Hay quien fotografía lo espectacular, lo que brilla, lo que grita. Y hay quien mira hacia lo que desaparece. Elena Rodicio pertenece a este segundo grupo. Su obra nace de la nostalgia y del arraigo, pero no se ancla en la melancolía: se abre paso entre polvo, piel y humo, construyendo un archivo emocional de aquello que apenas deja huella. La matanza del cerdo, la feria de su pueblo, la recogida de la patata. Escenas que para muchos ya no existen, y que para ella aún laten.

Gallega y autodidacta, Elena no retrata lo rural desde la pose, sino desde la herencia. Entre lo artesanal y lo digital, su fotografía resiste al olvido con cuidado, intuición y memoria. Esta conversación es un viaje a su mirada: íntima, ética, radicalmente honesta.

¿Cómo te presentarías hoy, si no pudieras hablar de tus trabajos ni de tu currículum?

Pues diría que soy una fotógrafa autodidacta, pero también una persona que está en constante aprendizaje. No me gusta categorizarme, ni ponerme etiquetas. De hecho, en mis redes sociales tengo puesto it wannabe, porque siento que todo el rato quiero explorar disciplinas nuevas. No me considero experta en nada. Mis estudios no tienen nada que ver con lo que hago ahora, estudié Traducción, y actualmente trabajo en creatividad publicitaria. Y al margen de eso, la fotografía siempre ha sido mi pasión.

También me interesa mucho el mundo digital, la creación de contenido para redes sociales, la dirección de fotografía y últimamente me atraen cosas como los videoclips. Hay muchas ramas que me llaman. Aunque el lado de la publicidad pueda sonar menos romántico, todo al final está conectado por la creatividad, que es el hilo conductor en mi vida.

¿En qué momento sentiste la necesidad de expresarte con imágenes? ¿Recuerdas cuándo cogiste una cámara por primera vez?

Creo que siempre ha estado ahí. De pequeña recuerdo ver una peli de Antena 3 en la que aparecía un laboratorio con luz roja, y eso ya me fascinaba. No tenía referentes cercanos: en mi familia nadie se dedicaba al arte ni tenía cámaras. Fue algo muy mío. Con el primer trabajo que tuve, cuidando a una señora mayor en mi pueblo, me pagaban cinco euros la hora, me regalé mi primera cámara.

Más adelante, ya en la universidad, hubo un momento clave: fui de excursión con unas amigas y me dejé el móvil en casa. Me compré una cámara de usar y tirar, y empecé a capturar todo ese día sin mirar una pantalla. Desde ahí, empecé a engancharme. Seguí con cámaras de usar y tirar, luego pasé al analógico, y poco a poco fui metiéndome en el laboratorio, profesionalizándome y caminando en esto de forma muy orgánica.

¿Qué tipo de fotos hacías al principio? ¿Qué buscabas capturar sin saberlo todavía?

Siempre he tirado a lo espontáneo. Me atrae la naturalidad de los momentos y, sobre todo, las personas. Hay gente que se orienta más a la naturaleza; yo soy más de calle. Me interesa lo cotidiano, observar eso que otros no están viendo.

¿Cuál fue tu primera imagen “seria”? Aquella que al verla pensaste: esto va en serio.

Fue en un viaje a Marruecos. Cuando sales de tu entorno todo te sobreestimula: la luz, el caos, los colores… Recuerdo una foto dentro de un zoco, con polvo y luz entrando de forma muy especial. La guardo con mucho cariño. Ahora la veo y quizá no me impresiona tanto como entonces, pero en su momento me hizo pensar: “esto es otra cosa”.

Vienes del mundo de la traducción, la docencia, la publicidad. ¿Qué hilos invisibles conectan esos mundos con tu práctica artística?

Creo que el hilo conductor es la necesidad de comunicar. Tanto la traducción como la publicidad tienen que ver con trasladar un mensaje, y la fotografía también: hay un concepto que se quiere expresar, aunque no se utilicen palabras. En todos los casos, hay algo universal que puede comprenderse sin hablar demasiado.

¿Qué lugar ocupa Galicia en tu identidad como fotógrafa, más allá de lo visual?

Muchísimo. Me he dado cuenta sobre todo en los últimos años. Soy muy nostálgica y muy de morriña, como buena gallega. Mi conexión con Galicia tiene que ver con eso de querer preservar, que no se pierda. Soy de un pueblo pequeño, muy vinculado al mundo de la aldea: mis abuelos vivieron siempre allí. A medida que creces, ves que hay cosas que desaparecen. Y yo, que soy tan de guardar hasta una piedra porque me recuerda algo siento esa necesidad de capturar, de congelar, para mí y para otros.

Has ayudado a artistas emergentes a encontrar su imagen. ¿Qué escuchas en ellos antes de disparar por primera vez?

Lo primero, intento entender qué quieren decir. A veces me pasan sus canciones, sus referencias y aunque a lo mejor suenan a pop-rock y me evocan cosas muy concretas, intento no caer en los clichés. Me fijo en lo que les resuena, en sus metas, en el tipo de artista que quieren llegar a ser. Y ahí, entre todo lo que cuentan, intento leer entre líneas para encontrar el hilo conductor. Muchas veces tienen claro lo que les gusta, pero no son conscientes de qué dice eso de ellos. Mi trabajo es ayudarlos a ver desde fuera lo que quizá no ven, a dar forma visual a eso que ya está latente.

