A veces, el arte no nace de una certeza, sino de una pregunta que nunca se responde del todo. ¿Dónde encajo? ¿Qué forma tiene lo que siento? ¿Cómo traduzco lo invisible? Aloa Piezzas no encontró una respuesta, pero sí una forma: una silueta diseñada por ella misma que no imita a ninguna otra, que encaja consigo misma y también con los demás. Esa pieza, orgánica, múltiple, mutable, es hoy su manera de mirar el mundo.

Desde su taller en el corazón rural de Extremadura, Aloa convierte pigmentos naturales, texturas encontradas y emociones crudas en obras que no temen mancharse. Su universo se despliega como un campo abierto: lo figurativo y lo abstracto, lo decorativo y lo simbólico, lo que se cuelga en un muro y lo que se viste o se toca. Y detrás de todo, una idea radical y sencilla: que el arte no se impone, se comparte.

En esta conversación, hilada entre brotes verdes, crisis creativas y pigmentos que sustituyen a la terapia, hablamos con una artista que en su mundo, todo, aunque tarde, acaba encajando.

Naciste en una familia ligada al mundo industrial. ¿Qué huella ha dejado eso en tu forma de crear, en tu manera de entender los materiales?

Mi padre creó una fábrica de remolques. No estudió nada relacionado con el diseño, pero siempre ha tenido una mente creativa, de esas que funcionan diferente. Desde pequeña, he vivido rodeada de inventos y fabricación, así que ese vínculo con lo industrial forma parte de mi ADN. Aunque no era arte como tal, sí que había un impulso constante de imaginar, crear, construir. Mi madre, por su parte, tuvo una academia de corte y confección, y en casa siempre había materiales, tejidos, cosas hechas con las manos.
Creo que todo eso me ha marcado profundamente. Me he criado viendo a mis padres trabajar sin parar, y eso me ha inculcado también esa necesidad de estar siempre haciendo. Mi inclinación hacia el arte es muy temprana, desde que tengo memoria. Me dejaron ser y crear lo que me nacía. Al final, me han permitido que mi mente fluya y se exprese como necesitaba. Y ese ha sido siempre mi fin: hacer lo que más me gusta.

¿Cuándo sentiste por primera vez la necesidad de expresarte a través del arte? ¿Recuerdas el momento en que dijiste “esto es lo mío”?

Creo que ha sido algo de toda la vida. Mis padres me apuntaron a clases con un artista del pueblo cuando tenía cuatro años, porque no paraba de hacer manualidades y cosas. Desde entonces no he dejado de pintar, de expresarme a través del arte.
Como le pasa a muchos artistas, la palabra hablada no siempre es nuestro mejor canal. A veces tengo dislexia, me cuesta comunicarme hablando. Lo visual, en cambio, es directo, natural, necesario. Para mí es la manera más clara de explicar lo que me pasa por dentro. Las artes plásticas se convirtieron muy pronto en mi forma de estar en el mundo.

Tu recorrido va del diseño a la escenografía, pasando por la decoración de espacios y la creación plástica. ¿Qué aprendiste encada uno de esos campos que hoy está presente en Aloa Piezzas?

Estudié Bellas Artes en la Universidad de Salamanca, una formación muy clásica, centrada en el dibujo morfológico, el blanco y negro. Cuando terminé, me pregunté: “¿Y ahora qué?”. Me fui a Madrid y estudié escenografía en el IED, el Instituto Europeo de Diseño, porque siempre me ha atraído el mundo del teatro, del cine, del montaje, y sobre todo esa idea de construir universos.
Allí aprendí muchísimo, sobre todo en el desarrollo industrial, mecanización y diseño por ordenador, algo que en la carrera no había tocado. Y gracias a eso encontré trabajo en Madrid: diseñaba parques infantiles. No era cine ni teatro, que es lo que me habría gustado, pero fue la puerta que se abrió en ese momento.

Con el tiempo, todo eso me ha servido para que Aloa Piezzas no sea solo arte sobre un lienzo, sino algo más propio, más amplio.

