Hay artistas que hacen música para sonar bien. Otros la hacen para sonar a verdad. Y después está Ale Vaez, que convierte cada canción en un espejo donde se refleja con pudor, con rabia, con ternura todo lo que no encaja en las fórmulas de siempre. Su voz, a veces procesada, a veces desnuda, atraviesa géneros y expectativas como quien se atreve a ser sin pedir permiso. En un panorama saturado de etiquetas, Ale traza su propio camino a base de melodías viscerales, sarcasmo bien dirigido y una sensibilidad que no se disculpa por ser íntima.
Desde que publicó su primer tema en 2019, ha construido un universo donde el pop es lenguaje emocional, la ironía funciona como mecanismo de defensa, y lo queer no es una categoría de consumo, sino un espacio desde el que narrarse con libertad. Hoy, a punto de lanzar un nuevo EP, vuelve con un personaje llamado Macho y una colección de canciones que suenan a resistencia, pero también a reconciliación.
¿Cómo empieza tu historia con la música? ¿Recuerdas ese primer momento en que sentiste que podías construir un mundo propio con tu voz y tus canciones?
Pues mira, yo empecé en el coro del colegio de curas al que iba. Me encantaba cantar, pero en plan… bueno, no le gustaba a todos los niños, pero a mí sí, muchísimo. Luego hubo un parón muy grande, porque lo pasé mal en el cole: bullying y ese tipo de cosas… Me hizo dejar el coro porque “no eran cosas de chicos”, y eso me llevó a replantearme muchas cosas. ¿Por qué me gusta cantar si no puedo hacerlo? Ahí empecé a hacerme preguntas que me acompañaron mucho tiempo.
No fue hasta que terminé la carrera de Comunicación Audiovisual, que es lo que estudié, cuando volví a cantar de nuevo. Fue para el TFG de una amiga (ni siquiera para el mío, porque no me atrevía). Hicimos el videoclip de “Después de esta noche”, la primera canción que saqué, en 2019. Y fue gracias a rodearme de amigas que me decían: “Esto no se puede quedar en una libreta o en casa”. Era todo muy chiquitito porque no me atrevía, me habían hecho creer de pequeño que eso no lo podía hacer. Así que fue un paso grande volver a intentarlo. Y gracias a esas amigas que cantaban, hacían vídeos, fotos… tuve esa posibilidad de decir: joder, claro que se pueden hacer cosas muy chulas. Y claro que lo puedo hacer.
¿Tienes formación musical? ¿Tocas algún instrumento, compones en casa, en el estudio? ¿Cómo sueles construir una canción desde cero?
Toco la guitarra. Empecé componiendo todas mis canciones con ella, era lo que me pedía el momento. Antes hacía canciones más tristes, más melancólicas. Tengo una cosa con la nostalgia, no sé por qué, pero me encanta escribir desde ahí. Aunque esté perfectamente bien, de repente me llama escribir algo así. Me gusta explorar ese lugar y la guitarra me lo permitía mucho.
Ahora, el pop que estoy haciendo es más movido, con un pulso más alegre. Lo compongo con el teclado y, a la vez, lo medio produzco, que es lo que hago ahora: producir las canciones y luego pedir ayuda puntual para algún arreglo, algún sinte, alguna cosa concreta.
Me encanta componer todo. También me gusta componer con gente, creo que de ahí salen cosas muy ricas, pero me gusta tener mano en todo lo que escribo. Si me piden colaborar en algo, siempre digo: “Por favor, dejadme escribir en esto”. De alguna forma quiero que sea parte de mí, de lo que cuento. Me gusta mucho.
Tu voz tiene una presencia muy marcada en tus temas: a veces íntima, a veces procesada con efectos. ¿Qué te permite la voz como canal artístico que no te dan otras formas de expresión?
Es una cosa muy loca. Muchas veces me lo pregunto y no sabría explicar del todo lo que me permite mi voz ni lo que me genera la voz de los demás. Decir algo que sale de un cuerpo y que pueda emocionar, transmitir, es como una especie de posesión. No me pasa con la guitarra o el teclado. Siento que la voz es mi medio. Y que no hay nada más personal que eso. Lo que tú dices: la voz de cada uno es única.
Creo que se trata de abrazar eso, sobre todo las voces que no siempre han tenido “voz”, por decirlo así. No digo que la mía sea algo raro, pero hay voces que no han tenido espacio, y ahora sí lo tienen. Y eso es valioso. Para mí, la voz es el canal.
En tu música y en lo visual hay una estética muy clara, cuidada, casi narrativa. ¿De dónde nace ese universo? ¿Hay referentes musicales o no que te inspiran a nivel conceptual?