¿Qué significa para ti construir la imagen de otro sin imponer la tuya?

Es un ejercicio difícil, porque todos tenemos una estética marcada. Pero justo por eso me esfuerzo en no imponer la mía. Escucho mucho, me fijo en sus referentes, en lo que me mandan. Intento rascar: ¿Qué hay ahí que les gusta de verdad? ¿Qué hay detrás de esas imágenes? Me ayuda tener una mirada amplia, estar abierta.

También es verdad que la mayoría de los artistas que me contactan ya han visto mi trabajo y les gusta. Entonces partimos de un terreno común, y eso facilita las cosas. Nunca me he visto forzada a hacer algo que no resuene conmigo. Y si llegara a pasar, creo que preferiría no hacerlo. Pero hasta ahora todo ha sido bastante fluido y constructivo para ambas partes.

¿Necesitas sentirte cómoda con el resultado para firmar un trabajo?

Sí, totalmente. Nunca me he encontrado en esa tesitura de sentirme incómoda, pero creo que ahora tengo más criterio y confianza para decir que no si algo no encaja. También es verdad que salir de mi zona de confort me ha hecho aprender mucho. Cada proyecto me lleva a investigar, a descubrir cosas nuevas, y eso me enriquece.

¿Cuál ha sido el shooting más inesperado o emocional que has vivido con artistas jóvenes?

Uno que recuerdo con mucho cariño fue con Margielin. Ya habíamos trabajado juntas varias veces y había confianza, lo que nos permitió improvisar bastante. Aunque yo siempre llego con ideas claras y escenas previstas, ese día se dio algo especial. Las fotos todavía no han salido, pero estoy muy orgullosa. Es un trabajo que está entre la fotografía de branding personal y algo más editorial, más moda. Fue un híbrido muy bonito.

¿Qué significa para ti lo rural? ¿Qué te viene a la cabeza cuando piensas en tu pueblo?

Nostalgia. Infancia. Y también una necesidad muy fuerte de preservar lo que está desapareciendo. Soy bastante maximalista: me cuesta desprenderme de las cosas, incluso de objetos pequeños. Una piedra puede recordarme un momento, un lugar. Y veo que muchas cosas se están perdiendo solas y eso me agobia. Me da miedo no hacer nada por conservarlas. Así que lo rural, para mí, es hogar, es arraigo, es memoria. Es querer retener lo que desaparece.

Elena Rodicio

España se está vaciando por dentro, pero lo rural sigue utilizándose como estética, símbolo o eslogan político. ¿Qué ves tú que muchos no están viendo?

Es complicado. Intento alejarme de cierta condescendencia o paternalismo con lo rural. No quiero imponerme un rol ni impostarme nada. Mi trabajo parte de lo que conozco, de lo que me toca. No quiero ser “la fotógrafa de lo rural”. Simplemente soy de un pueblo pequeño, he vivido estas tradiciones, forman parte de mí, y las retrato porque me salen. Ahora me interesa eso, pero dentro de unos años quizá esté fotografiando otra cosa. No es una postura, es una etapa.

¿Por qué decidiste mirar hacia ahí, hacia lo que desaparece? ¿Qué urgencia sentiste?

Fue algo natural. En la aldea de mi abuela, la gente mayor se va, y con ellos desaparecen muchas costumbres. En mi familia, por ejemplo, ya no se hace la matanza del cerdo. Cuando desaparecen las personas, desaparecen también los rituales que les daban sentido. Y es entonces cuando te das cuenta de su valor. Así que empecé a fotografiarlo mientras aún estaba. Pensé: “mi abuela sigue bien, tengo que capturarla”. Y otras tradiciones he tenido que buscarlas fuera de mi núcleo familiar, porque ya no se hacían. Es un intento de conservar mientras aún se puede.

¿Crees que la fotografía puede convertirse en una forma de resistencia o de archivo emocional frente al olvido?

Sí, cien por cien. Y siempre lo ha sido. Especialmente la fotografía documental. Gracias a ella podemos entender cómo eran otras épocas, otras personas, otras realidades. Tiene un poder enorme. Es una forma de testimonio y también de memoria emocional.

¿Qué tradiciones o escenas sientes que estás salvando, al menos en imagen, de desaparecer?

La matanza del cerdo, sobre todo. Es algo que estoy viendo desaparecer en tiempo real. Cuando era pequeña, en la aldea de mi abuela todas las casas hacían una matanza. Ahora creo que no queda ninguna. Y no parece que vaya a haber relevo generacional. Incluso personas como yo, que lo hemos vivido, sabemos que no vamos a hacerlo en el futuro. Así que inevitablemente se va perdiendo. Y con ello se pierden saberes, gestos, costumbres.

¿Qué te gustaría que alguien sintiera al ver estas imágenes si nunca ha pisado una aldea gallega?

Entiendo que pueden resultar fuertes, sobre todo la serie de la matanza. Pero no las hice para mostrar lo gore, sino para buscar una belleza, si se puede llamar así, en ese ritual. Quería que el blanco y negro suavizara, pero también intensificara esa idea de vestigio. Para mí, la carne es un lugar de encuentro, no de dominio. En esas fotos hay tensión, pero también coexistencia. Hay una imagen, por ejemplo, en la que la mano de un hombre parece una pezuña, y la pongo junto a la del cerdo. O una donde de ambas pieles emana humo. Son formas de igualar, de equiparar, de mirar sin jerarquía. Y ojalá quien las vea, incluso si nunca ha estado en Galicia, pueda sentir algo de eso.

