Hay discos que no nacen como una declaración rotunda, sino como una forma de escucharse con más claridad. Milvus, el primer trabajo de Xisca Oliver, pertenece a ese territorio íntimo donde la música no busca explicarlo todo, pero sí dejar una huella reconocible, una manera de mirar, de recordar y de habitar el presente.

Pianista, compositora y música de jazz, Xisca Oliver ha construido su camino desde una Mallorca alejada de la postal evidente, entre la formación clásica, las bandas de pueblo, el Rock, el Ska, la improvisación y una relación con el Jazz entendida más como lenguaje vivo que como etiqueta cerrada. En Milvus, esa trayectoria encuentra una forma propia, cercana, libre, imperfecta en el mejor sentido, atravesada por el paisaje, la intuición y una sensibilidad que no necesita imponerse para permanecer.

En esta entrevista, Xisca habla de los comienzos, del proceso creativo del disco, de la libertad de cantar sin pedir permiso y de todo aquello que ocurre antes de que una canción llegue a quien la escucha.

Xisca, la música aparece muy pronto en tu vida. Si tuvieras que volver a la niña que empezó en la Escuela Municipal de Música de Selva, ¿qué recuerdas de aquella primera conexión con la música?

Recuerdo que me lo pasaba muy bien, me encantaba, pero no estaba escrito en ningún lado que yo fuera a ser música. Me llevaron a música como quien dice: “Tienes que hacer inglés, un deporte y música, porque dicen que va bien para los niños”. Pero en mi familia no había ningún músico. No hay ningún músico y mi familia es muy ajena al mundo del arte.

Empezaste estudiando piano y trompeta, pero también tocaste el bajo eléctrico y formaste una banda de rock con apenas catorce años. ¿Cómo es que has pasado por tantos instrumentos? No es algo muy común. ¿Qué recuerdas de esa época?

Lo que me pasó es que soy de un pueblo muy pequeño y en mi clase éramos muchísimos niños: éramos dieciocho. De esos dieciocho, había como ocho o nueve que íbamos a música en la escuela municipal. Éramos todos amigos y por eso empecé a tocar la trompeta, porque el piano era más solitario y veía que en la banda de música del pueblo se lo pasaban mejor.

El piano, al final, es un instrumento más solitario, y la socialización fue lo que me llevó a explorar otros instrumentos.

También empecé a escuchar rock catalán, tipo Sopa de Cabra, Ja t’ho diré y todo eso, que ya estaba pasado de moda, o al menos no estaba de moda en aquel momento. Empecé a escuchar eso y, con mis amigos, dijimos de hacer un grupo. Faltaba bajo y yo dije: “Pues yo voy a tocar el bajo”.

Antes de descubrir el jazz pasaste por el rock, el ska y las bandas municipales. ¿Qué crees que sigue quedando hoy de aquella Xisca adolescente en la artista que eres ahora?

El Ska forma parte de mí. El Ska clásico, de hecho, fue lo que me llevó al jazz, porque del Ska pasé a escuchar Ska jazz. Fue con la trompeta con la que toqué Ska y de ahí me fui al jazz.

En el grupo de Ska yo tocaba, y éramos Ska instrumental: cinco vientos. El amor por el trombón, la trompeta, el saxo, los arreglos de vientos todo eso se me ha quedado. Y después, cuando estoy con mis amigos comiendo o de fiesta, ponemos Ska, no ponemos jazz.

¿Hubo algún momento concreto en el que entendiste que la música no iba a ser solo una afición, sino una forma de vida?

He tenido unos cuantos. Hice el Bachillerato de Artes Escénicas y fuimos la primera promoción de mi instituto que hacía ese bachillerato. Fuimos el experimento.

Yo quería ser pianista, pero lo veía súper lejos. Es como cuando ves en la tele a Angelina Jolie y dices: “Wow, un actor”, cuando eres pequeño. Pues era como: “Voy a ser pianista”. Lo veía súper lejos. Pensaba que tenías que tener muchísimo talento y yo no me veía ahí.

También mi familia estaba preocupada porque, como no estaban relacionados con el mundo del arte ni nada, tenían ese miedo de que de la música no se vive.

Me acuerdo de que mi abuela y mi madre un día me dijeron: “Madura. De esto no se come. Ya serías famosa si fueras una fuera de serie, y no lo eres”. Fueron súper duras. Son mujeres duras, las mujeres de mi familia. Y ahora están súper orgullosas de mí y de que trabaje de esto.