Como he pasado por muchas disciplinas, diseñé una pieza que encajara con todo lo que quería expresar. Me comí bastante la cabeza hasta dar con ese puzzle que representa la dualidad, el yin y el yang, lo positivo y lo negativo. No existía nada igual, así que lo registré y empecé a trabajar sobre él.

Ahora, esa forma encierra todas las posibilidades de mi universo artístico: puedo aplicarla a cualquier material, a cualquier técnica. Sigo aprendiendo, la escultura, por ejemplo, no la tenía dominada, pero lo bonito es poder mezclarlo todo.

¿Tienes referentes artísticos que te acompañen en lo que haces? ¿Quiénes te inspiran sin que tengan que parecerse a ti?

He ido cambiando mucho con el tiempo. Al principio me fascinaban los clásicos: Dalí fue uno de mis favoritos desde pequeña. Luego me metí de lleno en el arte contemporáneo, sobre todo el de los años 80 en Estados Unidos, con artistas como Lichtenstein o Warhol, todo ese universo más pop e industrial.

Ahora me inspiro mucho en artistas actuales, en gente que está creando ahora mismo. Por ejemplo, @misterpiro, que es de Plasencia, o muralistas como @okudart. Aunque yo aún no me he lanzado al muralismo, puede que sea uno de los próximos pasos. Me atrae mucho esa forma de trabajar el color.

Y nunca dejo de mirar hacia los clásicos, como Sorolla, que me marcó por su forma de usar la luz y el movimiento. Al final, lo que hago es mezclar influencias, desde lo más académico hasta lo más actual.

¿Qué es exactamente Aloa Piezzas? ¿Cómo definirías el proyecto a alguien que nunca ha visto una de tus obras?

Aloa Piezzas es un proyecto donde arte y diseño no se separan. He creado una línea en la que lo artístico es el fin principal, pero también quiero que las piezas puedan tener utilidad o formar parte de espacios. Por eso trabajo, por ejemplo, en proyectos de interiorismo.

Lo más importante es el mensaje: en esta vida, todo encaja. Por muy diferentes que seamos, todos buscamos una forma de hacerlo. Mis piezas simbolizan eso. Encajo lugares, experiencias, sentidos, personas… Cada obra puede formar parte de un conjunto mayor. Por eso el nombre: Aloa Piezzas quiere representar esa unión, ese vínculo entre elementos que, aunque distintos, pueden formar algo en común.

Aloa Piezzas

La idea de que “todo encaja” atraviesa tu trabajo como una filosofía de fondo. ¿Cómo nació esa necesidad de trabajar con piezas que se puedan unir entre sí?

Nació desde dos lugares distintos. Por un lado, algo personal: esa sensación de no terminar de encajar del todo. Pero luego te das cuenta de que siempre hay un lugar, un grupo, una persona, una experiencia con la que sí lo haces. Siempre hay algo que te une.
Y por otro lado, desde lo artístico, sentía la necesidad de no expresarme siempre de la misma manera. No quería ser una artista reconocible solo por un estilo fijo, como quien pinta siempre el mismo paisaje. Yo he pasado por muchas etapas: grabados en blanco y negro, óleos, distintos soportes… Y me costaba mucho verme repitiendo fórmulas.

Lo que buscaba era una carta abierta de expresión. Algo que me permitiera contar distintas cosas sin perder coherencia. Esa fue la clave: que lo común fuera la pieza.

¿Qué te llevó a elegir la forma de puzle como símbolo artístico? ¿Qué tiene esa silueta que no te daba un lienzo tradicional, por ejemplo?

La pieza que utilizo es un puzle diseñado por mí, que además tengo registrado. Es una forma rara, pensada para que todas encajen entre sí, y que, aunque tengas solo una, sepas que pertenece a un conjunto mayor.

Elegí esa forma porque los puzles suelen tener positivos y negativos, y no todas las piezas encajan con todas. Me interesaba esa dualidad del yin y el yang, lo que une y lo que separa. Esa polaridad se convirtió en símbolo de todo lo que quiero contar con mi trabajo.

¿Cuál es el proceso que sigues desde que nace una idea hasta que una piezza está terminada? ¿Cómo decides qué materiales, colores o texturas utilizar?

