de la justicia británica. Según The Guardian, incluso la Policía Metropolitana abrió una investigación por “daños criminales” tras recibir denuncias por el grafiti.

Reacciones: entre la indignación y la viralidad

Organizaciones de activistas como Defend Our Juries defendieron públicamente el mural. Según AP News, declararon que la obra “retrata poderosamente la brutalidad desatada” tras la prohibición de Palestine Action, y añadieron que cuando la ley se usa para aplastar libertades civiles, “no extingue la disidencia, la fortalece”.

El borrado, lejos de apagar el impacto, lo multiplicó. Las imágenes del juez golpeando al manifestante corrieron por redes sociales y medios internacionales. Según The Guardian, el intento de ocultar la pieza fue interpretado como la confirmación misma del mensaje que Banksy quería transmitir. En Twitter (X) y en Instagram, miles de usuarios compartieron la foto original y criticaron la decisión de eliminar la obra, denunciando la paradoja: borrar un Banksy suele darle aún más visibilidad.

Banksy y el destino efímero de sus murales

No es la primera vez que un mural de Banksy desaparece. Su obra vive en una tensión permanente entre el valor artístico y la ilegalidad del grafiti. Según El País, ya en 2024 se borraron piezas suyas en Londres, como una señal de “Stop” intervenida con drones militares.

El artista parece asumir esa fragilidad como parte de su lenguaje. Muchos de sus murales han sido arrancados de paredes para venderse en subastas, otros han sido vandalizados, y algunos, como en este caso, eliminados por las autoridades. La fugacidad se convierte en parte de la obra: la desaparición, voluntaria o impuesta, añade capas de sentido a su protesta.

Censura, arte urbano y el legado de Banksy

La pregunta de fondo es inevitable: ¿se borró el mural por proteger un edificio histórico o porque incomodaba al poder? Según el columnista Manuel Jabois en Cadena SER, “lo que se pretende borrar existe para siempre. El borrado es la otra mitad del cuadro”.

Banksy, fiel a su estilo, vuelve a situar a la sociedad frente a sus contradicciones. Su mural no solo denunció la represión judicial contra la protesta, sino que al ser eliminado, la propia reacción oficial amplificó su mensaje. El borrado se convirtió en performance involuntaria: la censura como confirmación de aquello que se quería ocultar.

El legado del artista británico se fortalece en esa paradoja. Banksy demuestra que el arte urbano, aunque efímero, puede sacudir conciencias y abrir debates globales. Y que, en ocasiones, intentar silenciar una obra solo consigue que hable más fuerte.

El nuevo mural de Banksy en Londres duró apenas 48 horas, pero su eco ya forma parte de la historia del arte urbano y del debate sobre libertad de expresión. El juez golpeando al manifestante no solo denunció la represión en Reino Unido: denunció también la fragilidad del espacio público como lugar de disenso.

El caso recuerda que el arte urbano no busca solo decorar la ciudad: busca cuestionarla. Y que, aunque se borre la pintura, el mensaje ya se ha grabado en la memoria colectiva.

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