Creo que viene mucho de lo que estudié: vídeo, voz, todo lo audiovisual. Empecé a hacer música justo antes de la pandemia. En ese momento todas hacíamos todo en casa, como podíamos, y eso me marcó. Hoy en día todo el mundo puede cantar, entre comillas, porque el Auto-Tune y los efectos lo permiten, y personalmente yo los abrazo mucho. Pero siento que no todo el mundo llega a tener un concepto artístico, una forma de acompañar lo que hace con lo visual.
Las redes sociales, los vídeos… para mí tienen otra dimensión. Me digo: ¿por qué usar solo el canal auditivo cuando puedo completar lo que quiero expresar con imágenes? Siempre completar, nunca sustituir. La música sigue siendo lo más importante. Pero si me he formado en esto y tengo los medios, ¿por qué no hacerlo? Para mí es un puzzle, y me encanta.
Si tuvieras que describir tu sonido actual en tres palabras, ¿cuáles serían? ¿Y por qué?
La primera sería “pop”, pero en plan reconciliación con esta palabra. Siento que en España ha tenido muy mala fama, sobre todo desde 2010. Reivindico que el pop no sea “música de chicas” o “de gays”, sino simplemente música.
Luego diría “divertida” porque considero que estoy en un momento así. Y “sincera”. Aunque esté más adornada que nunca, la música que hago ahora es más sincera que nunca

Tu primer tema publicado fue Después de esta noche, en 2019. Desde entonces tu sonido ha evolucionado, pero también se mantiene un hilo emocional. ¿Qué ha cambiado en ti como artista desde ese primer lanzamiento?
Muchísimas cosas, y eso que han pasado relativamente pocos años. Pero sobre todo me cambió el COVID. Yo tenía una imagen muy clara de lo que quería hacer, y de repente todo eso se fue a la mierda. Me obligó a aprender un montón, a tocar más instrumentos y eso me ayudó luego con todo lo que vino después.
También me transformó mucho la comunidad de artistas. En la industria musical parece que el camino solo puede hacerse de forma individual. Pero cuando descubrí lo que era hacer música en comunidad, contarnos unos a otros, entendí que eso era justo lo que necesitaba.
Mucha de la crítica que hay en “Macho”, el nuevo single, viene de haber vivido desde dentro lo que la industria musical más tradicional te exige. Y darme cuenta de que, por suerte o por desgracia, el tipo de artista que quiero ser no encaja en ese modelo. Y eso no es nada malo. Más allá de la decepción, llega un punto en que te ríes de ello. Si realmente queréis un “macho”, pues aquí tenéis un macho. Vamos a reírnos un poco de todo esto.
Creo que eso resume lo que más ha cambiado en mí: la raíz sigue siendo la misma, pero he transformado el envoltorio. Y he sentido la necesidad de hacerlo.
En tus letras el amor aparece una y otra vez, pero nunca desde el mismo lugar. ¿Son todas autobiográficas? ¿Qué papel juega lo personal en tu forma de escribir?
Siempre ha habido una necesidad de explorar el amor. De hecho, el disco Amores fue una forma de investigar todas sus dimensiones. Y no me refería solo al amor romántico, sino a todo lo que lo construye: la amistad, el deseo, la pérdida, el vínculo con una misma…
Por eso, sí, mis canciones son autobiográficas. Muy terapéuticas. No sé escribir de otra manera. He intentado escribir desde vivencias ajenas, o para amigas, pero no es igual de sincero. Y si me funciona así, ¿para qué cambiarlo? Tampoco me obligo a hacerlas autobiográficas, pero es que me sale solo.
¿Hay canciones que se sienten más contemplativas, como Calma u Otra vida, y otras más explosivas como Ave María o Salir contigo. ¿Esa dualidad nace de forma natural o buscas generar contraste entre temas?
Creo que es la definición más clara de lo que soy. No solo como artista, sino como persona. Y no ya en un mismo día, sino en un mismo minuto. Me puedo sentir de un extremo al otro.
Al principio escribía canciones más introspectivas, más nostálgicas. Eso me generó inseguridad, porque pensaba: joder, todo lo que hago son baladas tristes. Así que en un momento dado intenté forzar un cambio pero no me salió. Si fuerzo algo, no me lo creo yo; y si no me lo creo yo, no se lo cree nadie.
Ahora, orgánicamente, me salen también canciones más explosivas, porque tengo otras vivencias. Pero no he querido dejar de lado esa parte íntima. Quiero creer que ambas conviven de forma equilibrada en mí. Y me parece muy rico que convivan.
