Nicolás nació bailando, pero la danza se volvió un lugar hostil. Entonces eligió cantar a través de Nudovaca. No como refugio, sino como grito nuevo. Desde Granada hasta Madrid, ha trenzado un proyecto cada vez más parecido a él: íntimo, queer, imperfecto y brillante.

En esta conversación hablamos de rupturas y reconstrucciones, de Los Amores Maricas y de Julio, su nuevo single, que baila con los veranos imposibles. También del cuerpo, la voz, la exposición y los amigos que sostienen cuando la industria aún no escucha.

¿Cómo nació tu vínculo con la música? ¿Tienes formación musical? ¿Tocas algún instrumento?

Empecé con la música de pequeño, con unos diez años, haciendo muchas actividades extraescolares artísticas. Una de ellas fue piano. Más tarde, cuando me fui a la uni, mis padres me regalaron una guitarra y empecé a aprender acordes por mi cuenta.

Pero creo que más que un interés por la música, lo que siempre he tenido es una necesidad de crear. Siempre he sido muy creativo, y de ahí vino el impulso de empezar a componer. Cuando ya estaba escribiendo mis propias canciones, decidí tomar clases de canto. Fue mi profesor quien me animó a publicarlas: me dijo que eran buenas, que merecían ver la luz.

En ese momento yo ya había dejado de bailar lo dejé a los 22, y toda esa energía artística que ya no tenía salida en la danza, la volqué en la música. Y ahí empezó realmente el proyecto de Nudovaca.

¿Por qué dejaste el baile? ¿Encontraste en la voz una nueva forma de expresarte?

Sí, completamente. Toda mi formación en danza acabó siendo bastante traumática, para qué mentir. Cuando estaba terminando mis estudios ya tenía claro que no quería volver a bailar. Decidí acabar porque llevaba muchos años formándome, y quería tener ese título, pero no quería vivir de eso. Me estaba haciendo daño.

Cantar llegó justo en ese momento. Ya estaba escribiendo canciones de forma intuitiva, y eso me ayudó a sostenerme. Fue una especie de salvavidas creativo. Aún me costaba estar vinculado al arte, pero la música me permitió seguir creando, seguir habitando mundos propios.

¿Te planteas incorporar la danza en tus conciertos o videoclips? ¿Volver a ella desde otro lugar?

Justo ahora estoy en ese punto. Estoy pensando mucho en cómo hacer música que me dé ganas de bailar, de moverme como a mí me gusta. Hasta ahora no me había atrevido porque seguía siendo un terreno un poco inseguro para mí. Pero últimamente empiezo a echar de menos bailar.

Y me apetece que la música sea la que abra ese camino. Que sea el puente para sanar también desde ahí.

Eres de Granada, una ciudad con una tradición musical enorme. ¿Sientes que te ha influido en tu forma de entender o hacer música?

Sí, totalmente, aunque de forma más casual que consciente. Siento que, si hubiera nacido en otra ciudad, igual me habría ido por otro camino. Pero en mi adolescencia, lo primero a lo que tuve acceso fue la escena indie granadina.

Por edad y por logística, no podía irme a Barcelona a ver a Lady Gaga con catorce años, pero sí podía colarme en festivales locales y descubrir grupos como Miss Caffeina, Zahara o Carlos Sadness. Me enganché a los conciertos, a los directos. Y en ese momento, en Granada, lo que pegaba más fuerte era el indie. Eso me marcó muchísimo.

Más allá del indie, Granada también está profundamente atravesada por el flamenco. ¿Esa raíz ha influido de alguna forma en tu sensibilidad artística?

Pues la verdad es que no demasiado. Aunque nací en Granada, mis padres no son de allí, así que en casa no hubo una herencia flamenca como tal. Y me vine a Madrid con 17 años. Lo que sé del flamenco es más lo que he ido pillando por el camino.

Sí me gusta escucharlo y últimamente lo hago más, pero no creo que vaya por ahí mi camino musical. No me siento del todo cómodo explorándolo desde dentro.