Entonces, en ese momento me metí a Historia del Arte, que ya ves tú, tampoco tiene mucha salida, pero ya era universidad. Cuando estaba en segundo de carrera me di cuenta de que no era feliz, de que yo quería ser música. Estaba estudiando artistas que creaban cosas, y yo quería crear cosas, no estudiar lo que los demás hacen. Que también es súper interesante y me nutrió mucho, pero me acuerdo de que senté a mis padres en la cocina y les dije: “Dejo la carrera. Quiero estudiar música”. Ese fue el momento de más conciencia.

Has mencionado en varias ocasiones la importancia de la improvisación en tu desarrollo. ¿Qué descubriste en ella que no encontrabas en otros lenguajes musicales?

Con el Ska ya empezamos a hacer solos y a improvisar. Me di cuenta de que, al final, era una manera de expresarme a mí, de expresar lo que yo quería. También era una liberación, porque técnicamente no soy una persona súper pulcra.

Siempre tenía ese peso encima de pensar: “Técnicamente no soy suficientemente buena”. Tampoco he sido nunca una persona de estudiar muchísimo durante mucho tiempo. Cuando tenía exámenes tocaba cinco horas al día, pero de normal nunca he sido buena estudiante de nada. Si me interesa, sí; si no, no. Nunca he sido muy disciplinada.

Improvisando me sentía libre y sin ese peso de tener que llegar técnicamente a un punto, porque a veces con cosas sencillas puedes decir mucho.

Formaste parte de grupos musicales desde una temprana edad y te quería preguntar, porque sé que también te has desarrollado como docente, si crees que son necesarias ese tipo de formaciones a temprana edad en la formación de un artista. Muchas veces no se tienen este tipo de formaciones, sobre todo fuera de lo académico, porque todos hemos ido a banda, música de cámara, orquesta, pero no es lo mismo tener una formación tuya propia.

Muchísimo. Y, sobre todo, cuanto antes empiezas, mejor. Porque cuando tienes quince años ya te da vergüenza expresarte y decir algo tú, no estar escondido detrás de Chopin o detrás de Debussy, sino mostrarte tú.

Cada persona es un mundo, pero generalmente coges a un niño de cinco años, le pones una base en do mayor e improvisa. A lo mejor no sabe cómo empezar y le dices: “Do, do, re”, y él te dice: “Re, re, mi”. Tú le contestas: “Mi, re, mi, re”, y él te dice: “Do, do, do”. Ahí ya está creando su lenguaje. Es como un juego. Cuanto menos prejuicio tienes sobre ti mismo, más fácil es.

Eso es cierto. Luego llegamos a una edad adulta donde ya es más complicado.

Sí, pero si ya lo has hecho desde pequeño es más natural. Ya no es “salir del armario”.

Todos los músicos tenemos referentes, alguien que nos llama la atención y desde ahí empezamos a tirar del hilo. En tu caso, ¿qué referentes marcaron tu gusto por el jazz actual?

La primera vez que descubrí a un pianista de jazz fue por Radiohead, cuando nos descargábamos la música con el eMule. Me descargué temas de Radiohead y descubrí a Brad Mehldau, que es un pianista de jazz que aún está activo y que me encanta. Aún le quiero mucho. Bueno, no le conozco, pero forma parte de mi banda sonora de vida.

Fue con él cuando dije: “Hostia, hay pianistas que tocan música que no es clásica y tampoco es rock”. Era Radiohead versionado con armonía. Me llamó mucho porque no entendía lo que pasaba. No eran acordes mayores y menores; era algo que no entendía.

También escucho mucho a Aaron Parks.

Fundaste Morgana Jazz, un proyecto integrado por mujeres en un ámbito tradicionalmente masculinizado. ¿Cómo nació aquella necesidad de crear música desde un espacio compartido entre mujeres?

Yo era alumna de Factoria de Música, en Santa María, que está enlazada con el Liceo de Barcelona, con lo del Aula, que es como el grado profesional. En clase de combo me tocó ir con una chica que era cantante y nos hicimos colegas. Le dije: “¿Hacemos un grupo nosotras?”. Y me dijo: “Hostia, pues mira, conozco a una bajista con la que ya he hablado a veces de que molaría hacer un grupo de jazz de chicas, pero no tenemos a nadie más. Voy a hablar con ella”.