Has colaborado con Futurachicapop, Jabeat, Fauces, Nastty Ka, entre otrxs. ¿Qué te lleva a compartir una canción con alguien? ¿Qué tiene que pasar para que sientas que una colaboración suma?
Hasta ahora, siempre ha habido un mínimo de conexión, aunque no fuera amistad. Por lo menos haber compartido una experiencia, una visión de lo que es la música y del tipo de proyecto que queremos.
Esto es muy sacrificado. Y si siento que alguien no se lo toma en serio o me manda algo con poca implicación, me cuesta. Me lo tomo muy en serio. Así que necesito que haya esa conexión con la música como forma de vida, no solo como contenido.
No tiene tanto que ver con el estilo, el género o incluso el artista. Me encanta mezclar. En una playlist tenemos de todo y no nos preguntamos si encaja o no. Me interesa esa libertad creativa. La unión tiene que ver con cómo vemos la música.
En Un día raro, por ejemplo, hay un coro con palmas que parece pensado para el directo. ¿Quiénes participan ahí? ¿Imaginas desde el principio cómo será esa canción en vivo?
Esa canción nació durante la cuarentena, cuando estábamos todes separados, en casa. Me gustaba empezar con algo íntimo: la guitarra y yo, solos. Y luego traer de vuelta a la gente que no podía estar conmigo: amigas, familia, personas con las que deseaba estar.
Fue muy bonito lanzar esa canción entonces, porque encapsulaba todo lo que estábamos viviendo: videollamadas, distancia, necesidad de conexión. El viaje de la canción es justo eso: empieza solo en mi habitación y termina con un coro lleno de voces que no estaban físicamente, pero que eran las que yo quería tener cerca.
Me gusta pensar que inmortalizar a la gente que quieres en una canción es algo muy poderoso. Esa pieza de arte va a estar ahí, incluso cuando ya no estemos. Y eso me parece precioso.
En 2021 publicaste el EP Entre luces, con cinco canciones y títulos como “Hora azul”, “Luz astronómica” o “Luz náutica”. ¿Por qué ese hilo temático en torno a la luz? ¿Qué simbolizan esas ‘luces’ en tu vida o en tu música?
El EP explora las fases de un atardecer. En ese momento estaba atravesando una ruptura amorosa, y encontré en ese ciclo diario algo que se parecía a lo que yo sentía: algo bello, fugaz y cambiante.
Me encantó poder asociar cada fase de luz con un estado emocional. Era una forma de encapsular el duelo desde una mirada esperanzadora: “La puesta de sol de hoy ha sido preciosa, pero mañana habrá otra”. Y puede que sea más fea, pero también puede que me sorprenda. Me ayudó a no desquiciarme con el paso del tiempo. Y eso es justo lo que el concepto del EP me pedía.
¿Qué pasa en ti cuando estás componiendo? ¿Es una necesidad urgente, un ritual, un espacio de fuga?
Es como estar poseído, literalmente. El otro día veía un TikTok de Julia Michaels, la compositora, que decía que nunca tenía imágenes suyas en el estudio porque la gente se pensaba que estaba escribiendo en el móvil. Y me pasa un poco igual. Sé que lo tengo aquí, dentro, y tengo que sacarlo. Hasta que no me salga como lo tengo en la cabeza, no puedo exponerlo al mundo.
Siempre parte de un concepto. No tiene por qué ser algo elaborado, pero sí algo que me hace clic. Por ejemplo, Calma nace de una idea muy clara: “Todo lo que conozco no me sirve en cuanto al amor. ¿Cómo hago para encontrar esa calma?”. Y a partir de ahí empiezan a salir todas las vueltas, las capas, las preguntas. Nunca escribo desde la misma postura, pero es siempre ese estado: poseído. No sabría explicarlo de otro modo.
¿Eres más de crear desde el caos emocional o desde la calma? ¿Qué necesitas para que una canción “te salga”?
Si tengo algo en la cabeza, necesito terminarlo. Pero intento que no me lleve a un punto de culpabilizarme cuando las cosas no salen. Hay veces que una frase no fluye o una idea no cuaja, y me empiezo a frustrar.
Aprender a darle espacio y respiro a las canciones me ha venido bien. A veces, eso hace que no las vuelva a tocar nunca más. Otras, el silencio permite que vuelva a ellas con otra mirada y encuentre lo que no estaba viendo. Pero es arriesgado. Hay canciones que me encantan y no soy capaz de terminar. En esos casos me viene muy bien componer con alguien, o reformular el concepto desde otro lugar.
Dentro de esa locura intento darme calma. Si no me sale, no puedo castigarme por ello. No siempre hay que crear con inmediatez. La canción también necesita salir de ti, y si no estás, no estás. Y está bien.
