Antes de que María García Bernal pronuncie una palabra, ya se intuye algo en su forma de estar: una atención fina, una escucha que sostiene. Quizá por eso su trayectoria parece hilvanar mundos que, en sus manos, dialogan con naturalidad: la musicoterapia clínica, la educación musical, el emprendimiento artesanal y una docencia que busca que los niños amen la música sin miedo a equivocarse.

María no habla desde la teoría, sino desde la práctica diaria: desde los hospitales donde la música sostiene, desde las aulas donde libera, desde las sesiones donde comunica lo que el lenguaje no alcanza. Sonalma, es su proyecto más reciente, recoge esa misma idea: instrumentos reales, cuidados y honestos para que la infancia descubra la música sin ruido, sin prisa, sin obligación.

En esta entrevista, desvela el origen, los retos y el horizonte de una profesión que aún pelea por su lugar, pero que en sus manos encuentra sentido.

Para quien aún no te conozca: ¿quién es María García?

Vale, pues María García Bernal es una chica que se dedica a la musicoterapia y que, sobre todo, se dedica a emprender. Siempre estoy creando absolutamente todo. Pero creo que, por encima de eso, soy una persona con una sensibilidad especial, y esa sensibilidad es la que me lleva a hacer todo lo que hago. Me encanta ayudar, odio las injusticias y siento que para cada persona tiene que haber un hueco.

Y eso es lo que intento desde todos los campos en los que trabajo, o simplemente en los que estoy en la vida en general. Soy una persona muy apasionada y muy sensible a la vez, y siempre intento poner esa esencia en todo lo que hago.

La música es el eje vertebrador de tu vida y eso me lleva a preguntarte: ¿qué lugar ocupa en tu forma de entender el mundo?

La música para mí… madre mía. Creo que es la esencia de todo. Yo, para empezar, no podría vivir sin música. Tengo música para cada momento del día, una música concreta. Mi Spotify con sus listas es absolutamente todo para mí.

Pero, más allá de eso, la música es vehículo, es puente, es camino, es herramienta. La música llega donde no llegan otras palabras; te da la libertad de expresarte, de ser tú en esencia. Creo firmemente que, cuando no queda nada más, queda la música. Eso lo he visto en mi trabajo, en mi práctica clínica.

La música es algo innato en las personas, algo que ha estado siempre en la evolución de la especie sin pedir nada a cambio. Como si siempre hubiera estado ahí, acompañándonos.

Estudiaste Historia y Ciencias de la Música en la Universidad de Salamanca. ¿En qué momento descubriste que la musicoterapia podía ser tu camino profesional?

Pues mira, la musicoterapia se nos presenta en la carrera de una forma curiosa… y nada agradable. Yo, cuando lo vi, pensé: “esto es cosa de unos pocos hippies que creen que la música, con su frecuencia no sé cuál, cura y sana”. Y yo no creía nada de eso. Sí creía en el poder de la música a nivel cerebral, en que ha acompañado la evolución humana y que, por tanto, algo trascendental tiene.

Pero mi camino hacia la musicoterapia empezó de verdad cuando hice las prácticas en la Asociación de Parkinson de Salamanca y me di cuenta de lo muchísimo que ayudaba. Les ayudaba a focalizar la atención, a trabajar la memoria, la motricidad, a regular la marcha… Y pensé: “ostras, igual hay una parte de la musicoterapia que no es la que me han mostrado en la carrera, y que realmente sí hace cosas”. Y que, además, está basada en evidencia científica, con estudios que la avalan. No es “voy a tocar este acorde y ya verás qué bien te sientes”. Yo intento que mi parte de musicoterapia y mi práctica clínica sea esa: la parte científica.

La musicoterapia sigue siendo una gran desconocida para mucha gente. ¿Cómo la explicarías a alguien que la escucha por primera vez y no tiene ninguna referencia previa?

Hay una definición muy buena de la World Federation of Music Therapy que explica que la musicoterapia utiliza la música como herramienta para mejorar el bienestar y la calidad de vida. Pero para mí, realmente, la musicoterapia es utilizar la música como un canal para llegar a diferentes partes de la persona y poder trabajar aspectos de su desarrollo: cognitivos, emocionales, incluso espirituales, no en un sentido religioso, sino en esa parte más trascendental que todos tenemos.