¿La serie de la matanza, la recogida de la patata y la feria de tu pueblo son tres series distintas o forman parte de un mismo proyecto?

Conviven juntas. Ahora mismo las estoy concibiendo como un único proyecto, aunque creo que la serie de la matanza tiene suficiente fuerza como para vivir por sí sola. Aun así, las tres comparten algo que me parece fundamental: todas intentan preservar prácticas que, desde mi punto de vista, están desapareciendo.

Por un lado, está la matanza; por otro, la cosecha, el hecho de cultivar tus propios alimentos, algo que cada vez se hace menos. Mi abuela, por ejemplo, aún cultiva, pero ya va haciéndolo menos. Las generaciones jóvenes ahora tienen como una especie de moda de volver al huerto, plantar tus tomates y tal pero sin ese saber transmitido, sin el conocimiento arraigado de cuándo hacerlo, por qué, cómo. Ahora miramos un tutorial en YouTube, pero no lo aprendemos de quienes lo hicieron toda su vida.

Y la feria es otra cosa que también se está transformando. Yo de pequeña ya la viví de forma distinta a como la vivió mi madre, y hoy ha perdido aún más su esencia. Antes era un punto de encuentro: la gente de las aldeas iba allí a socializar, a vender animales, a intercambiar productos. Ahora lo que más ves son puestos de ropa que probablemente venga importada de Asia. Pero la tradición de ir a la feria sigue viva, sobre todo en las personas mayores. Se arreglan, se ponen guapas, porque es el día de verse con otras personas. Y eso, esa esencia, también se está perdiendo poco a poco. Por eso, para mí las tres series comparten un hilo conductor muy claro: son formas de mirar lo que se va apagando.

Tu serie sobre la matanza, la recogida de la patata y las ferias gallegas tiene algo de archivo, de ritual, de crudeza bella. ¿Qué te empujó a mirar hacia ahí?

Fue muy intuitivo. Hay cosas que desaparecen sin que nos demos cuenta. En mi familia, por ejemplo, la matanza dejó de hacerse de forma natural, simplemente porque las personas mayores ya no están o no pueden seguir con esos rituales. Y lo típico: no valoras algo hasta que se pierde. Así que decidí empezar a documentarlo mientras aún estuviera a tiempo. Algunas escenas las encontré dentro de mi familia, otras tuve que buscarlas fuera, porque ya no formaban parte de nuestro día a día.

¿Qué sientes mientras fotografías algo tan visceral? ¿Cuál es tu papel: testigo, cómplice, heredera?

Es una mezcla muy fuerte de cosas. Yo viví la matanza de pequeña, así que sabía perfectamente lo que iba a suceder. Pero al mirarlo ahora desde los ojos de una adulta, todo cambia. Es impactante, sí, pero también genera una reflexión. Te das cuenta de que, por crudo que sea, es una práctica que se ha hecho durante generaciones, y que incluso tiene una ética más honesta que muchas formas actuales de consumo. No es cómodo, pero tampoco lo niego. Estoy ahí, observando, aprendiendo. Me siento parte y a la vez a distancia.

¿Qué composiciones buscabas en las imágenes? ¿Cómo equilibras lo gore con lo poético? ¿Te marcas límites a la hora de mostrar?

Buscaba el equilibrio entre lo humano y lo animal, sin jerarquías. Por eso muchas veces me fui a los detalles: una mano sobre la piel del cerdo, una textura, una pezuña junto a un brazo. Me ayudó mucho trabajar en blanco y negro, porque me permitía suavizar lo explícito sin perder intensidad. Evité las imágenes demasiado abiertas o evidentes, y encuadré buscando recortes, fragmentos, silencios.

¿Hay alguna imagen que no mostraste porque sentiste que no te pertenecía?

Sí. Hubo fotos que quedaron fuera. Algunas eran más viscerales, otras me parecían poéticas, pero no encajaban del todo. Recuerdo unas con perros oliendo la sangre, acercándose al cuerpo del cerdo ya muerto. Eran potentes, pero se salían del tono general. Me dio pena dejarlas fuera, pero había que cuidar la narrativa.

Has mencionado que tiendes a fijarte mucho en los detalles. Me gustaría que hablásemos de tres fotos que, a mí, personalmente, me impactaron: la del tractor en medio del polvo, la del primer plano de las pezuñas del cerdo y la de las manos apoyadas sobre su piel. ¿Qué buscabas en cada una de ellas, visual o simbólicamente?

Primero, gracias, porque justo has elegido algunas de mis favoritas.

La de las pezuñas, por ejemplo, me parece una imagen en la que se intuye todo el contexto sin necesidad de mostrarlo explícitamente. Es el momento en el que el cerdo ya ha sido sacrificado y está colgado. Quería contar eso, pero sin recurrir a lo obvio. Había algo en ese plano que lo decía todo sin mostrarlo todo.

Con la foto de las manos, la intención era muy parecida: captar las texturas. Me interesaba el paralelismo entre la piel del cerdo y la de las manos humanas, ese gesto de reposar la mano como si fuera un acto casi de cariño. Me parecía que había algo muy poderoso en esa conexión entre dos pieles: una viva, otra ya no, pero ambas compartiendo un mismo espacio táctil, casi íntimo.

