Con voz serena y una sensibilidad afilada, Isabel Ursúa debuta con Tiny Human, un EP donde la fragilidad se vuelve fuerza.
Terapeuta ocupacional, cantante y compositora, escribe canciones en inglés que nacen del instinto: melodías íntimas, guitarras con alma y emociones que no buscan gustar, sino decir. Autoproducida, sincera y perfeccionista, se abre paso con una música que no grita, pero deja huella.
Isabel, antes de hablar de Tiny Human, ¿cómo te presentarías a alguien que no ha escuchado nunca tu música? ¿Qué tres palabras crees que te definen hoy como artista?
Bueno, en general, mi música es tranquila. Es auténtica con lo que yo soy, con lo que me sale hacer en cada momento. No está premeditada ni pensada. También diría que mezcla diferentes estilos. A mí me gusta el pop, el pop rock… pero también escucho mucho jazz, blues. Creo que todo eso se va mezclando un poco, y depende de cómo estoy ese día, saldrá una canción más hacia un lado o hacia otro.
¿Cómo recuerdas tu etapa en el coro cuando eras niña? ¿Dirías que fue ahí donde empezaste a entender la música como algo más que una afición?
Desde pequeña decía que de mayor iba a ser Hannah Montana y que iba a grabar discos. Mis amigas, de pequeñas, ya lo sabían. Pero realmente, de forma más consciente, no diría que fue en el coro, aunque sí es cierto que en Pamplona empecé a formarme mucho más. Cantaba en el Orfeón Pamplonés, en mi escuela, y después en el coro juvenil. Era un repertorio muy estricto, con partituras de polifonía, lo cual me ayudó mucho. Aprendí a afinar con otras personas, a cantar distintas voces a la vez.
Diría que el momento clave fue cuando me fui a estudiar a Salamanca. Allí empecé a cantar en el Glee Club de la Universidad y después con la Big Band. Eso me hizo sentirme como cantante solista. Luego llegó la oportunidad de cantar en una orquesta. Todo fue ocurriendo sin que lo buscara y llegó.
¿Hubo algún momento clave, alguna epifanía, en la que dijiste: “quiero hacer de esto mi vida”?
No sabría decirte un momento concreto. Es algo que ha formado parte de mi vida siempre. La primera canción que escribí la hice con ocho años. Se me ocurrió una melodía con letra y se la canté a mi profesor de música, que grabó unas guitarras. Todavía tengo esa grabación. Es un recuerdo precioso.
Aquella canción hablaba de cosas que hablan los niños, pero para mí fue muy natural. Nunca he planeado vivir de esto, simplemente es algo que ha ido llegando. Creo que cuando algo forma parte de ti, las cosas terminan por suceder.
Tu recorrido es muy particular: vienes de la terapia ocupacional, has estudiado producción musical, cantas, compones y además te estás formando en danza. ¿Cómo influyen todas esas disciplinas en tu forma de crear música?
La escuela donde estudié producción es la Escuela de Música Creativa. Siempre he sido de moverme por lo que siento que necesito aprender en cada momento, aunque a veces parezca un poco impulsiva. Sigo lo que me pide el cuerpo como artista.
La terapia ocupacional me ha dado una visión distinta de la vida. Me ha enseñado la importancia de hacer cosas que realmente tienen sentido para una misma, que te hagan feliz. Si no, la vida se complica mucho. Y eso influye también en cómo priorizo la música.
En cuanto a la producción musical, fue algo que surgió de manera muy natural. Empecé enseñando canciones a mi profe de canto, y él me recomendó que se las mostrara a Felipe, que terminó produciendo el disco. Así empezamos a trabajar juntos. Nada fue planeado, todo fue llegando.
Cuando decidí que quería formar parte activa de la producción de mis canciones, me di cuenta de que necesitaba nuevas herramientas. Por eso también empecé con clases de piano. Siempre es así: si siento que me falta algo para crear, lo busco.
Actualmente trabajas como terapeuta ocupacional. ¿Crees que hay puntos de cruce entre esa labor y tu expresión artística? ¿Algo que las conecte desde lo emocional o humano?
Sí, sin duda. En mi trabajo, trato con personas mayores, y muchas veces hablamos de qué harían si volvieran a tener veinte años. Lo más bonito es cuando te dicen: “Haría lo mismo”. Yo quiero poder decir eso cuando tenga 80 años. Vivir de forma que, al mirar atrás, sienta que no me arrepiento de nada.