Si tuviera que definirla, diría que es una terapia que utiliza la música para potenciar cualidades de las personas y mejorar su bienestar general.

¿En qué ámbitos se aplica hoy la musicoterapia? ¿Con qué tipos de personas, edades o necesidades trabajas habitualmente?

La musicoterapia, igual que cualquier otra terapia, puede ser para cualquier persona. En España, en teoría, está presente en el ámbito hospitalario, educativo y social, aunque aún no está muy bien situada. Los musicoterapeutas luchamos para que se nos reconozca realmente en todos estos lugares.

En la práctica, está muy extendida en campos relacionados con enfermedades neurológicas, Parkinson, por ejemplo, y en el autismo, donde se trabaja muchísimo. Yo, de hecho, trabajo sobre todo con personas dentro del espectro autista y también en ámbito hospitalario. Pero creo que cualquier persona puede beneficiarse de la musicoterapia.

Puede tener un carácter preventivo, rehabilitador o simplemente exploratorio. Hay musicoterapia en conservatorios, en geriatría, en centros educativos… Eso sí: cada ámbito tiene objetivos terapéuticos distintos, y cada musicoterapeuta debe especializarse. Yo, por ejemplo, no sabría muy bien qué hacer con músicos de conservatorio; mi campo está más en el Parkinson, el autismo y otras cuestiones relacionadas con el desarrollo neurológico y enfermedades neurodegenerativas.

María García Bernal

¿Qué beneficios reales has visto tú en tu práctica? ¿Qué cambios emocionales, cognitivos o sociales puede generar la música cuando se usa con intención terapéutica?

Te voy a poner dos ejemplos muy concretos y muy distintos, porque son de edades opuestas: niños muy pequeños y personas muy mayores.

Con niños pequeños, he visto casos sin lenguaje oral que, a través de la música, han encontrado una vía de comunicación diferente. No estoy hablando de que logren lenguaje oral, para eso están los logopedas, pero sí una forma de comunicarse que les permite estar más presentes en el mundo y construir lazos sociales que en otros espacios no habían podido construir. La música es ese nexo que les permite abrirse y conectar.

Con personas mayores, lo he visto aún más claro. He tenido casos sin comunicación oral, o con un deterioro cognitivo muy avanzado, en los que suena su canción favorita y empiezan incluso a cantarla. Es impresionante.

Aparte de todo lo que he estudiado y de la evidencia científica, lo que veo cada día me sigue sorprendiendo. Cada día hay algo que me hace pensar: “no me lo puedo creer que esto esté aquí”.

A mí me marcó mucho el vídeo de una bailarina con Alzheimer muy avanzado a la que le ponían El lago de los cisnes y empezaba a hacer la coreografía.

Pues imagínate si, además de una grabación, pudiéramos trabajar con música en directo, guiando el proceso para llegar aún más profundo.

¿En qué espacios crees que debería estar presente la musicoterapia y aún no ha conseguido llegar?

Para mí es súper importante, y súper valioso, que esté en los hospitales. Creo que la musicoterapia puede llegar a niveles de intervención a los que no llegan otras cosas.

Ahora hay algunos acuerdos entre el Ministerio de Cultura y el Ministerio de Salud, y existe un proyecto de ley llamado Cultura que cuida, que busca que artistas culturales entren en los hospitales. Y eso está bien: si yo entro a un hospital y escucho a alguien tocando el piano en el hall, ya entro con otro mood.

Pero la musicoterapia debe estar en niveles de intervención más profundos: en una UCI, en una habitación, en oncología pediátrica, donde yo he trabajado. El trabajo que se hacía allí desde la musicoterapia era súper importante. Creo que se debería facilitar muchísimo más su presencia real dentro de los hospitales.

Hace poco has lanzado Sonalma. Para quien no lo conozca, ¿qué es exactamente y cómo nació la idea de crear una tienda de instrumentos infantiles de calidad?

Sonalma es una tienda de instrumentos donde todo está cuidado al detalle. Cada instrumento está seleccionado con muchísimo mimo y desde la experiencia: qué me ha funcionado a mí con los niños, qué suena bien, qué tiene un sonido real aunque sea para peques.