Entre las tres no puedo decir que lo fundé solo yo. Lo fundamos entre las tres. Después ya vino la batería.

Sí que era como un espacio de no sé. Es que el jazz está muy masculinizado. Eso es un jardín enorme. Pero sí, nunca había tenido amigas con las que tocar jazz. Siempre eran todo chicos y, sobre todo, señores. Yo también tenía veinticinco años o algo así. Ahora hay más movimiento de gente joven tocando jazz, pero en aquel momento el grado superior no se hacía en Mallorca. La gente que estudiaba se iba normalmente a Barcelona, y aquí había poco movimiento durante el invierno. Después, en verano, la gente vuelve, pero durante todo el curso había poco movimiento. Quedaban los veteranos, los señoros de cincuenta años en plan: “Niña, te voy a explicar qué es el jazz”.

Además de intérprete, has desarrollado una importante faceta como docente. ¿De qué manera enseñar música ha transformado tu forma de entenderla?

Tengo sentimientos encontrados, porque me ha hecho sentir muy bien, muy completa conmigo misma, satisfecha. Me ha inspirado mucho y he aprendido muchísimo con ellos. He tenido alumnos desde cinco años hasta cuarenta, y todos me han enseñado.

Pero también es verdad que, cuando he dado muchas clases, después yo no tenía ganas de sentarme al piano, porque llevaba cinco horas escuchando a gente tocar el piano y creativamente no me sentía tan inspirada.

Me inspira mucho vitalmente, pero creativamente me ha cortado un poco, porque si estoy tantas horas delante del instrumento sin tocarlo yo, al final desgasta. Cuando llegas a casa no te apetece.

Xisca Oliver

Mirando atrás, ¿qué experiencias, personas o proyectos dirías que han sido imprescindibles para llegar a Milvus?

El primero que me ayudó mucho, desde hace muchos años, fue Pep Lluís Castaño, que era mi profesor de piano del grado medio. Cuando yo pensaba que ser músico era algo súper alejado y difícil, él siempre me decía: “Tú eres músico. Haz lo que quieras, pero tú vas a ser músico. Ya lo eres. Si quieres estudiar la carrera, la estudias, y si no, no, pero no es así”. Me ayudó mucho y le quiero muchísimo a este señor.

Después, terminar la carrera también. Porque claro, el puto síndrome del impostor que tenemos todos. “¿Voy a hacer un disco yo? ¿Pero dónde voy? ¿Cómo voy a hacer un disco?”. Al final terminé la carrera hace unos años y ya dije: “¿Y ahora qué? ¿Tengo que hacer un máster para creerme que soy pianista de jazz? Ya estaría”.

Es como: ya estaría. Y también alejarme de las jam sessions. Dejar de ir a las jam sessions y estar más introspectiva, más hacia adentro, me ha ayudado mucho para encontrar mi voz, mi lenguaje, lo que quiero hacer. No exigirme, no querer demostrar nada a nadie. No quiero exigirme nada. Esto es lo que hay y ya está.

Para llegar a este punto he tenido que hacer mucha introspección. Vivo en un pueblo muy pequeñito y tranquilo.

O sea, ¿dirías que para ti el verdadero germen creativo es el aislamiento, la introspección? Te lo pregunto porque hay gente de la cuerda opuesta, que necesita buscar la inspiración saliendo, viajando.

Sí, totalmente. Es lo que necesito para crear.

¿Sientes que Milvus es una fotografía de quién eres ahora o más bien un mapa de todo el camino recorrido hasta llegar aquí?

No, es una fotografía de ahora. Y supongo que el ahora tiene que ver con todo el camino, pero es una fotografía de ahora, sí.

Milvus toma su nombre de la milana, un ave que relacionas con la libertad, la perspectiva y la confianza en el propio vuelo. ¿Cuándo apareció esa imagen y por qué sentiste que representaba tan bien el disco?

Es un poco eso.

Yo vivo en la sierra, en un pueblo que está justo debajo de la Sierra de Mallorca. No vivo en la Mallorca del sol, la playa, las palmeras y todo eso. Es algo mucho más de montaña, tranquilito. Desde mi estudio, desde esta ventana, siempre veo milanas volar.