Y la del tractor… esa imagen me encanta. No sé, se dieron todos los elementos: la luz, el polvo, esa primera hora de la mañana en la que todo tiene una atmósfera especial. Fue una escena bellísima, pero cotidiana para mi familia. De hecho, ellos casi no entendían por qué la estaba fotografiando, les parecía algo sin importancia. Para mí, en cambio, era una escena perfecta: el humo, la luz, ese instante suspendido… Estaba fascinada. No tiene una explicación técnica compleja, simplemente estaba buscando la belleza de un momento que, para ellos, era rutinario.

Elena Rodicio
Elena Rodicio
Elena Rodicio

¿Qué parte del relato rural crees que se ha contado mal desde fuera? ¿Dónde está el límite entre documentar y exotizar?

Uno de mis mayores miedos cuando preparé la exposición era justo ese: que no se entendiera el proyecto, que se leyera mal. Yo no quiero mostrar lo rural como algo pintoresco ni idealizado, pero tampoco desde el morbo. Intento contar mi verdad, sin impostura. No quiero ser la abanderada de nada. Simplemente estoy retratando lo que me ha tocado vivir. Ahora es esto, mañana quizá sea otra cosa. Pero sí que tengo muy claro que no quiero convertirme en un cliché.

¿Qué reacciones ha generado esta serie? ¿Te ha sorprendido cómo la ha recibido el público urbano?

Sí, me sorprendió mucho. Iba con bastante miedo: no sabía cómo se entendería. Me preocupaba que alguien lo viera como algo ofensivo, o que no entendiera la carga emocional detrás. Pero la reacción fue muy positiva. Gente que no come carne me dijo que había sentido algo muy fuerte viendo las imágenes, que les evocaba recuerdos de infancia, de sus abuelos. Algunos me decían que incluso podían oler lo que veían. Sentí que se había entendido el proyecto, y eso me reconfortó mucho.

¿Qué es más difícil: que alguien del mundo rural entienda tu trabajo o que lo entienda una galería?

Quizá a alguien del mundo rural no le choque tanto visualmente, pero sí puede sorprenderle que alguien quiera fotografiar eso, darle valor. Para ellos, muchas veces, es cotidiano. En cambio, alguien de un entorno más urbano puede quedarse más impactado. Creo que en ambos casos hay posibilidad de conexión, pero por caminos distintos.

¿Trabajaste en analógico o digital para esta serie? ¿Qué te hizo elegir ese formato para documentar escenas tan físicas e intensas?

Trabajé en digital, aunque mucha gente al ver las imágenes impresas pensaba que eran analógicas. Supongo que el blanco y negro, la textura, el tipo de encuadre… evocaban ese lenguaje. A mí también me lo preguntaron varias veces. Y aunque suelo trabajar en analógico, para esta serie preferí lo digital porque me permitía más agilidad y control en situaciones tan cambiantes. Aun así, intenté mantener una estética que transmitiera esa sensación de lo físico, lo ritual, lo suspendido en el tiempo.

¿Disparas con trípode, a mano alzada, te mueves mucho? ¿Dónde colocas tu cuerpo en relación a la escena?

Siempre disparo a mano alzada. El trípode casi lo tengo de adorno. Me gusta moverme, observar sin intervenir. No quiero alterar la escena. Si las personas sienten que hay alguien fotografiando, pierden naturalidad, así que intento pasar lo más desapercibida posible. Trabajo con un equipo muy sencillo, nada ostentoso: un objetivo versátil que me permite estar lejos y captar detalles, sin invadir el espacio.

¿Cómo resolviste la luz natural? ¿Usaste flash o te adaptaste al caos?

Para mí la luz natural es mi mayor aliada. Nunca he estudiado fotografía de forma académica, y la luz artificial me impone más. He hecho algún curso, pero no es mi medio habitual. Me siento cómoda con los cambios, con adaptarme a lo que haya. A veces sale bien, a veces no, pero es lo que me resulta natural. Estoy acostumbrada a modificar los ajustes sobre la marcha, a observar cómo cambia todo en cuestión de minutos. No me incomoda. De hecho, me gusta.

¿Cómo gestionas el movimiento y lo imprevisible? ¿Piensas cada disparo o te dejas llevar?

Me dejo llevar, pero con atención. Observo mucho. Como ya sé lo que va a pasar porque he vivido esos rituales de pequeña estoy alerta. Pero no voy con una lista cerrada de imágenes en la cabeza. Busco detalles, gestos, atmósferas. Me interesa lo que sucede cuando no estás buscando nada concreto.

¿Hay decisiones que tomas en el cuarto oscuro o en la postproducción digital que transforman lo que capturaste?

Sí, sobre todo en la edición digital, porque no quería ser demasiado explícita. Hubo escenas más abiertas que luego recorté para centrarme en los detalles. Me interesaba mostrar sin mostrar del todo, sugerir más que evidenciar. En analógico, cuando trabajo en laboratorio, el proceso es parecido: pruebas, errores, exposición, paciencia. Pero en este caso, la clave fue seleccionar qué encuadres conservar y cómo traducirlos visualmente para no romper la atmósfera.

¿Se ha dado el caso de que una imagen inesperada acabara siendo clave?