Es como cuando te viene la inspiración. Ahora mismo, por ejemplo, hablo muchísimo de la naturaleza porque me encuentro en mi pueblo natal, y lo que más me rodea es eso: el paisaje, lo orgánico. Me gusta explorar materiales sacados directamente de la tierra, coger pigmentos naturales. Me voy sola de paseo y encuentro ahí muchas de mis ideas.

Cada pieza tiene una historia propia. Las preparo para que, al llegar al taller, simplemente me dedique a soltar todo lo que llevo dentro. No suelo planear demasiado los colores; a veces utilizo un pigmento porque me atrajo en ese momento, y puede que no vuelva a repetirlo nunca más. Me ha pasado.

Hay obras que no sé ni cómo las hice, como una receta que te sale perfecta y luego no sabes replicar. Y me gusta que sea así: que cada piezza sea única e irrepetible. Eso es lo que más disfruto como artista.

¿El proceso de salir al campo, recopilar materiales y llegar al taller para crear se produce todo el mismo día o lo separas por fases?

Voy por fragmentos. Y cuando me encierro a crear, trabajo en más de una pieza a la vez. Por tiempos es necesario: tienes que dejar secar capas, esperar que los materiales asienten. Nunca empiezo y termino una piezza en el mismo día; la propia materia no lo permite.

Pero es verdad que dentro de una misma línea de trabajo siempre hay una pieza que rompe, que cambia el rumbo. A veces es algo fortuito: se me cae un papel, se mezcla con otra cosa y de repente lo veo claro. Paro todo y empiezo otra cosa. Nunca hay un esquema cerrado. Las ideas surgen. Y en mi cabeza, todo funciona de forma muy intuitiva.

¿Qué lugar tiene lo manual en tu proceso, cuando todo se vuelve tan digital? Sé que tú combinas ambas técnicas.

Sí, aunque lo único digital es el corte de la pieza. Tengo un diseño registrado que se mecaniza en madera: ese patrón está ya definido y se corta con máquina. Pero todo lo demás, absolutamente todo, es manual.

Pinto como cualquier artista plástico que trabaja sobre cualquier soporte. No hay nada digital en el proceso más allá del corte inicial. Lo que ves en cada obra es pintura, pigmento, textura hecho a mano.

¿Te sientes más identificada con el trabajo manual o te gustaría explorar más lo digital?

Mucho más identificada con lo manual. De hecho, a día de hoy sigo trabajando así porque, por un lado, está la parte creativa y, por otro, no puedo dejar de lado lo que me permite vivir de esto. Para poder vender y sobrevivir, hago muchos encargos personalizados. Pero soy muy clara: dentro de Aloa Piezzas puedo hacerte algo personalizado, pero siempre dentro de mi línea. A veces me dicen: “Quiero ver cómo quedaría antes”, y yo explico que, como trabajo de forma manual, no puedo mostrar la obra final antes de crearla. Lo único que puedo hacer digitalmente es un mood board, algo orientativo, pero nunca será como la pieza real.
Es difícil de entender para algunas personas, pero yo doy libertad: les voy mandando el proceso, y si les gusta cómo va, seguimos. Es verdad que, cuando alguien me encarga algo, confía plenamente. Pero siempre insisto: como es manual, no se puede representar hasta que se lleva a cabo.

Aloa Piezzas

Has creado tus propios pigmentos, incorporas tierras, materiales reciclados ¿Qué te mueve a trabajar con materia tan física, tan cercana a la tierra?

Pues un poco por varias cosas. Antes, cuando vivía en pisos de alquiler en la ciudad, con más contaminación y menos espacio, trabajaba con materiales más limpios como la acuarela, que no huelen ni ensucian. Ahora tengo un espacio enorme en el que puedo tirar pintura, abrir puertas, usar lo que quiera no duermo allí, así que eso me da libertad total.
También siento que todo lo que uso cuenta algo de mí. Un artista no puede mentir. Su obra habla de su vida, de lo que vive, de lo que le rodea. Cuando volví al pueblo lo hice con otro proyecto, Versátil. Y funcionó, pero me di cuenta de que eso no era lo mío. Puedo trabajar de cualquier cosa, me adapto, pero no podía dejar el arte. Para mí, el arte es vida. Es mi forma de expresarme. Me levanto y me acuesto pensando en crear.