¿Te cuesta terminar canciones? ¿Eres obsesivo con los detalles de producción o más intuitivo?
Me pasa justo eso: si no las termino, me entra culpa. Pero también he aprendido a entender que hay canciones que necesitan pausa. A veces ese parón es parte del proceso. Otras veces la canción no vuelve. Me ayuda mucho componer con otras personas en esos casos.
No diría que soy obsesivo, pero sí que me importa mucho lo que estoy diciendo y cómo lo estoy diciendo. Me gusta controlar el concepto, el mensaje, la estructura. A veces me cuesta parar, pero también me esfuerzo por no frustrarme si no puedo con todo en ese momento.
¿Has vivido bloqueos creativos? ¿Cómo los has atravesado?
Vengo de uno muy grande, justo antes de todo lo que está por salir ahora. Empecé a trabajar con una distribuidora bastante grande, y me bloqueó todo lo que se esperaba que yo hiciera. Parecía que el arte no importaba, que lo importante era todo lo demás. Y me empecé a cuestionar si lo que hacía valía la pena, si era bueno, si merecía ser escuchado.
Venía de una ruptura, otra más y tenía un montón de cosas que escribir, pero no salió nada. Ni una canción. Estaba seco mentalmente, totalmente plano. Y era por esa inseguridad provocada por el contexto.
Lo que me salvó fue volver a trabajar con otros artistas. Recordar por qué empecé. Volver a la raíz de lo que me hacía feliz cuando componía. Eso fue lo que me trajo de vuelta.
Estás a punto de lanzar un nuevo EP. ¿Qué puedes contarnos de ese proyecto? ¿Tiene un hilo conductor o cada canción funciona como universo propio?
El EP está contado desde la perspectiva de este personaje: el macho, que es también el primer single. Me ha ayudado mucho ponerme en la mente de alguien que representa lo que se espera de ti: lo que exige la industria, el público, el algoritmo… Jugar al first trap, al marketing fácil, a lo que “funciona”.
Pero lo hago desde la ironía. Desde un “vamos a reírnos de todo esto”. Cada canción está escrita desde esa perspectiva, y eso le da una unidad, un tono sarcástico, divertido. Si lo hubiera hecho desde Ale Vaez al 100%, probablemente estas canciones no existirían. Pero este personaje me ha permitido explorar otras cosas que necesitaba decir.
La canción Macho, que ha salido el 20 de junio, comienza diciendo “quiero ser un macho más”, una frase que se repite con fuerza. Es una reivindicación clara de los estereotipos que se nos imponen desde pequeños. ¿Cómo surgió la necesidad de esta canción y por qué decidiste expresarlo desde la ironía?
Pensé: si todas entendiéramos que tenemos el mismo enemigo común, todo sería más fácil. Si realmente fuéramos ese macho que nos exige el mundo, la nada más absoluta, ya seríamos exitosas.
La canción juega con esa idea: ¿Qué podría hacer si fuera un macho? Y ahí sale un abanico de cosas que, si no estuvieran en nuestra cabeza, los estereotipos, la presión, la culpa, nos liberarían. Pero no quise hacerlo desde el drama, porque mi vida no es un drama. La dualidad vive en mí. No quería caer en el victimismo, sino plantear: ¿Os dais cuenta de lo fácil que sería hacer esto? Y reírme, porque hay poder también en la risa.
¿Sientes que este EP y escribir desde esa otra perspectiva te ha ayudado a sanar tu relación con la idea de “macho” que te ha impuesto la sociedad?
Sí. Porque en el fondo, si estoy escribiendo “quiero ser un macho más”, estoy aceptando que no lo soy. Y que no tengo por qué serlo. Y ahí hay mucho poder.
Dejas de enfocarte en todo lo que no eres, en lo que no cumples, en lo que no te permite ser tú. Y empiezas a preguntarte: ¿Qué sí soy? ¿Qué quiero hacer si nadie me impusiera nada? ¿Qué música haría si no esperaran de mí ser un artista emergente masculino queer que tiene que encajar en algo?
Y, paradójicamente, si nadie esperara nada de mí, justo lo que me nacería sería hacer Macho. Así que me reí de eso.

¿Cuál dirías que es la canción más íntima del EP? ¿Y cuál es tu favorita?
Hay una ruptura de personaje hacia el final del EP. No voy a explicar cuál, porque entonces no tiene gracia (como cuando explicas un chiste). Pero sí que hay una canción donde se nota el “así sí que duele”. Ahí vuelvo a la raíz, incluso a la primera canción que publiqué.