¿Qué artistas te marcaron al inicio? ¿Y cuáles dirías que ahora forman parte de tu universo emocional o estético?

Mi inicio claro es Miss Caffeina. Fue el primer grupo indie al que me enganché fuerte. También creo que el tema de la sexualidad tuvo mucho que ver, ese universo de banda indie emocional me resonaba mucho.

Viva Suecia, Zahara, Algora… todo ese circuito. Ahora mis referencias siguen siendo parecidas, pero se han mezclado con un pop más actual.

Veintiuno ha sido muy importante para mí, también Chica Sobresalto. Y ahora mismo, mi diosa absoluta es Raye. Además, justo está virando hacia un pop electrónico alternativo, que es justo lo que me interesa explorar ahora.

¿Qué encontraste en la voz que no te dio ningún otro arte?

La posibilidad de canalizar lo que siento sin tener que explicarlo demasiado. La voz es muy directa, pero también muy vulnerable. Me permite narrar desde el cuerpo, pero de una forma distinta a la danza. Más honesta, más intuitiva.

Tus letras son muy confesionales. ¿Cómo gestionas esa exposición? ¿Dónde está el límite entre mostrarte y protegerte?

Es algo que todavía estoy aprendiendo. Al principio era muy sincericida: decía cosas muy íntimas, pero con muchas metáforas. Era un equilibrio raro, porque parecía directo, pero en realidad no lo era tanto.

Ahora estoy intentando decir cosas más simples, más claras. Creo que la terapia también me ha ayudado a ser menos intenso, menos críptico. Me apetece que lo que escribo llegue a todo el mundo, que se entienda la emoción.

A veces me cuestiono si exponer según qué cosas es del todo responsable. No por mí, sino por cómo puede afectar a quien escucha. Convertir algo doloroso en un show tiene su riesgo. Por eso intento jugar con los límites con conciencia.

¿Tienes algún ritual antes de escribir o grabar? ¿Cómo arranca normalmente una canción en tu cabeza?

Últimamente suelo empezar por el tema. Me llega una idea: una sensación, una escena, una emoción que viví… Y la anoto rápido, aunque esté en una fiesta o en la calle. Luego ya en casa me siento con la guitarra o con el piano y empiezo a desarrollar.

También he empezado a trabajar con playlists. Me monto listas con sonidos o atmósferas que me inspiran y, cuando tengo clara la idea, pienso: “vale, ¿cómo quiero que suene esto?”. Antes componía canciones bonitas que luego no sabía producir. Ahora intento tener la forma más clara desde el principio. Y me está ayudando mucho.

¿Por qué Nudovaca? ¿Qué representa ese nombre para ti?

En realidad, no representa nada concreto. Me apetecía tener un nombre artístico que no fuera el mío, para darme más libertad a la hora de crear. Si lo hacía muy íntimo, me iba a costar tomar distancia, y quería sentir que podía jugar sin que todo pasara por Nicolás.

Luego ya me gustó la metáfora: un “nudo vaca” es un nudo mal hecho, un nudo que no termina de sujetar nada. Me parecía muy bonito que de ahí salieran muchas direcciones posibles. Además, «Nudo» suena un poco a «Nico», y lo de la vaca me daba una estética juguetona. Todo eso me encajó.

Dices que Nudovaca es lo que pasa cuando el rizo no sale bien. ¿Tu música también nace del error, del accidente, de lo no perfecto?

Más que mi música, nacen de ahí las situaciones que la inspiran. Yo soy todo lo perfeccionista que se puede ser cuando trabajo en una canción para bien y para mal, pero lo que me mueve a escribir suelen ser momentos humanos imperfectos.

Me interesan las relaciones que no terminan de empezar, las que se están acabando, las que no funcionan del todo. También me gusta fijarme en momentos muy bonitos pero que vienen de algo pequeño, de lo tierno. Así que sí, la inspiración viene del desastre.