Entonces me centré. Ya llevaba cuatro años en el pueblo y fue en pandemia cuando decidí: “Si quiero intentarlo, lo voy a hacer de verdad”. Me encerré y tardé unos tres años en sacar realmente Aloa Piezzas. Dejé los retratos y todo lo que no me permitía contar desde un lugar más artístico. Quería crear un proyecto consolidado, con sentido, con el que yo me sintiera segura y pudiera vivir de ello.

Necesitaba construir algo sólido porque, como pasa muchas veces, aparece el síndrome del impostor. Y no quería seguir sintiéndome así. Ahora cuento mi vida a través de las piezas, y eso es lo que me sostiene.

Las series tienen nombres como Agua, Luz, Musgo, Origen, Brote verde ¿Qué papel juega la naturaleza en tu imaginario? ¿Hay una intención ecológica, simbólica o espiritual?

Sí, totalmente. No solo por los materiales, sino porque creo que todo nace de la naturaleza. Todo existe gracias a ella. Por ejemplo, en Brotes verdes incluí un montón de collages con imágenes urbanas sacadas de revistas, invadidas por la naturaleza. Porque al final somos naturaleza. Nacemos de ahí.

Incluso cuando pinto algo más clásico o un retrato, siempre incluyo naturaleza. Para mí, todo nace de ahí. Por eso uso la tierrina, y por eso intento que mis piezas tengan relieve, texturas y una materia viva, una materia prima que hable por sí sola.

Algunas de tus piezzas alternan entre lo abstracto y lo figurativo, como las que remiten al David de Miguel Ángel o al fresco de la Capilla Sixtina. ¿Cómo dialogan estos dos lenguajes en tu obra?

Porque el arte contemporáneo está abierto a muchas lecturas. Combino lo figurativo, que no necesita explicación porque está claro lo que representa, con lo abstracto, que no se explica, sino que se siente. Me gusta mezclar esos dos planos: uno reconocible y otro más libre, que te lleva a interpretarlo desde lo emocional. Es una forma de invitar a la lectura visual: lo figurativo es la puerta de entrada, y lo abstracto, el viaje.

Tus obras pueden reconfigurarse, tocarse, recombinarse. ¿Cómo imaginas al público ideal de Aloa como espectador externo o como el que se acerca y toca la obra?

El que se acerca y la toca. Normalmente, en exposiciones se indica que no se puede tocar, claro, porque si no, ya sabes. Pero cuando yo hago las visitas guiadas, lo primero que digo es: “Podéis tocar, sin problema”. Me interesa que la gente interactúe con la obra, que sienta la textura, que la viva.

Tu universo artístico se expande más allá del muro: muebles, lámparas, tapices, incluso una línea de moda y joyería. ¿Cómo decides qué nuevos caminos explorar? ¿Todo nace de la misma semilla?

Voy sacando cosas poco a poco, porque lo principal y lo que quiero que quede claro, es que se me identifique como artista. No solo como artista plástica, sino como alguien cuya obra y piezas son lo más importante. Pero sí es verdad que, al final, también hay una parte de promoción, de darte a conocer.

Recuerdo que una de las primeras cosas que saqué fue una camiseta. Pensé que al final esto era como una valla publicitaria que va por la calle: se ve, se comenta. Luego surgió la joyería gracias a una chica que me seguía, que trabajaba muy bien la plata de forma artesanal. Me convenció. Y como mis diseños son muy sencillos, la pieza, el logo, que es muy identificativo, muy visual, acabamos sacando esas dos cosas: ropa y joyería.

Después, tengo también algunas cositas de mobiliario, aunque aún no las he sacado. Porque creo que ALOA es un mundo, mi mundo, y quiero que se entienda que todo puede ser invadido por ese universo, por mis piezas. La idea es montar algo más teatralizado, casi escenográfico: paredes pintadas, sillas, mesa, lámpara, alfombra… todo lleno de Piezzas. Que el mundo ALOA no se vea, sino que se viva.

¿Cómo fue ver tu obra convertida en imagen de ficción, como ocurrió en la serie Élite de Netflix? ¿Qué te pasa por dentro cuando ves tus piezzas en un entorno que no controlas?