Esa es la más íntima. Aunque sigue dentro del sonido electrónico del resto del proyecto, tiene otra carga emocional. Para mí representa un volver a casa.
¿Hay algún tema que te duela escuchar? ¿Alguno que represente de forma especial el momento en que estás ahora?
Justo ese. Porque es volver a preguntarme cosas que pensaba que ya había resuelto como: ¿Esto que hago tiene sentido? ¿Le importa a alguien? ¿Me importa a mí?
Durante el último bloqueo creativo me he preguntado mucho si estaba frivolizando todo. Si me estaba divirtiendo de verdad o solo cumpliendo con lo que se espera. Y cantar esa canción me conecta con el Ale Vaez de 2019, con esa mente en blanco, ingenua, que sentía todo. Darse cuenta de que ahora hay barreras emocionales, muros que antes no estaban, es doloroso.
¿Qué te gustaría que sintiera la gente cuando lo escuche por primera vez? ¿Hay una emoción o mensaje que lo vertebra, aunque no sea explícito?
Me gustaría que se divirtieran mucho. Que bailen. Pero también que escuchen las letras, porque hay un “caramelito envenenado” en todas. Son canciones movidas que hablan de cosas importantes para mí.
Y que se sientan libres. Que no escuchen música solo por lo que dice el algoritmo, sino porque les remueve algo. Me encantaría que se permitieran disfrutar, pero también hacer un poquito de introspección. Esa mezcla me interesa mucho.
A nivel sonoro, ¿qué buscabas en este trabajo? ¿Hay nuevos recursos, atmósferas o estructuras que no habías explorado antes?
Entre el disco anterior, que tenía tintes electropop, y este EP, publiqué el remix de Ave María, el verano pasado. Ese fue como un momento de transición: un punto intermedio entre dos etapas.
Lo que he hecho ahora es elevar ese pop. Quería algo más disfrutable, más social, que puedas escuchar con gente. No solo introspección, también compartir. Me gustaría que este EP se sienta así: algo que puedes bailar y también pensar.
¿Has trabajado con algún productor o productora en concreto? ¿Cómo fue ese proceso de montaje y producción en estudio?
El productor con el que trabajé en el disco anterior vive en Cádiz y lo hacíamos todo a distancia. Pero decidió tomarse un parón de la música, por todo lo complicado que es este mundo, y aunque me dio mucha pena, también me impulsó a producir más por mi cuenta.
Entre luces lo produje junto a Alexis. Fue muy desde el juego, sin pensar demasiado. Pero después de eso, me entró respeto, sentí que no llegaba al nivel que quería. Por eso empecé a trabajar con más gente, pero gracias a ese parón también recuperé las ganas de experimentar.
Al final, el sonido que tengo en la cabeza solo lo tengo yo. Y colaborar está genial, pero darme esa segunda oportunidad como productor también ha sido un paso importante.
¿Escucharemos colaboraciones en este EP? ¿O era importante que fuese una declaración más individual?
Hay colaboraciones, en plural. Sí que era importante encontrar mi voz individual, una que quizás no había tenido antes. Pero también quería reflejar que, para volver a hacer música, necesitaba a otras personas.
Hay colaboraciones “detrás de los micros”: en teclados, en coros, en producción… No todas aparecerán en los créditos de Spotify, pero están ahí. Y también hay artistas que han vivido este proceso conmigo. Va a ser muy divertido.
¿Hay influencias de otros artistas en este EP que quieras reconocer? ¿Qué has estado escuchando durante su creación?
Me cuesta mucho trabajar con referencias. Durante un tiempo sí que lo hacía esto de “vamos a hacer esta canción como si fuera una mezcla de estas otras cinco”, sobre todo cuando trabajo con productores, porque es más rápido explicarles por dónde ir.
Pero a mí me limita. Prefiero tardar más y no temblar ante el folio en blanco. Sí que, obviamente, el EP bebe de todo ese pop electrónico que escucho: Aitana, Sia, todas esas girls tanto de aquí como de fuera. Y también de la performance, del personaje, de reírme del género dentro del respeto. Porque es lo que hago. Y lo que quiero seguir haciendo.
¿Qué dificultades encuentras tú como artista emergente? ¿Crees que es difícil que el público tenga acceso a tu música?
Sí. Y de hecho lo vivo mucho con mis amigas, las que no tienen nada que ver con la música. Siempre está esa frase de: “Deberías triunfar más” o “No entiendo por qué no estás sonando más”. Y yo, con todo el amor del mundo, les digo: “Saca tu playlist. Enséñame cuántos artistas emergentes escuchas de verdad”.