Tiny Human es tu primer EP en solitario. ¿Qué te llevó a dar el paso de grabarlo? ¿Qué querías contar o compartir con estas cinco canciones?
Escribir canciones está bien, pero cuando decides publicarlas, el aprendizaje es mucho mayor. Sentía que tenía canciones que me gustaban y quería que la gente las escuchara. Me parecía una pena que se quedaran en un cajón. Aunque gusten o no, me parecía importante compartirlas.
También fue un paso para crecer como artista, para creer en lo que hago. Todos convivimos con el síndrome del impostor, y hay que aprender a confiar. Si me gusta lo que hago, ¿por qué no le iba a gustar a los demás? Además, todo el proceso me enseñó muchísimo.
¿Cómo viviste ese momento de lanzar tus canciones al mundo por primera vez? ¿Fue difícil exponerte de esa manera?
Sobre todo, con la primera canción, que salió un mes antes que el resto del EP. La lancé con videoclip, y claro, estoy muy acostumbrada a cantar, pero no a estar frente a una cámara. Me sentía muy vulnerable, porque estás mostrando algo muy íntimo, y de repente es público. Es inevitable preguntarte cómo lo va a recibir la gente. Aunque no debería importarte, claro que te afecta.
¿Desde dónde nace tu proceso compositivo? ¿Sueles partir de una emoción, de una imagen, de una progresión de acordes…?
Depende, pero muchas veces nace de una melodía que se me ocurre en la cabeza. Paso muchas horas en el coche y me sorprendo canturreando. A veces empiezo ya con algunas palabras que se quedan. Luego las grabo en notas de voz y, cuando llego a casa, me siento al piano, saco lo que estaba cantando y compongo.
También hay veces que empiezo desde acordes, pero son las menos.
¿Cómo fue el proceso de selección? ¿Tenías claro qué temas debían estar en este primer trabajo o hubo dudas y descartes?
Algunos temas se quedaron fuera. Sobre todo, canciones que compuse al principio, que con el tiempo ya no vibraban igual conmigo. Otras se descartaron por agotamiento: producir un disco es muchísimo trabajo y emocionalmente desgasta. A veces una canción no fluye, y toca empezar de cero. Pero también hay momentos de alegría máxima, cuando ves que por fin una canción cobra vida.
¿Cómo decidiste el orden de las canciones del EP? ¿Fue algo que te obsesionó o lo tomaste con ligereza?
Me obsesionó. Muchas canciones del disco son tristes, porque me encantan las baladas. Pero también quería que hubiera equilibrio. Intenté que las canciones tuvieran una progresión emocional: feliz, reflexiva, enfadada, triste… como en la vida. Por ejemplo, Goodbye tenía claro que sería la última.
Tu sonido tiene mucha personalidad: guitarras potentes, atmósferas melódicas, texturas que recuerdan al pop americano de los 2000. ¿Cómo trabajaste la producción? ¿Qué sonido estabas buscando?
Al ser mi primer proyecto, estaba bastante perdida. Me dejé guiar por Felipe Forastiere, el productor. Escuchábamos la canción y decidíamos qué atmósfera pedía. Algunas necesitaban un sonido etéreo, con sintetizadores y reverb; otras, más rítmicas, con guitarras en primer plano. Siempre empezábamos por la atmósfera general y luego añadíamos los detalles.
¿Qué artistas o discos han influido especialmente en este trabajo? ¿Hay alguna referencia que te haya sorprendido redescubrir mientras grababas?
A veces, componiendo, me doy cuenta de que algo suena a Adele, por ejemplo. No es intencional, pero hay melodías que te llevan ahí. Yo escucho sobre todo música hecha por mujeres: Pink, Adele, Sara Bareilles… Me gusta mucho cantar canciones de mujeres porque vocalmente me encajan más. Esas son mis referencias principales.
Empecemos por Far from you. Hablas de la necesidad de tomar distancia incluso de quien se ama, para poder respirar. ¿Es una historia personal? ¿Qué emociones querías explorar con esa idea de libertad y refugio al mismo tiempo?
Sí, totalmente. La canción habla precisamente de eso: alejarse de algo o alguien que amas, no para siempre, sino para tomar aire, para respirar. Eso se puede aplicar a todo: a una relación, al trabajo, incluso a la música.
Yo soy una persona que necesita que todo lo que le gusta tenga su espacio, sin que una sola cosa lo ocupe todo. A veces hace falta desconectar para volver con más ganas, con otra mirada. Incluso con la música, si no sales de ella de vez en cuando, puedes acabar saturada.