Además de la musicoterapia y la música en familia, trabajo con grupos de niños jugando desde la música. Muchas veces las familias me preguntaban: “¿qué nos recomiendas? ¿dónde lo compramos?”. Y pensé: jo, quizá puedo hacer yo algo así.

Siempre he tenido esa parte emprendedora, de pequeña lo vendía todo, así que me lancé. Pero quería hacer algo especial, no una tienda más. Una tienda centrada en instrumentos infantiles que fueran instrumentos de verdad, no juguetes: que tengan sonidos reales, que sean resistentes, que no se rompan, que suenen bien sin necesidad de conocimientos musicales.

También quería que fueran útiles para musicoterapeutas y para educadores musicales. La idea surgió de esa necesidad que veía en las familias y del deseo de ofrecer instrumentos de calidad en los que confío y que uso en mi propia práctica.

Para visitar su pagina web pulsa en el banner.

Sonalma

Si algún cliente tiene dudas y no sabe muy bien qué instrumento coger, ¿les asesoras?

Claro. Esa es una parte muy importante de Sonalma. Yo no soy una vendedora de instrumentos al uso: soy alguien que sabe muy bien qué instrumentos está vendiendo y qué puede ser adecuado para cada etapa del desarrollo.

Si una persona viene con una petición concreta para un perfil concreto, seguramente pueda asesorarla muy bien. Ese asesoramiento personalizado, desde el conocimiento, la evidencia y la experiencia, es fundamental en Sonalma.

¿Qué tipo de instrumentos se pueden encontrar en Sonalma? ¿Cómo los seleccionas?

Tenemos instrumentos de pequeña percusión; instrumentos que crean efectos sonoros como el tambor trueno, la rana, el palo de lluvia… También ukeleles y otros instrumentos de cuerda, porque de pequeña tocaba la guitarra y me encanta esa parte.

Tenemos kalimbas, que son muy útiles en educación porque permiten improvisar muy bien. También xilófonos artesanales, hay instrumentos didácticos como los huevitos sonoros, que sirven para clasificar colores, y también una parte de relax y meditación con cuencos tibetanos, drums, tambor oceánico, palo de lluvia.

En stock tengo pocas unidades, acabamos de empezar, pero tengo acceso a muchos más productos. Si alguien quiere algo concreto, puede escribirme y vemos si podemos hacer un pedido especial, incluso cuencos de cuarzo que quizá no tengo en la web pero puedo gestionar igualmente.

En un mercado lleno de juguetes sonoros, tú apuestas por instrumentos reales, cuidados y con intención. ¿Qué diferencia a un “instrumento de verdad” de un juguete musical?

Es que un juguete musical muchas veces no es un instrumento: es un cacharrito con botones. Le das aquí, suena algo, y parece una guitarra porque tiene tres botones en el mástil y otro en la caja de resonancia… pero eso no es una guitarra: es un juguete sonoro.

Están bien, claro, pero si quieres acercar instrumentos reales a tus hijos desde pequeños, tienen que ser instrumentos de verdad.

La primera diferencia está en los materiales: muchos juguetes son de plásticos muy malos, poco sostenibles e incluso peligrosos, pienso en una baqueta que se podría desprender y causar un susto.

La segunda diferencia es la resistencia: recuerdo un tambor que tuve de pequeña que se hundió enseguida porque el parche era de un plasticucho. Me duró dos semanas. En cambio, un buen pandero dura años y suena infinitamente mejor.

Y la tercera diferencia es el sonido. Los sonidos reales suelen ser mucho más agradables. Una guitarra o un ukelele que se pueden afinar permiten que los peques empiecen a percibir desde temprano cuándo algo suena bien o mal, afinado o desafinado.

Igual que valoramos un juguete de madera por ser más sostenible y duradero, con los instrumentos deberíamos pensar igual: si van a estimular el desarrollo musical, mejor que sean reales.

Más allá de la calidad del material, ¿qué beneficios aporta a un niño tocar un instrumento bien hecho, aunque sea infantil, frente a los juguetes musicales de baja calidad ¿En qué cambia su relación con el sonido y con el aprendizaje? ¿Qué papel juega la calidad del sonido en el desarrollo sensorial y emocional de la infancia?