No lo digo solo por mí. Lo digo porque muchas veces sentimos que deberíamos tener más visibilidad, pero ni siquiera dentro de nuestro círculo más cercano nos estamos dando esa oportunidad. Nos lo ponen en bandeja, y aun así no escuchamos a gente nueva. Creo que ese es el clic que hay que hacer.
Mi música también es una forma de visibilidad. Me guste o no, el simple hecho de estar en un escenario siendo quien soy ya lo es. Así que intento jugar con eso, con las reglas que hay, pero desde un lugar honesto y crítico. Reírme, como en Macho, también es militancia.
¿Qué referentes queer te han marcado, no solo por su música sino por su actitud, su discurso o su forma de habitar el escenario?
Durante toda mi adolescencia me marcó muchísimo Troye Sivan. Ahora está viviendo su mejor vida y me alegro muchísimo, pero en su momento era este chico adolescente que hablaba de su sexualidad desde un lugar súper íntimo. Yo conecté muchísimo con eso.
También me marcaban los artistas con pluma visible, en el escenario y en los videoclips. Cuando eso se colaba en el mainstream, cuando alguien llegaba al número uno con una estética queer, era como un caballo de Troya. Me fascinaba. Pensaba: “Vale, si te pongo una portada con ilustración, sí lo compras. Pero si salgo yo, no”. Y aun así, triunfaban. Eso me inspiraba mucho.
Y luego están todas las divas del pop que han bebido de lo travesti, del transformismo, de los looks, el maquillaje, la performance. Esa teatralidad que rodea su música tiene una raíz muy queer, y para mí no es un insulto, al contrario. Me interesa esa forma de expresión total, de habitar el arte con el cuerpo entero. Creo que este nuevo EP me ha permitido explorar justo eso: un personaje más performático, más escénico, más electrónico, más “club”. Es una nueva forma de ser yo.

Has hablado antes de la mezcla de géneros, de hacer pop sin etiquetas. ¿Sientes que aún hay prejuicios dentro del propio panorama musical hacia ciertos sonidos o formas de expresión?
Sí. Y se nota muchísimo. Parece que solo hay espacio para ciertos tipos de música si los hace cierta gente. Y eso no es casual.
Volviendo a lo de mis amigas del pueblo: les digo “vale, dices que debería triunfar más pero… ¿a quién escuchas?”. Porque no me vale que me digan “me encanta tu música” si luego no apoyan a artistas como yo en su día a día. Cuesta mucho salir del bucle de lo que ya conocemos. Y la culpa no es solo de la industria: también es nuestra.
Necesitamos mucha autocrítica sobre a quiénes escuchamos y cómo descubrimos música nueva. Porque si seguimos oyendo siempre lo mismo, también es porque nos dejamos llevar por el algoritmo y no exploramos. Eso, para mí, es clave.
¿Qué tipo de espacios crees que aún faltan para artistas emergentes como tú, especialmente dentro del circuito queer o independiente?
Faltan espacios intermedios. Hay un techo muy bajo. Llegas, haces ruido en junio por los orgullos de los pueblos, pero más allá de eso cuesta mucho mantener el impulso si no te adaptas a lo que el mercado dicta.
Y ojo, no critico a quienes lo hacen. Casos como el de Pablo Alborán o Ricky Martin son complejos. Si hubieran sido abiertamente queer desde el principio, quizá no los conoceríamos hoy. Y gracias a que llegaron donde llegaron, ahora pueden alzar la voz. Así que no hay que juzgar desde fuera sin entender todo lo que implica.
Pero sí creo que, si intentas llevar tu arte sin filtros desde el principio, el camino es mucho más difícil. Hay que jugar con las reglas, claro, pero ojalá el futuro sea más amable para quienes vienen detrás. Aunque no sea para mí, me gustaría pensar que estamos allanando ese terreno.
Hacer música hoy significa ser cantante, productor, gestor, community manager… ¿Cómo llevas tú esa multitarea constante? ¿Te sientes artista o también emprendedor?
Esa es un poco la trampa: que acabas siendo todo y a la vez nada. Y muchas veces se te olvida que lo principal es ser artista. Si esa base no está bien defendida, todo lo demás por muchas horas que le eches no va a funcionar.
Intento no perderme en esa vorágine. Tengo la suerte de que me gustan las redes sociales, las he estudiado, las he trabajado. No me resultan algo ajeno. Así que pienso: “Qué suerte poder promocionar mi música desde TikTok”. Es agotador, sí, pero también es una forma de jugar con las reglas del juego. Si tengo que hacer una intro del EP para TikTok, que sea tiktokera, pero al menos que nos riamos de eso. Que no pierda el norte.
¿Compaginas tu proyecto musical con otro trabajo? ¿Cómo gestionas ese equilibrio entre creación, trabajo y vida personal?