También en hoteles y restaurantes. Hay un hotel que está aquí al lado, donde toco una vez a la semana desde hace dos o tres años. Este sería el tercero, pero estoy de baja de maternidad y ahora no voy. Cuando salgo de ahí soy muy feliz, porque digo: “Joder, me pagan por tocar lo que me apetece, lo que me da la gana. Hago los solos que quiero, los temas que quiero”. Voy sola, es muy cómodo, me tratan muy bien y salgo muy feliz. Y siempre estaban también las milanas ahí.

También cuando voy a andar por aquí, por el campo, a veces voy sola. Hubo un día que tuve una milana todo el rato a mi lado, a un metro de mí de altura, y me acompañó todo el camino. Era como: “Esto no es normal”.

En la introducción de la pieza «Milvus» se percibe claramente una evocación sonora del vuelo de la milana. ¿Cómo afrontaste el reto de trasladar musicalmente ese símbolo al lenguaje del disco? ¿Qué elementos musicales utilizaste para reflejar su movimiento, su libertad o su forma de observar el mundo?

Yo no lo pienso, lo vomito. No me lo pienso. Pongo las manos en el piano y lo vomito. Digo: “Esto mola, pues me lo quedo”, o “esto es una basura”.

A partir de esa primera idea ya empiezo a trabajar en el arreglo, las armonías. En esa parte del proceso sí que le doy bastantes vueltas a todo.

Una de las cosas que más llama la atención es que Milvus parece estar construido como un recorrido. ¿Desde el principio pensaste el álbum como una historia que debía escucharse de principio a fin?

No. De hecho, el chico con el que grabé, el ingeniero de estudio, me dijo: “¿Qué orden quieres?”. Yo estaba embarazada de treinta y cinco semanas, a punto de parir, y dije: “Hostia, tío, pues no lo sé”.

Tuve que pensarlo y dije: “Bueno, pues mira, la primera que sea la más fresquita, la más ligera, que no sea tan profunda y oscura como algunas”. No quería empezar el disco tampoco en la profundidad. Es más ligerita. Después fui montando, Milvus en medio, Selva al final, porque es la que canto más y me da vergüenza. Con el disco he salido del armario con lo de cantar. Por ejemplo, mis padres no me habían escuchado cantar nunca. Mis amigos tampoco.

Escuchando las letras del álbum aparecen temas como la pérdida, la libertad y las raíces. ¿Eran conceptos que querías explorar desde el principio o fueron apareciendo de forma natural durante la composición?

Fue saliendo todo de forma natural.

¿Podríamos entender el álbum como una especie de vuelo emocional que atraviesa pérdidas, recuerdos, personas importantes y lugares que han construido quién eres?

Han fruit significa “se han ido”. La hice cuando se murió mi abuelo. Hacía un tiempo que se había suicidado un colega. No era un súper amigo del alma, pero era un colega que siempre había estado en mi vida, por ahí, de fiesta, desde la adolescencia. Lo conocía y se suicidó. También hacía un tiempo que se había suicidado otro.

Era invierno, mi abuelo se murió en enero y pensé: “Joder, tío”. Yo a veces he estado en la mierda emocionalmente, y la vida es increíble. A veces, cuando hay muerte a tu alrededor, te hace reflexionar sobre la vida más que sobre la muerte. Dices: “Tío, yo he tenido momentos de mierda, en los que he dicho: ‘¿Qué cojones hago en esta vida?’”. Y, joder, hago muchísimas cosas. No de hacer, de producir, sino que es increíble vivir. Es como un canto a la vida a partir de la muerte.

Después, Rita y Lola, bueno, Na Nonis es Lola, mi gata, y la canción de Na Rita también es para mi otra gata.

¿Y de qué trata la canción de Na Nonis?

Lo que pasa es que mi chico vino a vivir aquí, a mi casa, y tenía una gata que era una vieja cascarrabias. La gata de mi chico, no le hacía nada, pero la mía es tan tonta que se fue a vivir al jardín.

Yo me sentía fatal, en plan: “¿Qué he hecho? Esta gata ha estado conmigo en mis momentos más difíciles, me ha apoyado, y ahora por su gata me abandona”. Esta canción es una manera de expresar eso: “Te quiero un montón, siento que no estés aquí y te quiero igual”. Es con mucha ternura, que es lo que ella me transmite.

¿Y a quién va dirigida Rita?

Rita es mi otra gata. Es una gata súper peluda y guapa, y está flipada. Va por la vida de guay y las lleva a todas a raya.