Un juguete sonoro, muchas veces, es simplemente pulsar un botón y ya está: acción, reacción. Pero cuando tienes un instrumento real, puedes darle la vuelta, explorar cómo suena aquí o cómo suena allá, tocar más fuerte o más suave… y eso amplía muchísimo la estimulación musical.

Los instrumentos reales permiten descubrir matices, investigar, sentir la vibración, jugar con la intensidad. No es solo “hago algo y suena”, sino “cómo hago que suene y qué posibilidades tiene”. Eso cambia completamente la relación de los peques con el sonido y con el aprendizaje.

¿Para qué edades están pensados los instrumentos de Sonalma? ¿Cómo pueden las familias o los educadores elegir el adecuado?

Realmente no hay un único perfil. Por ejemplo, una cajita de huevitos sonoros quizá no es lo ideal para bebés por el tamaño, pero a partir de los tres años lo puedes usar hasta el infinito. Yo sigo utilizando shakers con personas mayores, así que no hay una edad concreta.

La web está pensada para la franja de edad con la que más trabajo, pero muchos instrumentos sirven también para adultos. Un chime se puede poner en la cuna de un bebé para que escuche la vibración, y un cuenco tibetano es perfecto para un adulto en un contexto de meditación.

Sonalma está pensada para todas las personas que quieran explorar la música y el sonido de forma diferente, incluso sin base musical. Muchos instrumentos suenan bien de por sí, sin técnica previa.

Los adultos solemos tener más herramientas para enfrentarnos a un instrumento por primera vez sin ayuda, pero ¿cómo imaginas a una niña o un niño enfrentándose por primera vez a este tipo de instrumentos?

Cuando alguien quiere hacer un regalito, siempre doy unas pautas o ideas de cómo usar el instrumento. Pero, igual que en mis sesiones, para mí es muy importante dar a los peques ese espacio para explorar, investigar y encontrar la sonoridad que quieran.

A veces el tamaño o la construcción del instrumento hacen que sea más adecuado para una edad u otra; si me escriben, puedo recomendar lo más seguro y aprovechable según el caso. Pero, en general, damos ideas que son solo eso: ideas. Lo importante es que puedan explorar el instrumento de forma libre.

Nuestros instrumentos suelen sonar por sí solos, las campanas, por ejemplo. Yo puedo explicar dónde colocarlas para sacarle más partido, pero al final se trata de improvisar: crear con tu peque, crear tú, usarlo en meditación, en movimiento… Las utilidades son infinitas.

Sonalma

Muchos de estos instrumentos se usan en musicoterapia, educación emocional y estimulación temprana. ¿Qué usos profesionales les encuentras tú?

La idea de Sonalma es que puedas llevarte a casa un trocito de lo que hacemos en musicoterapia o en música en familia, y continuar ese camino musical en tu propio espacio.

Por ejemplo, si queremos estimular el movimiento de la pierna izquierda de un peque, podemos colocar un brazalete sonoro ahí. Con diferentes consignas, al mover la pierna suena, y eso hace que probablemente la mueva más, mejor o con más motivación.
Con los chimes me encanta llamar su atención o estimular el sistema táctil, pones el chime en la mano y vibra. Con tambores y panderos pasa igual: no solo sirven para golpear, sino para dar vibración, para saltar, para jugar con el cuerpo.

Con las kalimbas, que suenan genial, trabajamos la motricidad fina, la improvisación y la coordinación; incluso hay una twin kalimba con dos lados que permite improvisar a dúo.

Al final, cada instrumento tiene infinitas posibilidades que dependen de tus objetivos terapéuticos.

¿Qué te ha sorprendido más desde que abriste la tienda? ¿Alguna reacción inesperada de familias, docentes o terapeutas?

Sí. Sobre todo me ha marcado una historia muy reciente y muy bonita. Una mamá, cuyo peque tiene un añito y pico, yo trabajo con él en su escuela infantil, hizo un pedido. Su pareja, el papá del niño, era bajista y amante de la música, y falleció justo antes de que el peque naciera. La mamá hizo el pedido como si los instrumentos se los enviara él “desde su estrella”. Jo… me sentí súper afortunada. Que eligiera mis instrumentos para un gesto tan bonito me emocionó muchísimo. Fue precioso y muy especial.