Es muy complicado vivir de la música únicamente a no ser que ya estés en otro nivel. Gracias a las grandes plataformas digitales, los ingresos que recibimos por reproducción son mínimos. Y todo lo demás conciertos, músicos, gestión de salas cuesta dinero.
Si no estás dentro del sistema, o si no tienes una estructura que te sostenga, tienes que compaginarlo con otro trabajo sí o sí. Y eso significa sacrificar tiempo y energía que en realidad querrías dedicar a la música.
Una parte importante de mi bloqueo creativo también vino de ahí: no tener tanto dinero como antes para invertir. Eso me frustró mucho. El equilibrio mental también se resiente. Queremos tener vida social, amigos, familia y estar con nosotres mismes. Si todo eso está desequilibrado, es muy difícil seguir creando.
¿Cuáles son las principales dificultades a las que te enfrentas como artista emergente? ¿Qué te gustaría que cambiase en el sector?
El otro día vi una entrevista de Lola Índigo en la que decía que le encantaría que el número de oyentes mensuales en Spotify fuera oculto. Me pareció brillante. Sería una forma de traspasar esa barrera absurda de la oportunidad.
Porque muchas veces no es que no gustemos, es que ni siquiera nos escuchan. Y no digo que vayamos a encantarle a todo el mundo, pero al menos queremos esa oportunidad. Que nos descubran antes de decidir si les gustamos o no.
El algoritmo nos filtra. Nos perdemos lo nuevo porque seguimos las modas, los números. Y eso es tristísimo. Ojalá los oyentes no vieran las métricas. Ojalá nos escucharan sin prejuicio, sin expectativas marcadas por cifras.
¿Hay algo que te haya sorprendido, para bien o para mal, desde que empezaste a moverte dentro del circuito musical?
Para mal, lo que ya muchas personas han dicho: es una jungla. No te lo crees hasta que lo vives. El arte y el artista importan poquísimo. Es muy triste, porque si no cuidamos a los artistas, ¿de qué pretendéis vivir?
Es lo mismo que decíamos antes sobre el equilibrio: si la industria no cuida la raíz que somos nosotres, todo se cae. Y duele ver que buscan nuevos talentos, pero con estructuras anticuadas y salvajes.
Ahora el artista tiene que crearse a sí mismo, alcanzar ciertos números por su cuenta, y luego ya viene la discográfica a “chupar” de eso. Y si no estás en ese circuito, es muy difícil acceder a los recursos básicos para sostener un proyecto profesional.
Pero también he conocido a gente que ama de verdad esta industria, que cuida al artista, que acompaña. Esa gente me ha enseñado mucho, y confío en que siga habiéndola. Aunque la mayoría acaba engullida por el sistema, no los culpo. Es difícil resistirse.
¿Sientes que en España hay espacio real para que proyectos como el tuyo crezcan sin tener que autocensurarse o adaptarse a fórmulas más comerciales?
Hay un techo muy, muy bajito. Lo alcanzas rápido. Y a partir de ahí, o te adaptas, o es muy difícil avanzar. Y no culpo a quien lo hace. Casos como el de Pablo Alborán o Ricky Martin muestran que, si hubieran sido abiertamente queer desde el inicio, quizás no habrían llegado donde están. Gracias a que ahora tienen ese altavoz, pueden usarlo. Pero llegar hasta ahí sin adaptarse… es casi imposible.
Desde el principio, si decides llevar tu arte sin filtros, es muy complicado traspasar ese techo. El camino se limita a ciertos espacios los orgullos de los pueblos en junio, por ejemplo y poco más.
Pero quiero creer que las cosas están cambiando. Que, aunque no sea para mí, el futuro lo tendrá más fácil. Que quienes vengan detrás encuentren un poco más de aire.
Han pasado cinco años desde tu primer lanzamiento. Si miras hacia atrás, ¿de qué te sientes más orgulloso como artista? ¿Qué aprendizaje te ha transformado más?
Voy a empezar por lo que me ha transformado: la conexión con el público. Cuando estás en un concierto y ves que alguien vive tus canciones, las hace suyas, se crea esa cápsula de comunidad eso te cambia. Te da una perspectiva nueva de lo que significa hacer música.
Obviamente, buscas cierta aprobación del público. Si no, tocarías la guitarra en tu casa. Pero no desde una necesidad tóxica de validación, sino desde un lugar de orgullo: decir “esto que estoy haciendo tiene sentido”.
Y eso me ha llevado a pensar más en lo que vivo con la gente en directo, no solo en lo que hago para mí. Al principio, componía para curarme, como terapia. Ahora también pienso en ese momento compartido. Y eso ha cambiado mi forma de escribir.