¿Dónde termina Nicolás y empieza Nudovaca? ¿Son lo mismo?

Antes intentaba que fueran cosas separadas. Ahora, en cambio, los estoy acercando cada vez más. Creo que eso tiene que ver con que ya no me da tanto miedo mostrarme.

Me gusta poder jugar con esa distancia, usarla cuando me sirve: meter partes de mí en Nudovaca o explorar cosas que no son 100% yo, pero que me apetece contar. Ya no lo vivo como una barrera protectora, sino como una plasticidad que me da libertad.

ARTISTING

¿Cómo definirías tu sonido para quien aún no te ha escuchado? ¿Es pop de autor, indie, algo más?

Ahora mismo estoy justo en ese proceso de definición. Las etiquetas que suelo usar son enormes pop, indie… y a veces no dicen mucho.

Diría que mi música suena a pop, pero tiene una forma de hablarse más indie. Las letras pop suelen ser más ligeras, más inmediatas, y yo a veces me meto bastante en el barro emocional. Ya no me considero tanto cantautor, porque antes dependía mucho de la guitarra y ahora estoy saliendo de ahí.

Supongo que estoy entre el indie pop, el pop alternativo, el pop de autor. Ese mejunje. Lo suficiente como para inventarme una etiqueta si hace falta, como hacemos muchos artistas para sobrevivir.

¿Te interesa trabajar con texturas electrónicas, samples, loops o recursos digitales, o prefieres lo orgánico e instrumental?

Ahora mismo me apetece muchísimo tirar por lo electrónico. Estoy muy metido en los sintes, me parecen divertidos y me están inspirando.

Además, hay mucha gente haciendo cosas interesantes en esa línea como Caracazador o Sed. Me interesa ese pop suavecito pero sofisticado. No creo que vaya a dejar la guitarra para siempre, pero sí estoy abriendo el oído a otras formas de sonar.

Tu proyecto tiene una estética muy clara. ¿Quién se encarga de los visuales? ¿Qué buscas transmitir con las portadas y la imagen de cada tema?

Desde mi último EP todo lo visual lo hace un colectivo que se llama Llovizna Débil. Son amigas mías y curran increíble.

Al principio lo visual me costaba mucho. Tenía muy claro el concepto sonoro y la idea filosófica, pero no sabía cómo traducir eso a imágenes. Ellas me ayudaron a encontrar una estética propia, y estoy aprendiendo con ellas a tomar decisiones visuales.

Al final vivimos en un mundo muy de imágenes, y poder destacar también por eso me parece súper potente.

Has trabajado con Esperanza Nogales como productora, y también con el equipo de Perita Carnal. ¿Cómo fue ese encuentro? ¿Qué buscas en una colaboración de producción?

Antes buscaba productores por estrategia: que fuesen baratos, o buenos, o que me abrieran puertas. Pero me bajé de ahí. Ahora prefiero hacer amigos que contactos.

Para mí el estudio es el lugar más frágil, donde más inseguro me siento. Es la parte del proceso que menos controlo, así que necesito estar rodeado de gente con la que pueda decir: “esto no me convence”, “hoy tengo un día raro”, “¿paramos cinco minutos?”.

Busco que el estudio sea un lugar seguro. Porque, por alguna razón, grabar una canción te abre en canal.

¿Tienes alguna colaboración soñada, aunque parezca imposible?

A nivel nacional, me encantaría cantar con Zahara o con Chica Sobresalto. Y a nivel internacional, tengo dos sueños claros: Conan Gray porque hace unas letras preciosas, súper tiernas y Olly Alexander de Years & Years. Me encanta su rollo. Sería un sueño compartir algo con ellos.

Tu EP Los Amores Maricas tiene un título tan bello como político. ¿Qué querías contar con esas canciones?

Es curioso, porque las canciones ya estaban hechas antes de pensar en el EP como tal. Pero cuando las reuní y las miré en conjunto pensé: “joder, estoy hablando todo el rato de cosas relacionales que creo que solo me pasan a mí por ser marica”.