Sí, por ejemplo, una foto con un tractor, polvo y luz de primera hora de la mañana. Mi familia no entendía qué hacía sacando fotos de eso. Para ellos era algo rutinario. Pero para mí había poesía en esa escena. Me pareció perfecta. También imágenes de pezuñas, de manos tocando la piel del animal. Cosas que a primera vista no parecen significativas y acaban hablando más que otras.

¿Qué diferencia hay entre fotografiar lo ritual y fotografiar lo escénico? ¿Cambia tu distancia, tu respiración, tu lugar en la escena?

Totalmente. Cuando fotografío algo como la matanza o la cosecha, voy como espectadora. Sé más o menos lo que va a pasar, pero no puedo planearlo todo. En cambio, cuando trabajo con artistas, donde hay maquillaje, vestuario, producción, todo tiene que estar medido. Me siento responsable del tiempo de los demás, así que llego con todo preparado: qué se va a hacer, cómo, en qué orden… Luego puede surgir la improvisación, claro, pero necesito tener una estructura que me dé tranquilidad. Son formas de trabajo muy distintas, y ambas me interesan.

Estás empezando a fotografiar los pequeños negocios de tu pueblo. ¿Qué te mueve a capturar eso ahora?

De nuevo, la nostalgia. Y la necesidad de congelar un momento de mi pueblo tal y como yo lo recuerdo. Me costó decidir cómo enfocarlo, porque lo que para mí son “los de toda la vida” no son los mismos que para mi madre. Para ella, algunos negocios que yo veo como históricos son relativamente nuevos. Así que al final opté por centrarme en lo que ha marcado mi propia memoria.

Además, es un pueblo bastante turístico, y poco a poco van cerrando comercios porque la gente se jubila, se hace mayor y muchas veces no hay relevo. Entonces va desapareciendo parte de esa esencia con la que crecí. También quería rendir homenaje a esa gente tan trabajadora: comerciantes y artesanos que han sostenido sus negocios durante años, muchas veces sin vacaciones, sin días libres. Personas que han tirado para adelante como han podido. Y creo que eso merece ser visibilizado.

¿Cómo cambia tu mirada cuando retratas a personas que conoces desde siempre? ¿Hay más pudor o más verdad?

Hay más confianza. Y eso se nota. Cuando retratas a alguien de tu entorno, hay una complicidad que hace que todo fluya más rápido. Con alguien nuevo, al principio todo está más frío. Hasta la foto número cien no empieza a calentarse. Pero con las personas que conoces desde siempre, no necesitas ese proceso de deshielo. Ya hay verdad desde el principio.

Aunque el proyecto esté naciendo, ¿qué te gustaría que no se perdiera en él?

Me gustaría que no se perdiera la memoria. Que quedara constancia del valor que han tenido esas personas en la vida cotidiana del pueblo. Que su presencia, su esfuerzo, su forma de estar, de hacer, de sostener no caiga en el olvido.

Tu práctica se mueve entre dos extremos: la fotografía analógica, artesanal, y el contenido digital. ¿Cómo conviven esas dos vertientes en tu trabajo?

Conviven… como pueden. (Ríe.) Es algo a lo que siempre le estoy dando vueltas porque no tengo una fórmula clara, la verdad. A veces tengo ganas de separarlas del todo, y otras veces siento que pueden hablarse, que pueden dialogar. Pero todavía no he encontrado esa manera de integrarlas del todo. Por ejemplo, con las fotos de la matanza. Las hice, las guardé en un disco duro y no volví a mirarlas durante casi un año. No tenía ninguna urgencia por editarlas ni por compartirlas. Sentía que no era su sitio. No las veía dentro del tipo de imágenes que subo a redes, no encajaban con el lenguaje del contenido inmediato. Entonces, como que se generó una disonancia ahí que no sabía cómo resolver.

Solo cuando surgió la posibilidad de hacer la exposición y montar el proyecto fue cuando decidí revisarlas. Y ahí sí cobraron otro sentido. Fue una semana muy intensa: reedité todo ese material que había tenido guardado porque, en el fondo, nunca sentí que su lugar fuera una story. No era ese su cometido. Así que sí, todavía estoy intentando encontrar la fórmula para que ambas partes de mi trabajo puedan convivir sin conflicto. A veces lo hacen. Otras, no.

¿Te has sentido invalidada por “ser de redes” en el mundo del arte, o al revés?

Sí, alguna vez. Hay quien piensa que, si tienes seguidores o haces contenido para redes, no puedes ser una fotógrafa “seria”. Pero eso me parece una visión muy antigua. De hecho, muchas oportunidades me han llegado precisamente por Instagram. Me han escrito marcas, medios, artistas que han descubierto mi trabajo ahí. Así que no me avergüenzo de ese espacio, al contrario. Lo reivindico como parte de mi camino.

¿Qué no cabe en una story? ¿Qué se pierde al convertir una imagen en contenido?

Se pierde mucho contexto. Una story dura quince segundos. Y en ese tiempo no puedes explicar todo lo que hay detrás de una imagen: la preparación, el proceso, la intención. A veces me da rabia tener que condensarlo tanto. Pero también entiendo que es una puerta de entrada. Si alguien se interesa, luego puede ir a la web, a la expo, al proyecto completo. Lo importante es que no se quede solo en el scroll.