Me hizo muchísima ilusión. Para mí fue algo muy grande. Ver que llega tan lejos, y además en Netflix, que es una plataforma a nivel mundial, me hizo pensar: todo este esfuerzo está mereciendo la pena.

Que se vea, que se disfrute, que llegue a más gente ese es el fin. Y si encima es a través de plataformas online, que lo facilitan todo, pues mejor aún.

Tu trayectoria se ha movido entre ferias, exposiciones institucionales, colaboraciones con marcas, espacios alternativos ¿Dónde se siente más viva tu obra? ¿Dónde crees que conecta mejor?

Mi ilusión siempre ha sido estar en ferias importantes, como ARCO, en Madrid. Llevo yendo desde que era muy pequeña, quizá desde hace 25 años, y siempre pensaba: ojalá algún día mis piezas estén aquí, con estos artistas que para mí son referentes.

Que una galería importante apueste por ti, que un crítico relevante hable de tu obra y lo haga con admiración eso es todo un reto. Es como conseguir entrar en esos libros de arte que leía de niña. Si algún día estoy ahí, sentiré que mi trabajo no ha muerto. Ese es mi sueño.

¿Cómo dialogan el diseño y el arte en tu obra? ¿Dónde termina una cosa y empieza la otra, o acaso no hay frontera?

¡Qué buena pregunta! Muy difícil de responder. Hoy justo he abierto esa veda.

Siempre se dice que los artistas no dejan intervenir sobre su obra. Y yo también lo creo, en parte. Sobre una pieza unitaria, no puedes intervenir. Pero sí puedes crearte un collage a partir de mis piezas, componer tu propio mural, generar una lectura distinta.

Eso me encanta: cuando alguien viene a mi taller y elige tres o más piezas para montar algo. Yo las veo hablar entre ellas, las veo contar cosas. Y entonces les pregunto: “¿Qué os dicen estas piezas?” Y me responden: “Naturaleza”, o “vemos el cielo y el suelo al mismo tiempo”.

Esa lectura que hacen, aunque casi siempre se parezca a la mía, es diferente. Y me fascina. Es como si yo diera las notas musicales y cada persona compusiera su canción.

¿Qué papel juega la emoción en tu proceso creativo? ¿Es el motor o es la consecuencia?

Es todo. Pinto desde la necesidad de contar lo que me va pasando. Y hay mucho de eso en cada obra. Siempre que me desprendo de una pieza, siento que una parte de mí se va con ella. La emoción es el motor inicial.

Esa emoción de la que hablas, ese sentimiento, ¿influye cuando estás creando? ¿Plasmas tu estado anímico en la obra?

Totalmente. Es que no puedes mentir. Lo que sale es lo que hay. Recuerdo una vez que estaba emocionalmente muy baja y sin embargo pintaba con más color que nunca. En cambio, cuando estoy en calma, pinto con tonos más tenues, más apagados, incluso en blanco y negro.

Cuando estoy revuelta, agitada, es cuando salen los colores más intensos. Me pasa muchísimo. Es como ir a terapia, pero pintando.

Ale Vaez

¿Has tenido momentos de crisis con este proyecto?

Muchísimos. Y creo que no van a desaparecer nunca. Esto es una montaña rusa constante.

Desde el principio he tenido momentos de abandono. He pasado por luchas con los materiales naturales, por ejemplo, decidir aplicar epoxi para preservar la materia como si fuera cristal y por batallas internas del tipo “¿hacia dónde voy?”, “¿por qué no se abren puertas?”.

Te presentas a muchos sitios, y muchas veces no se te necesita. A veces te lo dicen bien, a veces no tanto. Y claro que te vienes abajo. Piensas: con toda la obra que tengo, ¿cómo voy a vivir de esto? Pero luego vuelves a crear.

Para mí, vivir es crear. Así que sigo. Un día te hundes, otro te levantas. Como en la vida.

¿Qué te ha enseñado el error como artista?

Me sigue enseñando muchas cosas. Lo principal: confiar en mí.