No me refiero a que nadie más viva esto, claro, pero sí sentía que mis amigos heteros no estaban experimentando lo mismo que yo. Entonces me pareció que estas canciones funcionaban como una especie de poemario, de relatos que comparten una mirada común: la mía, desde esta condición. Y eso fue lo que quise contar. Que el deseo, el dolor, el amor, también tienen su forma particular cuando los vives desde ahí.

En El escultor hay un piano que recuerda a Mecano. ¿Fue intencionado? ¿Son un referente para ti?

¡Nunca me lo habían dicho! Y ahora que lo dices, lo entiendo. Pero la verdad es que ese piano viene de otra parte: de una canción de Vetusta Morla que creo que se llama Consejo de sabios.

He escuchado mucho Mecano, pero nunca han sido una referencia consciente. Me sorprende que se haya colado ese eco, aunque me encanta que pase.

En Utopía aparece el deseo en un pasillo, pero también algo de incomodidad. ¿Hay una lectura política en tus letras, aunque no sea explícita?

Sí, totalmente. Utopía la escribí justo después de ver la primera temporada de Heartstopper. Esa serie me tocó muchísimo. Yo tenía 23 o 24 años cuando la vi y pensé: “esto no lo voy a vivir nunca”.

Me removió un montón porque conozco a muy poca gente queer que haya vivido ese tipo de adolescencia luminosa. Y de ahí viene el título. Utopía no solo por lo deseable, sino por lo inalcanzable.

La canción es como una carta contradictoria: “qué bien que seáis felices, me dais envidia, pero cuidado porque os pueden joder la vida. Os quiero proteger, pero también estoy proyectando mis propios vacíos”. Habla mucho de esa adolescencia que no pudo ser, y de lo que duele ver que otros sí la están viviendo.

¿Piensas en imágenes cuando compones? ¿Visualizas escenas, cuerpos, habitaciones?

Soy muy de palabras. Hablo solo, en voz alta, me cuento lo que estoy pensando hasta que doy con la idea. A veces son sensaciones que me tocan el cuerpo y entonces sé que voy bien.

Si una palabra no me mueve nada por dentro, aunque suene bien, sé que no va a funcionar. Así que sí, las imágenes aparecen, pero siempre a través de las palabras. Lo primero es lo que digo. Y luego lo que se ve.

Tus letras hablan de relaciones, deseo, errores. ¿Es todo autobiográfico o también hay algo de invención?

Hay mucha invención, pero parte de lo real. Me gusta pensar que escribo como si dirigiera una película sobre mi vida.

Juego con lo que me ha pasado, pero lo estiro, lo exagero, lo moldeo. Me pregunto: “¿y si pudiera hacer todo lo que quiero? ¿Y si gritara esto, o me casara con esa persona, o la tirara por las escaleras?”. Fantaseo desde ahí.

Pero sí, la realidad que me invento sigue siendo la base. Es una forma de trabajar desde mí, pero sin quedarme atrapado en mí.

¿Cómo estructuras tus canciones? ¿Te dejas llevar por la letra o construyes desde el ritmo y la armonía?

Antes todo era súper intuitivo. Me sentaba, escribía la canción entera y listo. Usaba estructuras tipo estrofa–estribillo–puente, muy pop, pero sin pensarlo demasiado.

Ahora intento ser más técnico: cambiar acordes si algo se repite demasiado, buscar otra palabra si no encaja con la melodía. Me doy más tiempo para probar cosas nuevas.

Siento que hago menos canciones, pero que son mejores.

¿Qué buscas al componer: que duela, que sane, que estalle…?

Antes solo necesitaba soltarlo. Era como una catarsis.

Ahora me importa que la emoción llegue. No que se entienda la historia exacta, pero sí que la persona que escucha pueda sentir algo parecido. Me obsesiona eso: cómo hacer que lo que yo siento se quede en el cuerpo del otro.

Entre todo lo que has sacado, ¿hay alguna canción que hoy sientas especialmente tuya?