Es una ironía sobre las mujeres, porque la letra dice: “Asesina, puta y fina, eres un encanto”. Es un poco ironía, refiriéndome a todas las mujeres que hemos vivido con libertad nuestra sexualidad y nuestras relaciones afectivas. Nos han puesto el sambenito, a lo mejor, de puta, pero igualmente no hemos perdido nuestro encanto. Eso no nos ha marcado la existencia.

Va de eso. Lo que pasa es que va en ironía con mi gata, que también es así.

En Milvus conviven canciones con letra y piezas puramente instrumentales. ¿Por qué era importante para ti mantener ambos lenguajes dentro de la misma obra?

Porque me salía así. Me salía cantar y pensé: “No soy cantante, ¿y qué?”. Ahora estoy en un punto de mi vida en el que digo: “No soy tan importante. Nada es tan importante. Quiero cantar, pues canto”.

Tenía cosas que decir. Sentía que tenía cosas que decir porque me salían, y que igual, si las dejaba solo instrumentales, se perderían.

¿Te dio vértigo que te escuchasen cantar cuando salió el disco al mundo? Porque claro, tú me has comentado antes que no te habían escuchado cantar.

Antes sí habría estado cagada, pero ahora que he tenido una hija de tres meses he relativizado muchísimo la vida. Es como: “Canto, canto. Que gusta, gusta. Que no gusta, no gusta. ¿Qué más da?”.

No soy tan importante. Ha sido como un recolocamiento de ego. Porque a veces el ego no solo es pensar: “Soy súper buena”. También es pensar: “¿Y si no le gusto a la gente? ¿Y si yo, yo, yo, yo?”. Ahora me he tirado todo ese yo de encima. A ver, claro que tengo yo dentro, pero me he quitado mucha tontería de encima. Decir: “No soy tan importante. ¿Qué más da si canto o no canto?”.

¿Qué artistas, discos o compositores han acompañado el proceso de creación de Milvus?

Alice Phoebe Lou, que es cantautora, hace pop. A ella la he escuchado muchísimo. Después Rita Payés también es un referente para mí.

Estas dos, sobre todo. Es que no me acuerdo… Ah, también Rosario Flores. Es que pego de un lado a otro. Antònia Font también ha sido otro de mis referentes, que he escuchado toda la vida.

Más allá de la música, ¿hay paisajes, lecturas, experiencias vitales o disciplinas artísticas que hayan influido en el imaginario del álbum?

Sobre todo lo que me ha influenciado ha sido andar mucho por el campo sola, andar en la naturaleza sola.

Escuchando el disco da la sensación de que Mallorca está presente incluso cuando no se le nombra. ¿Qué papel juega el territorio en tu forma de crear?

Influye muchísimo. Yo nunca he vivido fuera de Mallorca, no he salido a estudiar fuera. Soy mallorquina, isleña, isleña. No necesito salir de aquí para sentirme libre. De hecho, lo que me hace sentirme encerrada es no ver el mar.

Al final, donde vivo es un sitio al que el turismo ha hecho muchísimo daño y sigue haciendo muchísimo daño. Todo el mundo tiene la imagen de las calas, las playas y tal, pero yo soy de otra Mallorca.

En verano, los mallorquines ya no disfrutamos Mallorca. No vamos a playas porque es agotador. No vamos a Palma, la ciudad, a no ser que tengamos algo. Al final, cuando me siento más en casa es en invierno. Es cuando siento más Mallorca como cuando era pequeña. Porque cuando era pequeña había guiris, pero no era lo que es ahora.

En invierno, en febrero, sí que es mi casa. Solo hay mallorquines. Está todo súper tranquilo. Puedes ir por Palma, puedes ir a una cala, donde quieras. Siento más mi casa. Es como si fuera una fotografía de Mallorca en invierno. No porque no me guste el verano, sino porque ya no lo puedo disfrutar.

En el texto de presentación mencionas a tu hija como una fuente de inspiración, fuerza y luz. ¿Existe una relación entre esa idea y la pieza instrumental Llum?

No, con Milvus sí. Ese tema lo compuse todo mientras estaba muy embarazada y la letra dice: “Un alma que quiere llegar de nuevo, que es antigua, que es pequeña, que es grande”.

¿Crees que ha influenciado mucho tu embarazo en el proceso creativo? ¿Ha sido una fuente de inspiración?

Sí, totalmente.

Crees, por tanto, que Milvus no sería lo mismo si no lo hubieras hecho estando embarazada, ¿no? Sería otro disco completamente diferente.