Cada vez que presento algo, me repiten que no dude, que si lo estoy mostrando es porque tengo que estar segura de ello. Ese es un aprendizaje personal que sigo trabajando día a día. Y sé que hay muchos más aunque ahora mismo no me salgan.

¿Cómo ves el panorama actual para los artistas emergentes que aún no han alcanzado la visibilidad necesaria? ¿Qué crees que hace falta para que el camino no sea tan duro?

Hace falta que se le dé valor al arte. De verdad. En sitios como Extremadura, por ejemplo, se está apostando por lo artesano, pero se sigue sin valorar al artista visual, al contemporáneo. Y valorar también es pagar.

Se hacen muchas cosas, sí, pero no hay compensación económica. Cualquier persona que trabaja con sus manos, un peluquero, por ejemplo, cobra por su trabajo. Pero a un artista le piden que regale una ilustración para el hijo de un amigo.

Eso tiene que cambiar desde la raíz. Hay que entender que el tiempo del artista vale. Como el de un electricista, como el de un fontanero. Y ahora mismo se dice “ciudad de la cultura”, pero no se paga a quienes exponen. A los que limpian sí, y me parece perfecto. Pero también hay que pagar a los artistas. Discuto mucho sobre esto, la verdad.

¿Qué te gustaría que sintiera alguien la primera vez que se encuentra con una piezza tuya?

Que le transmita algo. Que sienta.

Obviamente, me encantaría que dijera: “¡Qué potente! Me lo quedaría para mí”. Pero con que le remueva, me vale. Como dicen: aunque hablen mal, que hablen. Que algo se mueva por dentro.

¿Qué es para ti el arte hoy? ¿Una forma de resistencia, de belleza, de comunicación?

Todo eso que has dicho. Una forma de expresión, de contar.

Muchos de los artistas más reconocidos lo son por haber protestado, por haber hablado desde la incomodidad. Así que sí: protesta, belleza, comunicación, todo.

Lo firmo tal cual.

¿Qué pieza no has hecho todavía, pero sabes que algún día llegará?

Hay muchas. Siempre tengo más ideas que tiempo.

Por ejemplo, ahora que acabo de volver de vacaciones, vengo con demasiadas ideas. Demasiadas piezas por hacer. Me pasa siempre: no sé por qué, pero tengo más ideas que tiempo para ejecutarlas.

Y es necesario salir, ver cosas, no quedarse encerrado en la cueva creando lo mismo. Hay que ver lo que existe fuera. Porque también eso despierta otras cosas.

Hablar con Aloa es entrar en un universo donde las piezas no solo encajan: también respiran, mutan, se recombinan y hablan entre ellas. Lo suyo no es una obra cerrada, sino un proceso en continuo movimiento. Como ella misma dice: “Cada vez que me desprendo de una piezza, una parte de mí se va con ella”. Y eso, lejos de restar, le permite seguir creando desde lo que queda, desde lo que brota después.

Hay artistas que esconden el error; Aloa lo convierte en maestro. “El error me sigue enseñando muchas cosas. Lo principal: confiar en mí”, afirma, sin disfraz. Su taller no es solo un espacio físico en el corazón de Extremadura, es también una forma de estar en el mundo: intuitiva, emocional, con los pies llenos de barro y la mirada puesta en el cielo. Trabaja con tierra, pigmento, madera, y con esa materia más frágil que no siempre se ve: el tiempo, la emoción, la búsqueda.

No quiere encajar en un estilo fijo, no le interesa repetir fórmulas. Quiere libertad. “En esta vida, todo encaja”, repite como mantra. Pero encajar, para ella, no es adaptarse. Es reconocer la singularidad de cada forma y permitir que exista su lugar. Una filosofía que es también una resistencia silenciosa frente al mercado, frente a la urgencia, frente a quienes piden que lo digital lo resuelva todo antes de empezar.

Queda mucho por hacer ,“siempre tengo más ideas que tiempo”, pero no parece tener prisa. Lo importante es crear desde un lugar que no se disfraza. Desde ahí, Aloa Piezzas no solo construye obra: construye una forma de mirar. Y lo hace con la convicción, cada vez menos impostora, de que vivir es crear. Incluso cuando duela. Incluso cuando no se sepa del todo a dónde lleva esa pieza que falta.