Sonalma no es solo una tienda: es también una declaración de principios sobre la infancia, la educación sensorial y el juego consciente. ¿Qué valores te gustaría transmitir con este proyecto?

Para mí es súper importante porque, en algún momento de mi vida, la música dejó de ser diversión. Se convirtió en obligación: tenía que estudiarla, cumplir, rendir… y dejé de disfrutarla.

Por eso, la base de Sonalma es dar a los peques herramientas y materiales para que la música sea siempre un espacio seguro, libre, de juego y de diversión. Quiero que asocien la música con un lugar donde pueden ser plenamente ellos.

¿Dónde se pueden adquirir estos instrumentos?

A través de la página web. Ahí están los productos que tengo en stock ahora mismo, pero también existe una parte de pedidos por encargo.

Por ejemplo, si trabajas en una escuela infantil y necesitas veinte xilófonos, puedes rellenar el formulario y ponerte en contacto conmigo. A partir de ahí, gestiono todo: asesoro de la mejor forma posible y veo si algunos productos pueden personalizarse, como cambiar las placas a madera natural con código de colores si trabajáis con la metodología de boomwhackers.

Además de la web, están las redes sociales, donde también pueden preguntarme sin compromiso. La tienda es online y no tiene sede física porque no podría encargarme de un local: mi labor principal no es la tienda, sino la musicoterapia. Pero si alguien está en Salamanca, no tengo ningún problema en enseñar los instrumentos en persona y mostrar distintas opciones de lo que tengo en stock.

También puedo hacer un asesoramiento personalizado: preparo una tabla de Excel con las opciones que veo más adecuadas para cada caso concreto. Intento dar un trato lo más cercano y personalizado posible, siempre desde mi conocimiento como musicoterapeuta y educadora musical temprana.

¿Qué retos has encontrado al emprender en un ámbito tan específico? ¿Qué te ha resultado más difícil y qué más gratificante?

Lo más difícil es competir con las grandes plataformas. La pregunta que nos hacíamos mucho al crear Sonalma era: “¿por qué voy a comprarte este xilófono si puedo comprar uno en Amazon que hace lo mismo y cuesta diez euros menos?”.

Y la respuesta es el asesoramiento personalizado, la garantía de que cada instrumento está escogido desde la práctica, la experiencia y el conocimiento. Eso no lo pueden dar las grandes empresas.

Aun así, yo nunca he tenido grandes expectativas con Sonalma. Es un proyecto muy personal. Cualquier resultado que obtenga estará bien, porque no pretendo ser una referencia mundial. Quiero aportar mi granito de arena. Para mí no es tanto la cantidad como la calidad: que cada persona que haga un pedido reciba su instrumento con cariño y me dedique unas palabras bonitas. Y eso me ha pasado con todos los pedidos: “qué bonito todo”, “muchas gracias, María…”. Con eso es con lo que me quedo.

¿Qué le dirías a alguien que, como tú, quiere emprender pero todavía no se ha atrevido a dar el paso?

Que es algo súper duro, pero también muy gratificante. Cada pequeño logro es solo tuyo, y eso es muy real. Cada palabra de agradecimiento, cada abrazo, cada gesto… son tuyos. Emprender es un camino difícil, pero muy bonito.

Si alguien tiene una idea, que la lleve a cabo. Esa persona es única. Aunque haya competencia, habrá quien te escoja simplemente porque eres tú. Y hablo también desde mi parte de servicio, musicoterapia: muchas veces la decisión de comprar o no comprar tiene que ver con cómo te trata la persona que está al otro lado.

Así que, si tienes una idea, hazla realidad. Si sale bien, perfecto; y si no, tampoco pasa nada. Siempre hay caminos.

María García Bernal

¿Cómo imaginas la evolución de Sonalma en los próximos años? ¿Talleres, actividades, colaboraciones…?

Estoy intentando crear redes con centros y establecer algunas colaboraciones. Desde el principio mis expectativas eran cero, porque he creado todo desde cero: incluso la página web la he hecho yo. Voy poco a poco: un stock pequeñito, ir creciendo, ir viendo.