Totalmente, estoy segura. Quizá habría sido un disco pensando más en lo que va a pensar la gente, o si va a gustar o no va a gustar. Estar embarazada, tener a la niña, me ha empoderado mucho.

La milana simboliza la libertad, pero Selva representa las raíces. ¿Crees que madurar consiste precisamente en aprender a volar sin perder de vista de dónde vienes?

Sí, puede ser. No me lo había planteado, pero sí.

Muchas veces escuchamos el resultado final, pero no todo lo que ocurre detrás. Hemos hablado de los retos creativos, pero los retos económicos de un proyecto también son una realidad. ¿Cómo has afrontado esto?

Me dieron una subvención de creación del Institut d’Estudis Baleàrics. Yo iba a hacer el disco igualmente, lo tenía claro; lo que pasa es que no sabía de dónde iba a sacar el dinero o cómo iba a hacerlo.

Me dieron esto, que es como una beca. No es la típica subvención en la que te piden facturas luego y tal, sino que te dan dinero para crear y ya está. Así lo he podido hacer, con el tema de la financiación.

¿Qué supone realmente levantar un disco independiente como Milvus?

Poder hacer todo como tú quieres y dedicarle todo el tiempo que quieres. Yo creo que, sobre todo, eso.

Tampoco he estado nunca con una discográfica y no lo puedo comparar, pero es algo muy casero. Es algo muy hecho a mano todo.

¿Cuál fue el mayor reto durante la grabación y producción del álbum?

La pieza de Milvus, sin duda. Los vientos, esa parte flamenquilla costó. Encima estaba ya embarazadísima cuando la grabamos.

Después lo reflexioné y, claro, como Milvus también fue la última que compuse, y la compuse súper embarazada, les di las partituras quince días antes de grabar. Tampoco tuvieron mucho tiempo de ensayar.

¿Hubo algún momento en el que pensaste que el proyecto no saldría adelante?

Sí, claro. Esa vocecita está.

Pero le digo que se calle, porque me tiene hasta el coño. Es que es toda la vida igual. Toda la vida lo que te decía antes: “¿Y ahora qué tengo que hacer, un máster para creer que soy pianista? ¿Acabar la carrera de piano para creérmelo?”.

Pues lo mismo. A veces, cuando me iba a dormir, pensaba: “¿Y si lo mando todo a la mierda? Qué vergüenza. Esto no va a funcionar. Qué vergüenza. ¿Quién me creo que soy?”. Y es como: pues nadie. Es que para hacer algo no hace falta que seas nadie.

En la presentación del disco agradeces especialmente la confianza de los músicos que se sumaron cuando el proyecto aún era solo una idea. ¿Qué significó para ti sentir ese respaldo desde el principio?

Me hizo sentir muy bien, porque fue como: “Tengo una locura en mente. No os puedo dar partituras, no os puedo dar audios, pero ¿venís a esta aventura conmigo con los ojos cerrados?”. Y vinieron.

¿Qué has aprendido sobre liderazgo y gestión artística durante este proceso?

En cuarto de carrera hicimos una asignatura que era Liderazgo y me ha ido muy bien para aprender que hay que mandar y no pasa nada.

Siempre intento que todo el mundo esté a gusto, que todo el mundo reme hacia el mismo lado, y estar abierta a escuchar opiniones, lo que sea. Hablar de nosotros, no hablar de vosotros. Sentirnos un equipo.

¿Cuál ha sido el momento más emocionante que te ha regalado Milvus hasta ahora?

El día que saqué el disco estuvo guapo, porque al día siguiente cumplía treinta y cinco años. Fue como mi regalo de cumpleaños a mí misma. Lo saco y ya está.

¿Fue algo intencional sacarlo cerca de tu cumpleaños?

Sí, intencionadamente. Al día siguiente era mi cumpleaños, caía en sábado y encima vinieron mis amigos a comer.

Xisca Oliver

¿Qué consejo le darías a una artista que está planteándose grabar su primer disco y no sabe por dónde empezar?

Si no se atreve, lo que te he dicho antes: no somos tan importantes. A ver, ¿por qué no? Si total, ¿qué es lo peor que puede pasar? Tampoco vamos a matar a nadie.

Y para quien no sabe por dónde empezar, tener un poco de red. En teoría, si quieres hacer un proyecto, supongo que ya has estado en movidas. Preguntar a gente que sabe más que tú, que tiene más experiencia en gestionar, pedir consejo a gente en quien confíes. Y después decidir tú lo que quieras. Por mucho que te aconsejen, también hay que creer en tu intuición.