Sí, varias. Las estrellas de techo y lava es de mis favoritas, aunque sea de las menos escuchadas. Me da rabia, porque creo que es muy especial y sigue emocionándome cuando la toco.

Lava también me gusta mucho. La escribí para alguien con quien ya no estoy, pero aún me funciona. Y Postales, sin duda. Creo que es la canción en la que la gente ha entendido mejor lo que yo estaba viviendo. La han compartido, la han sentido. Y a mí me está gustando mucho también. Estoy muy contento con lo que ha significado.

Tu último sencillo, Postales, tiene un sonido muy actual, con sintetizadores y atmósferas suaves. ¿Es un adelanto del nuevo camino sonoro que estás explorando?

En realidad Postales iba a ser solo un experimento. Llevaba tiempo sin sacar nada, tenía ideas que no terminaban de funcionar, canciones que grababa y luego descartaba. Así que decidí lanzar dos singles sin presión, sin un plan a largo plazo.

Con Postales pensé: “voy a probar este sonido, pero no creo que siga por ahí”. Y al final resultó que sí. Me gustó mucho cómo quedó, a la gente también, y sobre todo en los conciertos me lo paso genial cantándola.

Así que ahora estoy dejando que eso me guíe. Más que buscar una coherencia forzada, estoy haciendo caso a lo que me hace bien.

¿Estás trabajando en un nuevo EP, álbum o lanzamientos sueltos? ¿Qué te mueve ahora?

Estoy empezando a dibujar una idea de EP, pero muy desde la intuición. Por primera vez no tengo un plan cerrado, y me encanta. Siempre he sido súper cuadriculado: sacaba una canción sabiendo ya cuál iba a ser la siguiente. Todo estaba calculado.

Pero en abril salí del estudio sin ningún plan y pensé: “esto hay que aprovecharlo”. Así que sí, me apetece un sonido más electrónico, más synth-pop, pero desde un lugar muy mío.

Quiero explorar la ternura, pero no desde la cursilería. Ternura irónica, divertida, cotidiana. Cosas que parecen pequeñas, pero que para mí son importantes. Y darles ese brillo.

¿Hay algún recurso musical que estés explorando ahora por primera vez? Algún instrumento, efecto o cambio en tu forma de cantar.

Estoy volviendo al piano. Quiero escribir casi todo desde ahí, reencontrarme con ese instrumento.

Y también estoy probando ideas nuevas sin juzgarlas demasiado. Si una canción no me convence del todo, en lugar de descartarla intento estirarla un poco más, ver hasta dónde llega. Estoy explorando por intuición, haciendo cosas que no había hecho antes, y confiando en que algo saldrá.

Además, me apetece estudiar un poco más de teoría musical, armonía, tener más herramientas para seguir creciendo.

¿Qué diferencias ves entre tus primeras grabaciones como El alambre y lo que estás haciendo ahora a nivel sonoro?

Antes era mucho más cantautor. Todo giraba en torno a la guitarra y mi voz, como si con eso fuera suficiente.

Ahora eso es solo la demo. Cuando escribo, ya me imagino qué otras cosas pueden pasar en la canción.

También cantaba más pequeñito, con más vergüenza, como si mostrarme me diera miedo. Ahora quiero ser vulnerable desde otro lugar, más consciente. Me apetece compartir esa parte de mí, no esconderla.

¿Qué te inspira últimamente? ¿Hay imágenes o momentos que estén marcando esta nueva etapa?

Mi vida. Tengo una vida bastante intensa, con muchas amistades, muchas relaciones. La exprimo a veces más de la cuenta y luego acabo agotado, pero me inspira.

Sobre todo me inspiran los momentos en los que me siento pleno, en los que me encuentro conmigo. Esos instantes de conexión, aunque sean breves, son los que quiero convertir en canciones.

¿Quién produce este nuevo material? ¿Estás trabajando con nuevas personas?