Tiny Human reflexiona con ironía sobre los límites de lo humano. ¿Cómo surgió esta letra tan existencial? ¿Tiene relación con alguna etapa de tu vida?
Sí, surgió en una etapa muy absorbente, llena de cosas que no me hacían feliz. Sentía anhelo por muchas cosas, incluso por algunas que eran alcanzables, pero que en ese momento veía muy lejos.
La canción nace de ahí, de esa emoción. De reconocerse como humana, con limitaciones, pequeñez, pero también con capacidad de soñar. Tiene ese punto existencial, pero muy emocional.
En Drowning abordas el agobio emocional y la resistencia interna. ¿Fue una canción que te ayudó a ordenar emociones? ¿Qué te inspiró a escribirla?
Todas estas canciones nacieron más o menos en la misma época. Esta, en concreto, refleja esa sensación de estar mal, de estar “ahogándote”, y saber que podrías salir de ahí, pero no encuentras cómo.
A nivel práctico podrías cambiar tu situación, pero emocionalmente no puedes. Es como una parálisis. Y me apetecía mucho explorar esa sensación con música.
The Revenge parece una despedida contundente, una forma de decir basta con dignidad. ¿Qué historia hay detrás de este adiós?
Con esta canción quise sacar un poco ese lado más enfadado, más de “mala”, incluso te diría que roza lo psicópata. Hay una frase que lo deja claro: “te creías que ibas a hacerme daño sin que tomara yo represalias”.
No me considero una persona vengativa, para nada, pero creo que todos tenemos un poco ese lado, ¿no? A veces alguien te hace daño y, en un primer momento, te viene ese pensamiento intrusivo de “ojalá te pase algo malo”. Es una reacción del primer enfado.
Luego se te pasa, ya no lo piensas así. Dices: “bueno, ya está, que le vaya bien”, porque en realidad no te aporta nada lo contrario. Pero creo que es una emoción muy humana, muy de esa fase inicial en la que algo te ha dolido tanto que lo único que te sale es enfadarte.
Con esta canción quería precisamente explorar ese tipo de sensaciones. Y la verdad, durante el proceso de composición, me pareció muy divertido sacar ese lado villano. También había, detrás, un poco las ganas de jugar, de pasármelo bien componiéndola.
¿Y qué hay detrás de Goodbye? Cierra el EP con una despedida melancólica. ¿Tenías claro que debía finalizar así?
Tiene que ver con relaciones que han sido importantes en tu vida, no solo parejas, también amistades, incluso relaciones laborales, pero que ya no te hacen bien. Y toca decir adiós.
Es una ruptura difícil porque hay cariño, hay historia. Pero es necesario. Muchas veces no se habla de lo doloroso que puede ser cortar con amistades profundas. Goodbye habla de eso: de romper algo que ha sido importante porque ya no aporta, aunque duela.
Goodbye fue siempre la canción final. Tenía que cerrar el disco, era lógico por el título, pero también por lo que transmite. Me gustaba la idea de que las canciones siguieran un viaje emocional coherente: alegría, reflexión, rabia, tristeza… como en la vida.

FOTOGRAFÍA: Andrés Grande
Además de la música, ¿te influye alguna otra disciplina artística a la hora de crear? ¿Lees, ves cine, consumes arte visual?
Sí, aunque de forma indirecta. Lo que leo o veo siempre me influye. Hay épocas en las que leo más, otras en las que veo muchas películas. Según el momento vital.
Recuerdo que cuando leí 1984 estuve mucho tiempo pensando en ese libro, dándole vueltas. También La elegancia del erizo. Creo que influyeron en Tiny Human de alguna manera, aunque no conscientemente.
Ahora, al estar más en contacto con el baile, siento que eso también se refleja en mi forma de crear. Aporta algo corporal, aunque no se vea directamente, se escucha.
¿Te interesa desarrollar ese cruce entre música y otras formas de arte en futuros proyectos?
Sí, muchísimo. Amo los musicales. Me gustaría estrenar uno algún día. Sé que hay gente que no conecta con el hecho de que de repente alguien cante en mitad de una escena, pero a mí me fascina.
Me encanta el teatro, el baile, la música… poder unirlo todo sería un sueño.
¿Qué descubriste sobre tu voz al grabar este EP? ¿Hubo momentos de ruptura, de revelación?