Me imagino Sonalma como un rinconcito muy cuidado, que ojalá llegue a más gente pero sin perder su esencia: lo real, el mimo con el que lo he creado. Me gustaría que estuviera presente en más espacios vinculados a la música, alguna escuelita, quizá. También me gustaría ofrecer talleres, pero hacerlos bien. Incluso he pensado en compartir recursos musicales, porque compongo muchas de las canciones que utilizo en mis sesiones: ideas de uso, materiales descargables, todo eso a través de la web.

Y no descarto crear un podcast. Siempre tengo mil ideas. Lo que avance o no, ya se verá.

Además de tu labor como musicoterapeuta y emprendedora, eres profesora de canto en la academia JANA Salamanca. ¿Qué te llevó a la docencia?

Fue una casualidad. Una compañera y amiga tuvo que coger su baja por maternidad; ella era la profesora de JANA, y me preguntó si conocía a alguien que pudiera llevar la parte de canto de JANA Junior en Salamanca. Y pensé: “pues igual me apetece a mí”.

Me encanta, porque es una parte que no exploro en otros contextos. Me gusta muchísimo la idea de crear un musical con niños. Tenemos peques desde los 6 hasta los 17 años, y trabajamos creando un musical de manera muy completa: danza, interpretación y canto, todo junto en una misma mañana.

Además, a la María de esa edad le habría encantado tener un espacio así. Habría sido súper feliz. Me habría encantado descubrirlo antes. La forma de trabajar es diferente a mis sesiones en familia: aquí es enseñanza de canto como tal, con un objetivo artístico claro.

¿Qué diferencias encuentras entre enseñar técnica vocal y acompañar procesos personales?

Uf… es un melón. En JANA, la música es el fin y el medio: la usamos para enseñar, para construir un musical, para aprender técnica.

En musicoterapia, la música es solo el medio, no el fin. Yo no quiero enseñar música allí: quiero que, a través de la música, lleguen a otros lugares. Pero también es verdad que no puedo dividirme. En JANA sigo siendo esa persona que quiere que los niños amen la música, que tengan un espacio libre para expresarse, improvisar y ser ellos mismos. Solo que, en JANA, el objetivo final sí es musical.

¿Hay algún proyecto o clase en JANA que recuerdes con especial cariño?

Sí: siempre se acaba creando una familia. Trabajan por grupos de edad, pero cuando hacen el musical, lo hacen todos juntos, desde los 6 hasta los 17 años. Y son realmente una familia. No se juzgan: es un ambiente súper saludable y sano.

Tanto desde JANA Madrid, nuestra sede central, como desde JANA Salamanca, intentamos que sea un espacio en el que se sientan bien, libres de expresar y de ser. Y eso es súper importante en esas edades, en ese momento del desarrollo. En contextos donde a veces hay competitividad, aquí todos son un equipo. Me encanta ver cómo se animan, cómo intentan sacar lo mejor unos de otros. Es increíble.

¿Cómo se complementan la musicoterapia, la docencia y tu experiencia artística personal? ¿Sientes que un ámbito alimenta al otro?

Siento que, para cada uno de mis peques, soy una María diferente, porque cada uno necesita una parte distinta de mí.

Pero también creo que no podría ser una buena cantante de rock si dejara mi parte sensible a un lado, ni podría ser una buena educadora musical si no cantara en una banda de rock. Soy muchas personas diferentes, pero la base es exactamente la misma, esté donde esté y haga lo que haga.

Me interesa mucho la musicoterapia. Sabemos que todavía lucha por abrirse camino como disciplina reconocida. Tú, como profesional del sector, ¿cómo describirías la situación actual en España?

Creo que estamos en un buen momento, porque cada vez hay más evidencia científica sobre el uso de la musicoterapia. Pero también estamos en un momento delicado. En otros países está reconocida como profesión sociosanitaria y tiene su hueco natural en hospitales y centros sanitarios. Aquí somos más reticentes.

También creo que a los musicoterapeutas nos toca hacer una buena praxis en cada ámbito donde trabajamos, unirnos para que la profesión esté realmente reconocida, que exista un grado, una especialización. Todo pasa por una serie de pasos y, muchas veces, por trabas burocráticas.