¿Crees que hoy un artista tiene que ser también su propio algoritmo?

En parte sí. Pero también hay que saber poner límites. Si solo piensas en los datos, en lo que funciona, dejas de hacer lo que realmente te mueve. Yo intento que no se me coma esa parte. Me gusta cuidar el feed, sí, pero no quiero convertirme en esclava de él. A veces desaparezco un mes, y no pasa nada. Prefiero estar conectada con lo que hago que obsesionada con la visibilidad.

¿Qué papel juegan tus dos cuentas @elena.rodicio y @doa.morna? ¿Qué se permiten una a la otra?

@elena.rodicio es más profesional, más cuidada. Ahí muestro los proyectos cerrados, los retratos, los shootings, las cosas que están más pulidas. En cambio, @doa.morna es más íntima, más experimental. Subo cosas sin pensar tanto, pruebo formatos, escribo textos personales. Me sirve como laboratorio, como cuaderno visual. A veces algo nace en @doa.morna y acaba transformado en un proyecto mayor. Y a la inversa también pasa. Son dos espacios que dialogan entre sí.

¿Sientes que tus fotografías expresan una posición ante el mundo, aunque no hablen explícitamente?

Sí, completamente. No hay neutralidad cuando eliges qué retratar, cómo encuadrar o qué dejas fuera. Todo eso habla de ti. Yo no me considero una artista política, pero sí tengo claro que fotografiar lo que desaparece, o lo que ha sido históricamente invisible, es una forma de tomar postura. No me interesa gritar, pero sí mirar con respeto. Y eso, en sí mismo, ya es una decisión ética. 

Elena Rodicio

¿Qué responsabilidad hay en retratar el trabajo físico, el dolor o la pobreza sin caer en lo estético o en lo extractivo?

Hay mucha. Y es fácil caer en trampas. Cuando fotografío escenas como la matanza, por ejemplo, me hago muchas preguntas. ¿Estoy mostrando esto porque me parece bello? ¿Estoy romantizando algo que en realidad es crudo? ¿Estoy apropiándome de una experiencia que no me pertenece? Siempre estoy alerta. No quiero estetizar el sufrimiento ni usarlo como recurso visual. Por eso a veces dejo fotos fuera, aunque me gusten. Si siento que cruzan una línea, no las muestro.

¿Dónde está la frontera entre testimoniar y apropiarse? ¿Te la preguntas cada vez que disparas?

Sí, y no siempre tengo la respuesta. Es una frontera muy fina. Intento recordar siempre desde dónde miro y para qué. No quiero ser una outsider que llega a un sitio, hace clic y se va. Por eso me gusta trabajar con lo que conozco: mi pueblo, mi gente, mis tradiciones. No porque crea que eso me da más legitimidad, sino porque hay una implicación emocional real. Y si en algún momento noto que me estoy alejando de eso, paro. No me interesa hacer imágenes “bonitas” si no puedo sostenerlas desde dentro.

¿Crees que es posible hacer activismo visual sin panfleto? ¿Qué poder real tienen las imágenes?

Creo que sí. Hay imágenes que remueven sin necesidad de explicar nada. Que generan preguntas, que activan memorias, que te colocan en otro lugar. Para mí, esa es la mejor forma de hacer activismo: sin imponer un discurso, pero dejando una huella. A veces una imagen te hace pensar durante días, y eso vale más que muchos textos. No creo que las fotos cambien el mundo por sí solas, pero sí pueden cambiar tu forma de mirar. Y eso ya es un principio.

¿Cómo ves el panorama actual para vivir de la fotografía sin traicionar tu voz?

Complicado. Muy complicado. Siento que hay espacio, pero está muy fragmentado. O te colocas en el mundo del arte contemporáneo con todo lo que eso implica o te vas al terreno comercial, que también tiene sus reglas y sus peajes. Y entre medias hay como un limbo donde no sabes muy bien cómo encajar. Yo estoy ahí, en ese lugar raro. Me muevo entre trabajos de encargo y proyectos personales, y a veces cuesta compaginarlos sin perder el centro.

¿Qué espacios sientes que aún no existen para artistas como tú?

Espacios intermedios. Lugares donde puedas mostrar tu trabajo sin tener que encajar en discursos académicos, ni convertirte en influencer. Me faltan salas accesibles, publicaciones que valoren procesos, encuentros donde no todo sea postureo. También echo en falta referentes cercanos: gente que esté construyendo carrera desde la honestidad, sin grandes nombres detrás. Me gustaría ver más procesos reales, más caminos posibles.

¿Qué parte del sistema del arte o la fotografía contemporánea te genera más fricción?

La falta de naturalidad. Muchas veces siento que hay que hablar de tu obra como si estuvieras escribiendo una tesis. Y si no usas cierto lenguaje, parece que tu trabajo no tiene profundidad. Me cuesta mucho esa parte. Yo puedo hablar de lo que hago, de lo que siento, de por qué disparo una foto. Pero no quiero intelectualizarlo todo. A veces, simplemente, sentí que tenía que capturar algo. Y eso también es válido.

¿Te sientes parte de alguna escena o vas por libre?

Voy bastante por libre. He ido conociendo gente en el camino, claro, pero no me siento parte de una escena como tal. Me cuesta mucho hacer networking por obligación. Si surge una conexión real, genial. Pero no soy de forzar vínculos para estar “en la pomada”. Me gusta trabajar sola, tomarme mi tiempo, pensar desde lo íntimo. Quizá eso me hace ir más despacio, pero lo prefiero así.