Aprendí mucho. Me di cuenta de que grababa y sonaba mejor de lo que pensaba, lo cual fue un chute de autoestima. También vi cosas a mejorar: estaba tan pendiente de que todo estuviera afinado, bien medido, que quizá descuidé un poco la expresividad.
En futuros proyectos quiero trabajar más eso, dejarme llevar por la emoción.
En canciones como Drowning o The Revenge usas tu voz como un arma emocional. ¿Buscaste esos contrastes de forma consciente?
No es algo que piense mucho. Creo que, si estás cantando algo intenso, tu voz tiene que reflejarlo. No puedes cantar una letra dura con voz dulce porque no encaja. Si lo fuerzas, si intentas reprimir la emoción, la voz lo nota. El cuerpo y la voz tienen que ir en la misma dirección.
¿Tienes alguna rutina vocal o ejercicios que te ayuden a proteger y explorar tu voz?
Sí, y lo primero es calentar. Es básico y mucha gente se lo salta. Una parte de las cuerdas vocales son músculos, y como tal hay que cuidarlas.
Yo me he formado en técnicas que dividen el entrenamiento en áreas: respiración, resonancia, cierre cordal… Me gusta entender la voz desde un enfoque anatómico y separar el trabajo por bloques. Me ayuda a entenderla y a explorarla mejor.
El título Tiny Human sugiere algo frágil, pero universal. ¿Qué historia hay detrás de ese concepto?
Era el título que mejor me definía en ese momento. Con todo lo que conlleva producir un disco, me sentía muy pequeña. Es un mundo enorme y tú estás empezando. También es el nombre de una canción que me costó mucho producir, con cambios de compás difíciles. Pero al final, con trabajo, le dimos la vuelta y quedó preciosa. Me siento muy orgullosa de ella.
La portada transmite una sensibilidad muy definida. ¿Cómo fue el proceso de creación visual del EP? ¿Con quién trabajaste?
Trabajé con Nerea de Cos, que fue compañera de mi hermana. Desde el primer momento se implicó muchísimo. Me encanta trabajar con gente que vibra con el proyecto, que lo hace desde el entusiasmo, no solo por encargo.
Hicimos las fotos en los invernaderos del Matadero, en Madrid. Fue la primera sesión de fotos como artista, y aunque al principio estaba nerviosa, me sentí muy cómoda. La imagen final, con media cara iluminada, me pareció muy simbólica: como si empezara a mostrarme, pero aún quedaran cosas por descubrir.

¿Qué papel juega lo visual en tu propuesta artística? ¿Es algo que te gustaría potenciar más adelante?
Sí, y reconozco que es un reto para mí. Me cuesta pensar en lo visual porque siempre he estado más centrada en lo musical. Pero presentar mi disco en Salamanca fue un punto de inflexión. Nunca antes me había planteado cómo quería que me viera el público.
Quiero seguir explorando esa parte: qué quiero comunicar, cómo me muevo, qué estética me representa. Voy poco a poco, pero sí, me interesa mucho trabajarlo más.
Hoy el artista también es su propio promotor. ¿Cómo llevas la exposición en redes sociales? ¿Te resulta natural o incómoda?
No me resulta natural. Nunca he sido muy activa en redes, y me cuesta integrarlo en mi día a día. Sé que es importante, que forma parte del trabajo, pero me cuesta encontrarle el hueco.
Tengo vídeos grabados que ni he subido, como el del unboxing del disco. Pero me estoy esforzando por normalizarlo. Al final, si haces algo con tanto cariño, quieres que llegue a la gente.
¿Qué ha supuesto para ti autoproducir este EP en términos de esfuerzo, inversión y autonomía?
Trabajar con Felipe ha sido maravilloso. Él ha sido las manos de mis ideas, pero también ha aportado muchísimo. Me encanta trabajar en equipo cuando hay sintonía, cuando te sientes libre para expresar cualquier idea sin miedo a que te juzguen.
Es fundamental sentirse cómoda y no tener miedo a decir lo que piensas. A veces una idea parece una tontería, pero luego funciona. Por eso quiero estar siempre presente en todo el proceso. Son mis canciones y necesito que se mantengan fieles a lo que quiero contar.
¿Has sentido presión por tener que estar “en todas partes”? ¿Cómo gestionas el equilibrio entre creación y visibilidad?
Lo gestiono mal. Me cuesta mucho. Componer y producir me gusta, pero grabar contenido para redes, escribir a salas… todo eso me satura. Parece un trabajo para ocho personas.