Desde la Sociedad Científica Española de Musicoterapia y desde la Federación Española de Musicoterapia se está intentando hacer ese camino. Para mí es importante que las redes sean lo más grandes posible y que estemos todos a una.

¿Qué avances o cambios serían necesarios para que la musicoterapia tenga la presencia que merece en centros educativos, sanitarios o sociales?

Creo que no debería haber tantas asociaciones distintas. Tendría que existir una única asociación, una única federación, una única sociedad donde estuviéramos todos los musicoterapeutas que queremos hacer presión.

Para hacer presión se necesita unión. Y no sabemos trabajar así: tendemos a funcionar de forma individualizada. Yo, en mi práctica, me siento muy sola, porque paso muchas horas trabajando sola. Intento reunirme con todos los compañeros que puedo. Formo parte de la Sociedad Científica Española de Musicoterapia porque creo que es la que impulsa la investigación y la evidencia científica necesarias para lograr una regulación en España.

Pero deberíamos estar todos más unidos.Y también creo que los musicoterapeutas, esto es autocrítica, no deberíamos pensar que la música es solo nuestra. La música puede hacer mucho bien desde muchos ámbitos. La música en medicina, por ejemplo, es muy útil. Que una enfermera ponga una lista de reproducción antes de una intervención a un niño es música en medicina.

La musicoterapia en medicina es otra cosa. Es importante que las instituciones conozcan esa diferencia, y para eso necesitamos unión y claridad como colectivo.

Mirando hacia adelante, ¿qué te gustaría aportar tú a la musicoterapia y a la educación musical en los próximos años?

Me he dado cuenta de que los cambios están en los pequeños detalles. No aspiro a ser una gran investigadora en musicoterapia, ojalá, pero no es mi pretensión vital. Creo que he encontrado una forma de hacer musicoterapia que a mí me funciona, y me encantaría poder enseñar lo que voy aprendiendo a otras personas que aman la profesión. Por eso también cojo gente de prácticas: para mostrar un poquito cómo trabajo, porque a mí me funciona.

Mi intención es ir cambiando, poco a poco, las vidas de las personas que acuden a mí. No pretendo hacer grandes cosas. Si con pequeños cambios y pequeños aportes puedo mejorar la vida de alguien, para mí es suficiente.

¿Qué te gustaría que las personas entendieran sobre la música y su poder cuando piensan en ti, en tu trabajo y en Sonalma?

Uf, importante esto. Me gustaría que entendieran que la música es libertad, en el sentido más amplio de la palabra. Libertad para ser, para crear, para expresarte, para comunicarte, para sentir.

Me gustaría que eso fuera lo que pensaran: la música como agente de libertad. Tanto cuando vienen a una de mis sesiones como cuando compran uno de mis instrumentos.

Conversar con María García Bernal es entrar en un territorio donde la música se vuelve gesto, cuidado y sentido. Una entiende, casi sin proponérselo, que detrás de cada proyecto suyo, una sesión clínica, un ensayo con niños, un pedido de Sonalma,  hay horas de pensamiento silencioso, de observación fina y de un amor por el detalle que no es impostado: nace de su forma de estar en el mundo.

María ha hecho de la musicoterapia no solo una profesión, sino una manera de vivir. Habla de ella con la serenidad de quien conoce su poder, y con la humildad de quien sabe que los cambios verdaderos se construyen en lo pequeño: un vínculo que se abre, una vibración que calma, un instrumento que invita a jugar sin miedo.

En un tiempo que empuja al ruido y a la velocidad, María recuerda que lo sensible también es una forma de resistencia. Su trabajo demuestra que, cuando se mira con cuidado y se trabaja con mimo, la música puede ser un espacio seguro para todos: para los niños que descubren su primera nota, para los mayores que se reencuentran con un recuerdo, para quienes buscan un lugar donde volver a sentir.

Me quedo con la certeza de que su mirada transforma. Y con una intuición clara: el mundo sería un poco mejor si aprendiéramos a hacer las cosas, como hace ella, desde ese lugar donde la música y la vida laten al mismo ritmo.