Estoy trabajando con varias personas. A veces hago la canción en acústico, la llevo al estudio y propongo una playlist con referencias.

Por ejemplo, Postales la trabajé con Perita Carnal. Les paso ideas muy detalladas: de esta canción me gusta la percusión, de esta otra el teclado… Busco productores con los que me sienta cómodo, que me hagan sentir seguro en el estudio.

No solo que sean buenos técnicamente, sino que me permitan decir “esto no me convence” sin miedo. Necesito que el estudio sea un lugar de confianza.

¿Qué podemos esperar de tu nueva música? Aunque aún no esté publicada, ¿hay algo que te emocione especialmente compartir o que te parezca diferente a lo anterior?

Sí. El próximo single se llama Julio y sale el 26 de junio. Es una canción que escribí como un reto: hablar de un amor de verano, pero hacia alguien que no existe. Un chico imaginado, idealizado.

Quería jugar con la idea de ese arquetipo veraniego, ese subidón emocional que se vive cuando llega el calor. La canción habla de esperarlo, sin saber quién es, pero sabiendo que va a llegar.

Musicalmente es muy fresca, tiene esa sonoridad de canción de verano, pero con un punto irónico y divertido. Me inspiré en Sabrina Carpenter y también en artistas como Veintiuno, con ese toque sexy pero tierno.

No sé cómo funcionará, pero me hace ilusión compartir esa cara más ligera de mí.

Desde 2023 te acompaña la Nudobanda. ¿Cómo ha cambiado tu música desde que tocáis juntos en directo?

Ha cambiado todo. Trabajar en grupo no tiene nada que ver con hacerlo solo.

Tienes que tomar decisiones colectivas, incluso sobre instrumentos que tú no controlas. Tienes que planificar con antelación, porque la banda necesita preparar el repertorio. Ya no puedes llegar el mismo día y decir: “me apetece tocar esto”.

Además, el sonido cambia muchísimo. Un concierto acústico siempre es más íntimo, más recogido. Pero con banda puedes hacer bailar a la gente, sentir el directo desde otro lugar. Y eso me encanta.

¿Te sientes más cómodo así? ¿Volverías a tocar en solitario?

Disfruto mucho más yendo acompañado. No sé si volvería al formato guitarra–voz, al menos no como forma principal.

Ahora estoy también explorando sonidos más electrónicos, así que igual no monto una banda “tradicional” de guitarra, bajo y batería. Pero sí quiero seguir tocando con gente. Me gusta compartir, construir juntos. Me nutre mucho.

¿Qué ocurre en el escenario que no ocurre en el estudio?

Para mí hay una diferencia clave: en el estudio puedes inventarte cualquier cosa, sobre todo hoy, con tantos samples y efectos. Pero en directo tienes limitaciones, sobre todo si tocas todo con instrumentos reales. Tienes que ingeniártelas.

Y aunque eso puede ser un reto, también es muy divertido.Yo me considero un artista de concierto. En el estudio me pierdo a veces, no domino todo lo técnico. En cambio, en el escenario sé leer al público, conectar con ellos. Desde ahí se genera una experiencia viva. Eso es lo que me gusta.

¿Sientes que has encontrado ya tu identidad escénica o aún estás en búsqueda?

Creo que la encontré… antes de ayer.Tocamos en un festi muy chiquitito y, al bajar del escenario, sentí algo nuevo. Pensé: “creo que sé quién soy como Nudovaca ahora mismo”.

No tengo claro aún cómo llevar eso al sonido, pero tengo intuiciones. Y lo más importante: estoy contento con lo que estoy descubriendo.

Tus letras hablan sin filtros de cuerpos, deseo, crisis. ¿Sientes una responsabilidad artística en visibilizar narrativas queer?

Más que visibilizar todas las narrativas queer, intento hablar de la mía.Estoy muy centrado en hacer música de gays para gays, sinceramente. Porque es el mundo que conozco, el que vivo.