¿De qué me siento más orgulloso? De haberme atrevido. Durante años no lo hice por miedo, por no sentirme capaz. Saber que tenía algo que contar y no decirlo. Hoy puedo decir que lo estoy haciendo, y eso, para mí, ya es enorme.
En Otra vida hay una mirada luminosa a la pérdida y al deseo de reencuentro. Es una canción muy especial. ¿Cómo surgió? ¿Qué significa para ti hoy?
Me encanta que me lo preguntes ahora, porque esa canción ha cambiado mucho para mí desde que la escribí. Al principio hablaba de una pérdida figurada, más que física. De esa sensación que te da el primer amor, de pensar: “Esto se puede acabar”.
Otra vida la escribí desde ese estado de enamoramiento real, cuando piensas que, si esto se rompe, igual nos reencontramos en otra forma, en otro momento, en otro plano. Era una canción esperanzadora.
Con el tiempo, esa relación terminó. Pero no me da tristeza escucharla. Al contrario. Gracias al directo, le he dado otra dimensión: la relación con el público. Sentir que ese vínculo también es tan fuerte que, si me muero, sé que nos encontraremos de nuevo en otra vida. En otra canción. En otra emoción.
Es una canción que ha mutado conmigo. Y por eso sigue siendo una de mis favoritas. No me duele, no me enfada. Me conecta.
Tu uso del autotune y los efectos vocales es muy personal, casi conceptual. ¿Cómo decides en qué temas tu voz suena pura y en cuáles quieres distorsionarla? ¿Es una elección emocional o estética?
Creo que es un equilibrio entre lo orgánico y lo electrónico. Me gusta que mi voz suene limpia, natural, pero también disfruto tratándola como un instrumento más. Y eso es liberador.
No se trata de demostrar si sabes cantar o no. Se trata de explorar. De preguntarte cuántas formas puede tener una sola voz. Cuánta libertad creativa puedes permitirte. El electropop que hago me pide eso, y me parece interesante cederle ese espacio.
¿Cómo imaginas tus conciertos? ¿Te gustaría desarrollar un lenguaje visual más escénico, performativo, teatral?
Sí, totalmente. Me encantaría llevar la parte performática un paso más allá. El personaje de Macho, por ejemplo, lo permite. Me da espacio para jugar con el cuerpo, el baile, otros lenguajes más allá de lo musical.
No soy bailarín, pero me interesa mucho cómo el cuerpo transmite cosas más allá de la voz. En el videoclip de Macho ya hay coreografías, ya está esa idea de “mira todo lo que puedes hacer con tu cuerpo”.
Tampoco quiero perder lo íntimo. Mis conciertos, por ahora, no son en salas grandes. Pero eso también tiene su magia. Adaptar las canciones a públicos pequeños, conectar con la gente de cerca… creo que ahí está también el poder del directo. Y eso no quiero perderlo.
¿Qué sueños aún no has contado en una canción? ¿Qué te gustaría cumplir como Ale Vaez en los próximos años?
Me gustaría permitirme contar mis miedos. Mis inseguridades. Aquellas cosas que, por miedo a que no salgan bien, no he llegado a cantar aún.
Quiero saber cuál es mi límite real, no el que me impone la industria o el contexto. Ir poco a poco, sin frustrarme, descubriendo hasta dónde puedo llegar. Me cuesta tener metas demasiado ambiciosas porque me frustran. Prefiero ir sumando personas, traspasando barreras pequeñas, pero propias.
No quiero cegarme con un objetivo final. Quiero disfrutar del camino. Superar mis propios límites. Eso es lo que me mueve.
Ale Vaez no canta para encajar. Canta para resistir, para habitarse, para nombrar lo que duele sin entregarlo al cliché. Su música traza un mapa emocional donde conviven la ternura y el sarcasmo, el cuerpo queer y el pop más pulido, la introspección melancólica y el deseo de reírse incluso de lo que quema.
En esta conversación dejó claro que no hay estética sin ética, ni autotune sin entraña. Que lo suyo no es una pose, sino una forma de sostenerse. Que escribir una canción puede ser un lugar de fuga, pero también una forma de quedarse: “Necesito que lo que haga sea verdad. Aunque luego lo distorsione, aunque suene irónico, tiene que ser mío.”
Lo dijo sin solemnidad, pero con una convicción feroz: no quiere ser un macho más. Y en esa renuncia hay algo profundamente revolucionario. Porque en una industria que aún premia la fórmula, Ale Vaez elige la herida, el riesgo o el deseo, y los convierte en canción.