Eso sí, musicalmente no pediría consejo, pero para el tema de cómo gestionarlo, sí.

¿Cómo definirías el momento que vive actualmente el jazz en España?

Yo creo que el jazz es un poco de culturetas y tiene esa brecha de ser de culturetas y de gente más jubilada, las cosas como son. La gente joven no escucha mucho jazz, a no ser que seas friki de lo tuyo y estudies la carrera porque te gusta y tal. Cada uno es friki de lo suyo.

Pero, a la vez, sí que veo que hay mucho movimiento de jazz. En Mallorca, por ejemplo, hay bastante para ser una isla tan pequeña. También que hagan el superior aquí ha influido.

También veo que, a lo mejor, el jazz clásico ya estaría. Ya tenemos a Miles Davis, ya tenemos a John Coltrane. Son increíbles, pero claro, al final tocar standards de jazz es lo mismo, lo mismo, lo mismo. Y a la gente joven eso a lo mejor ya no le interesa.

Pero el jazz es el padre de muchísimos estilos de música moderna. Lo vas mezclando con cositas y van saliendo otras. Así que, en ese sentido, en la fusión sí creo que hay un buen momento.

Has comentado que el jazz es un nicho de culturetas y de gente que ha estudiado el género, ya sea en el conservatorio o por su cuenta. ¿A qué crees que se debe esto? ¿Crees que es por una falta de educación musical de jazz?

No creo que sea por culpa del instituto, por ejemplo, porque te enseñan Beethoven, pero los adolescentes tampoco escuchan Beethoven.

Sí que creo que, a lo mejor, tienes que acostumbrar un poco la oreja a escuchar ese estilo. Pero también es que el jazz empezó hace más de cien años. Se inventó bueno, no lo inventó nadie, pero empezó hace más de cien años. Es normal que la gente joven no escuche cosas de hace más de cien años. La gente quiere novedad y quiere sentirse reflejada con su generación.

También pensé en esto cuando hice el disco. Con el disco hice armonías y arreglos de jazz, pero las melodías son súper sencillas. Algunas solo tienen tres notas. El ritmo es muy fácil, se repite muchas veces la misma nota, es algo súper tarareable. Es una manera de llegar más a un público extenso, no solo a los culturetas. Al final, las melodías son un poco pop, muy sencillas.

Después de todo este viaje, ¿qué ha aprendido Xisca Oliver sobre sí misma durante la creación de Milvus?

Supongo que a estar en paz. A hacer algo que hace mucho tiempo quería hacer y no me atrevía. A ver que no pasa nada si lo hago y me atrevo. A no pretender nada.

Si pudieras hablar con aquella niña que empezó a tocar en Selva, ¿qué le dirías hoy?

Que no es imposible ser música. Que no es nada estratosférico ser música. No es ser astronauta. Solo es ser música, no pasa nada. Y se puede vivir y se puede llegar a final de mes.

Y cuando alguien termine de escuchar Milvus de principio a fin, ¿qué te gustaría que permaneciera con él cuando se acabe el disco?

Quiero que cada oyente sienta lo que tenga que sentir según su camino vital. Yo he sacado esto de mí. Ahora, que la gente lo recoja como sienta.

Al terminar la conversación con Xisca Oliver queda la sensación de haber escuchado a una artista que ha aprendido a apartar sus propios “no” para dejarse sitio. Hay en ella una fuerza tranquila, una forma de empoderamiento que no necesita proclamarse en voz alta, porque aparece en sus decisiones: en atreverse a cantar, en grabar un disco propio, en no esperar una validación externa para reconocerse como música.

Habla de la música con un respeto casi reverencial, pero sin miedo. Como le dijo una vez su profesor Pep Lluís Castaño, ella ya era música, estudiara o no una carrera, viviera o no profesionalmente de ello. Quizá Milvus nace también de esa certeza tardía: la de entender que crear no exige demostrar nada, sino escuchar lo suficiente como para dejar salir aquello que ya estaba dentro.

En su manera de componer hay intuición y trabajo, impulso y pensamiento.

Primero se deja inundar por una idea, por una imagen, por una emoción, después llega la parte más cerebral, el arreglo, la forma, el oficio. Esa tensión entre lo instintivo y lo construido atraviesa el disco y también su forma de estar en el mundo.