¿Qué significa para ti “profesionalizarse”? ¿Tiene que ver con la técnica, el dinero, el tiempo?

Para mí, tiene más que ver con la constancia y con el compromiso con una misma. No tanto con ganar dinero, aunque obviamente es importante, sino con tomarme en serio lo que hago. Con dedicarle tiempo, con formarme, con cuidar los detalles. Profesionalizarse también es saber decir no, poner límites, valorar tu trabajo. Y eso lo he aprendido poco a poco. No me considero una experta en nada, pero sí alguien que ha decidido estar presente en su proceso.

Has mencionado que empezaste a trabajar en analógico, a revelar en casa, a positivar en cuarto oscuro ¿Qué te da ese proceso que no te da lo digital?

Me ayuda a sanar la impaciencia. Siempre he sido una persona muy impaciente, y creo que eso se ha intensificado con los tiempos que vivimos, con las redes sociales, con ese “todo para ya”.

Empecé a trabajar en analógico, sobre todo, por eso: para obligarme a ir más despacio. En este proceso todo tiene sus tiempos. Tomas la foto, luego la revelas, luego la positivás y es precioso ese momento en el que las imágenes aparecen, literalmente, a través de una reacción química. Estás tres meses imaginando cómo habrá quedado una escena y, de repente, ahí está. Aparece. Y casi siempre, salvo que la hayas liado en algún punto del revelado, la satisfacción es enorme. Es como si las hubieras manufacturado. Y eso genera una conexión muy diferente con la imagen.

¿Qué parte de ese proceso se ha vuelto ritual para ti? ¿Qué disfrutas más?

El positivado. Sin duda. Es el momento más experimental, en el que más aprendo. Estás sola, sin móvil, sin ningún tipo de luz que pueda afectar al papel fotográfico. Solo tú, la máquina y el tiempo. Hay que calcular los segundos, las exposiciones, estar atenta al detalle. Meter el papel en los líquidos y ver cómo la foto aparece poco a poco es casi un acto de magia. Ese momento me encanta.

¿Cómo eliges cuándo usar blanco y negro? ¿Es una decisión estética o emocional?

Ambas cosas. A veces lo decido antes, otras después. El blanco y negro me ayuda a abstraer, a centrarme en la forma, en la luz, en la textura. También tiene una carga emocional muy fuerte: remite al recuerdo, al archivo, a lo que ya no está. Lo uso mucho cuando quiero que la imagen tenga ese aire de memoria suspendida.

Elena Rodicio

¿Qué importancia le das a la edición final en tu narrativa?

Muchísima. Para mí, la edición no es solo seleccionar fotos: es construir sentido. Decidir qué entra, qué se queda fuera, en qué orden van… Todo eso cuenta una historia. Hay fotos que funcionan solas, pero otras necesitan estar al lado de otra para resonar. Me gusta pensar las series como un cuerpo, no como imágenes sueltas.

¿Hay algún sonido, olor o textura que asocies a tu forma de hacer fotos?

Sí. El clic de la cámara analógica. El olor de los líquidos de revelado. El tacto del papel baritado húmedo. Son cosas muy físicas, muy concretas. Me devuelven a ese lugar de hacer con las manos, de mirar despacio. También el silencio. Cuando disparo, intento que no haya ruido alrededor. Es mi forma de concentrarme.

¿Qué referentes fotográficos te han marcado o te inspiran a día de hoy? ¿Hay alguien cuya forma de mirar te haya hecho pensar: “yo quiero ir por ahí”?

Siempre me abruma un poco esta pregunta, porque parece que hay que nombrar a grandes figuras del pasado, y a veces los referentes más potentes están más cerca de ti.

Dicho esto, hay varios nombres que me han influido mucho. Cristina García Rodero, por supuesto, es un gran referente para mí, sobre todo por su trabajo con las tradiciones, lo ritual, lo popular… Es inevitable mencionarla cuando hablo de esta serie sobre la matanza y el mundo rural.

Pero también me inspiran personas más cercanas. Hace poco, por ejemplo, subí un vídeo a redes hablando del trabajo de Eva, una chica que tiene un proyecto precioso sobre su abuelo, en blanco y negro, muy conectado con lo rural. La sigo desde hace tiempo, y me encanta lo que hace. No hace falta que alguien esté en todos los museos para ser una influencia real.

También tengo un montón de libros de Cartier-Bresson, y soy bastante chapada a la antigua en ese sentido. Me siguen fascinando esas miradas más clásicas. Pero al mismo tiempo, hay fotógrafos que no tienen nada que ver con mi estilo y que también me inspiran. Hoy mismo hablaba en redes de Jesús Leonardo, que hace fotografía de moda. Su trabajo es completamente distinto al mío, pero me nutre igual. En realidad, bebo un poco de todo. De lo que me llega, de lo que me emociona, de lo que me hace mirar de otra manera.

¿Qué temas crees que seguirán apareciendo en tu obra, aunque tú no los busques?

La memoria. Siempre. Y lo cotidiano, lo invisible, lo que se da por hecho. Me doy cuenta de que incluso cuando empiezo un proyecto sin una intención clara, acabo volviendo a lo mismo: a lo que se pierde, a lo que me duele, a lo que me marcó sin saberlo. Supongo que hay cosas que una lleva dentro, aunque no las nombre.