Me interesa hablar de la diferencia. Muchas veces el “Love is love” se queda corto, como si todo fuera igual y ya. Y no lo es. Hay matices, hay dinámicas que son distintas, y me gusta reivindicarlo: que algunas cosas duelen más, o duelen distinto, y que eso también merece ser contado.

¿Qué entiendes tú por visibilidad? ¿A veces también es una trampa?

La visibilidad puede ser muy poderosa, pero también te coloca en un escaparate. No siempre sabes quién está mirando ni con qué intención.

Lo que intento es ser honesto. Contar mi historia, sin tratar de representar a nadie más. Pero sí quiero que quien escuche mis canciones sepa que eso también forma parte del mundo, que estas formas de amar existen. Que lo queer no es una anécdota.

¿Cómo vives tu identidad dentro de la industria musical? ¿Te sientes libre creativamente o hay cosas que aún te condicionan?

Ahora mismo, siendo un artista tan pequeño, siento que tengo bastante libertad. Estoy en la periferia de la periferia de la industria, así que nadie me ha puesto límites.

Pero sí me pregunto a veces si eso me va a relegar a ser un artista de nicho. Y aunque me preocupa un poco, también pienso: prefiero hablarle a la gente que de verdad conecta con lo que digo.

Vivir de la música ya es difícil de por sí. Así que, si tengo que elegir entre diluirme o ser honesto, me quedo con lo segundo.

ARTISTING

¿Crees que el panorama ha cambiado para los artistas LGBTQ+ en España, o queda mucho por hacer?

Se ha avanzado, claro, pero aún queda bastante. Lo queer sigue siendo algo que muchas veces se usa como estética, como discurso de marketing. Pero en lo profundo, en lo estructural, todavía hay espacios donde no llegamos.

Yo intento no obsesionarme con eso, pero sí tengo claro que quiero que lo que hago sea un refugio para quien lo necesite. Que mis canciones acompañen, incluso cuando no haya etiquetas visibles.

Si pudieras escribirle una postal al Nicolás que grababa El alambre en 2021, ¿qué le dirías?

Le diría que se tome su tiempo. A mí El alambre me gusta, pero si volviera a 2021 igual no la sacaría tan pronto. Desde que decidí dedicarme a la música hasta que lancé mi primer tema pasó muy poco tiempo. Todo fue muy rápido.

Le diría: “espera un poco más, busca lo que de verdad te gusta. Y haz amigos. Porque si algo me ha salvado en este camino, definitivamente, han sido los amigos”.

¿Y al Nico adolescente que aún no se atrevía a compartir su música… qué le dirías hoy, desde donde estás ahora?

Que no pasa nada si tardas. Que puedes hacerlo cuando te sientas preparado. Y que todo lo que ahora parece un mundo el miedo, la vergüenza, la inseguridad va a recolocarse con el tiempo.

También le diría que se rodee de gente bonita. Que lo comparta, aunque sea con una sola persona. Porque al final, lo que ha hecho crecer mi música no ha sido una estrategia ni un enchufe: ha sido la gente.

Esos amigos que te recomiendan una fotógrafa, que te ceden una casa para grabar un videoclip, que se presentan con una tarta en tu cumpleaños, aunque no haya plan.Eso es lo que sostiene todo lo demás.

Nudovaca no quiere fórmulas. Ya no. Prefiere “hacer una cosa que no haya hecho antes a ver qué pasa”, dejar que el sonido lo lleve, que la emoción se entienda, aunque no se explique. Ha aprendido a escribir canciones que no solo lo salvan a él, sino que también acompañan a otros. “Antes solo quería soltarlo. Ahora me importa que quien escuche pueda llevárselo consigo”.

Canta desde lo imperfecto, lo inacabado, lo honesto. Desde relaciones que se acaban antes de empezar, desde veranos que aún no han llegado, desde adolescencias que no fueron y utopías que ojalá. Porque aunque no sepa aún qué forma tomará su nueva música, sí tiene claro desde dónde la canta: “creo que sé quién soy como Nudovaca ahora mismo”.