Estoy intentando organizarme mejor, aceptar que hay cosas que no me gustan tanto pero que forman parte del camino. Hay que darles su espacio.
¿Qué aspectos de la gestión artística te gustaría delegar y cuáles sientes que son esenciales para conservar tu autenticidad?
Delegaría las redes sociales y la promoción. La planificación, la estrategia… todo eso. La creación del contenido tiene que seguir siendo mía, para que sea auténtica, pero me encantaría que alguien me ayudara a estructurarlo.
Lo que no podría delegar nunca es la parte creativa. Las canciones son mías. También quiero estar presente en lo visual, porque si no, me arriesgo a que mi imagen no me represente.
Todas tus canciones están en inglés. ¿Qué te impulsa a escribir en otro idioma? ¿Qué te da o te quita a la hora de expresar emociones?
Tiene que ver con lo que he escuchado toda la vida. De pequeña me encantaba La Oreja de Van Gogh, pero también escuchaba mucho a Adele, Pink, Bruno Mars…
Además, muchos estándares de jazz están en inglés. Me resulta natural componer en ese idioma. Aunque estoy intentando escribir también en español, porque es mi lengua materna y permite expresar cosas diferentes. Pero mi estilo conecta más con ese pop rock anglosajón.
Estás compaginando trabajo, estudios y carrera artística. ¿Cómo es esa convivencia entre lo creativo y lo cotidiano?
Es difícil. Hay semanas que no paro. Viajes con la orquesta, pacientes, ensayos… Todo se acumula. Y lo más complicado es reservar tiempo para el proceso creativo, que no tiene horario. Hay que proteger ese espacio, incluso si no sale nada.
¿Qué obstáculos y oportunidades ves en la escena musical española para artistas como tú?
Cantar en inglés es un hándicap. Lo entiendo: la gente quiere entender las letras. Pero también hay público para todo. Lo complicado es que ahora hay estilos más presentes en los medios que no tienen que ver con lo que yo hago.
Yo puedo cantar de todo, y lo disfruto. Pero si voy a firmar un proyecto con mi nombre, tiene que ser fiel a mí. No podría hacer algo que no me representa.
¿Estás trabajando en nuevos proyectos?
Sí, ya estoy empezando con el siguiente disco. No sé todavía si lo iré sacando por singles o directamente como un álbum, pero sí que tengo muchas composiciones terminadas. También lo hago con la idea de tener más material propio con el que poder dar conciertos en los que cante únicamente mis canciones.
Y luego, bueno… estoy trabajando en un proyecto de musical que me tiene muy ilusionada. Yo estoy componiendo las canciones y hay una parte de escritura muy potente detrás. Ojalá pronto pueda ver la luz, porque la verdad es que está siendo un proceso muy divertido. Me está abriendo muchas puertas creativas. Al final, cuando haces música más orientada al mainstream, es todo muy distinto. Esto está siendo un aprendizaje total y muy divertido. Tengo muchas ganas.
Y si tuvieras que elegir una canción de Tiny Human como autorretrato emocional, ¿cuál sería y por qué?
Depende del momento. Ahora mismo, probablemente Far from you. Habla de seguir tus instintos, de no hacer siempre lo que se espera de ti. Yo soy muy así. Si siento que tengo que hacer algo, tengo que hacerlo. Porque si no, me apago. Y estoy intentando no llegar a ese punto. Escucharme, y hacerlo.
Isabel Ursúa no alza la voz para hacerse oír. Prefiere cantar desde donde duele, desde donde se duda, desde ese lugar tan difícil de defender en público: la vulnerabilidad. Pero no hay impostura en sus palabras, ni cálculo en su relato. Lo que hay es una forma serena y firme de sostenerse en la música, incluso cuando todo alrededor exige prisa o exposición.
“Si me gusta lo que hago, ¿por qué no le iba a gustar a los demás?”, se pregunta en voz alta, con ese equilibrio entre duda y convicción que atraviesa todo el EP. En Tiny Human, cada canción nace del cuerpo y se escribe desde el alma: ya sea el agotamiento emocional de Drowning, la despedida inevitable de Goodbye, o ese momento de honestidad radical que nos deja una de sus frases más reveladoras: “Si siento que tengo que hacer algo, tengo que hacerlo. Porque si no, me apago.”
Tal vez por eso, más allá de los géneros y las influencias, lo que Isabel propone es una forma de estar en el mundo: frágil pero no débil, pequeña pero no menor, íntima, pero con la fuerza de quien ha decidido no dejar de crear para seguir siendo.