¿Qué imagen te gustaría hacer y aún no has podido? ¿Hay algo que aún no te atreves a fotografiar?

Hay muchas imágenes que tengo en la cabeza, pero no sé si llegaré a hacerlas. Algunas son demasiado íntimas, otras requieren un contexto que aún no tengo. Me cuesta fotografiar a mi familia, por ejemplo. No sé por qué. Supongo que porque está demasiado cerca. Me gustaría atreverme más ahí, mirar sin miedo.

¿Hay otros lenguajes visuales que te llamen la atención? ¿Te ves explorando el vídeo, el documental, el corto?

Sí, sin duda. De hecho, una de las cosas que más me inspiran son los videoclips musicales. Me encanta sentarme a verlos y disfrutarlos con calma. Muchas veces me pasa que una canción, por sí sola, me parece normal pero cuando veo el videoclip, cambia completamente mi percepción. Me atrapa, me emociona, y es entonces cuando la canción cobra otro sentido. Creo que no valoramos lo suficiente el videoclip como forma de arte. Tendemos a pensar que el cine, el documental, el corto… son formatos artísticos “serios”, pero el videoclip también lo es, y además habla muy bien de nuestro tiempo. Tiene algo muy poderoso, muy directo, muy simbólico. Así que sí, me encantaría explorar ese terreno más adelante. Me llama muchísimo.

¿Qué te mueve ahora como artista? ¿La emoción, la memoria, el conflicto, la belleza?

Me mueve lo que me toca. Lo que me atraviesa. A veces es una emoción, otras una injusticia, otras algo muy pequeño que me recuerda a mi infancia. No tengo una consigna fija. Pero sí sé que, si algo me remueve, tengo que prestarle atención. Aunque no entienda por qué.

¿En qué momento sientes que una fotografía está “terminada”? ¿Qué tiene que pasar para que digas: ya está, esta es?

Cuando la miro y no necesito justificarla. Cuando no quiero cambiarle nada, ni encuadrarla de otra forma, ni editarla más. A veces pasa enseguida, otras tardo semanas en saberlo. Pero cuando llega ese momento, lo sé. Es una certeza tranquila. Como si la imagen respirara sola.

¿Qué te ha enseñado la fotografía sobre el tiempo, sobre mirar… sobre ti misma?

Sobre todo, me ha enseñado paciencia. Y también a ser menos dura conmigo misma, aunque al mismo tiempo, más crítica. Es una mezcla curiosa.

Muchas veces tendemos a despreciar lo que hacemos, a juzgarnos con demasiada severidad. Yo intento preguntarme: “si viera estas fotos en un libro, en una librería o en una exposición, sin saber que son mías… ¿me gustarían?” Y si la respuesta es sí, entonces me obligo a reconocer que el trabajo que estoy haciendo vale la pena. Esa pregunta me ha ayudado mucho a valorar lo que hago. Porque solemos tener una mirada muy exigente hacía lo propio, mientras que con el trabajo ajeno somos más generosos.

Así que sí, la fotografía me ha enseñado a mirar hacia fuera pero también hacia dentro, con más calma y con más respeto.

¿Qué te gustaría que alguien sintiera al ver tu trabajo dentro de veinte años?

Me gustaría que sintiera algo verdadero. No importa si es nostalgia, incomodidad, ternura o rabia. Pero que no lo vea como algo neutro. Que le despierte algo. Y si esa emoción conecta con una memoria suya, con una imagen que creía olvidada, entonces habrá valido la pena.

Si pudieras dejar un solo mensaje con tu obra, sin palabras, solo con tus imágenes ¿qué crees que diría?

Que lo pequeño importa. Que lo que desaparece también merece ser recordado. Que hay belleza en lo crudo, en lo cotidiano, en lo que no se muestra. Que la ternura puede ser una forma de resistencia.

¿Qué le dirías a alguien que está empezando en la fotografía y no sabe por dónde tirar?

Que dispare. Que no espere a tener el equipo perfecto ni el estilo definido. Que escuche su intuición. Que se fije en lo que le emociona, en lo que no puede dejar de mirar. Y que no tenga miedo de cambiar. Al final, todo lo que haces, aunque luego te alejes forma parte del camino.

“Me gustaría que alguien, al ver mi trabajo dentro de veinte años, sintiera algo verdadero. No importa si es nostalgia, incomodidad, ternura o rabia. Pero que no lo vea como algo neutro.”

Elena Rodicio no busca imponer discursos ni capturar lo pintoresco. Se mueve desde lo íntimo, con una mirada que observa sin invadir, que recoge sin exotizar. “Fotografiar lo que desaparece, o lo que ha sido históricamente invisible, es una forma de tomar postura”, afirma, consciente de que no hay neutralidad cuando se encuadra una escena.

Entre el cuarto oscuro y las stories, entre la pezuña del cerdo y la piel humana, entre el clic de la cámara y el silencio de una feria que ya no es lo que fue, su obra dibuja un territorio emocional que resiste al archivo hegemónico con ternura. “Lo pequeño importa. Lo que desaparece también merece ser recordado.”

Y quizá ahí esté su mayor acto de honestidad: en esa forma suya de mirar lo cotidiano como quien lo abraza antes de que se apague.